Este artículo fue escrito el pasado mes de julio, poco después de celebrarse las elecciones primarias para elegir los candidatos presidenciales de los diferentes partidos y alianzas electorales, y fue publicado en el número 7 de la revista América Socialista, que editan las secciones americanas de la Corriente Marxista Internacional. Este domingo 17 de noviembre se celebran elecciones presidenciales en Chile, y dado el interés y la relevancia de este artículo donde se aborda este tema y la situación de la izquierda chilena, lo publicamos para conocimiento de nuestros lectores.

Las elecciones primarias realizadas por primera vez en Chile han confirmado el nombre de los dos candidatos principales que disputarán la presidencia: Michelle Bachelet con Nueva Mayoría – alianza entre la Concertación [alianza electoral y de gobierno entre el Partido Socialista y la Democracia Cristiana desde 1988 hasta la fecha] y el Partido Comunista – y Pablo Longuera, ex ministro de economía de Piñera, con la Alianza por Chile. Ambos competirán en los comicios de noviembre de 2013 y el que gane se enfrentará una situación de desaceleración de la economía y de continua movilización social que, desde los estudiantes, vuelve a articularse a sectores laborales como los mineros y los portuarios. La lenta agonía de la “transición”, la recuperación de la democracia marcada por la colaboración de clases y la continuidad sustancial del modelo económico y social de la dictadura, continúa. Sólo los partidos de izquierda parecen no haberse dado cuenta que la demanda de cambios profundos de la juventud y la clase obrera chilena no podrá ser barajada con unos parches ni negociada con el ala derecha de la Nueva Mayoría.

Las elecciones primarias

En las elecciones primarias del 30 de junio participaron poco más de tres millones de electores, de los cuales un millón y medio votaron para elegir al candidato de Nueva Mayoría y ochocientos mil para la gobernante Alianza por Chile. La participación total en estos novedosos comicios fue del 22,6%, de un padrón electoral de más de trece millones de personas. Un resultado por encima de las expectativas tanto del gobierno como de la oposición de Nueva Mayoría que arroja alguna luz sobre las elecciones generales de noviembre.

Evidentemente, la posibilidad de elegir al candidato presidencial ha movilizado, en primer lugar y sobre todo, a la militancia de izquierda. Michelle Bachelet, apoyada por el Partido Socialista (PS) y el Partido Comunista de Chile, ha arrasado con un 70% de los votos, es decir que uno de cada tres electores que han participado en las elecciones primarias lo hicieron para sostener su candidatura. Bachelet se ha presentado con un discurso más a la izquierda, con promesas genéricas sobre un proceso constituyente y educación pública, que representan un guiño a las movilizaciones estudiantiles y obreras de estos años. La misma Nueva Mayoría, es decir la vieja Concertación abierta al Partido Comunista de Chile (PCCh), es un intento de renovación del cuadro político para atender las demandas sociales. Sin embargo no serán operaciones de maquillaje las que, en un contexto de ralentización de la economía, permitirán resolver el problema del rechazo, sobre todo juvenil, hacia los partidos que han regido la transición democrática.

La base militante socialista y comunista se ha movilizado para cortar el paso a la derecha interna de Nueva Mayoría y generar un efecto de remolque sobre las elecciones presidenciales. Aunque gobierno y oposición celebren las primarias como una fiesta democrática que en su estreno ha superado las expectativas, la realidad es que la escasa participación repite lo ocurrido en las municipales del año pasado, cuando sólo el 31% del padrón electoral expresó una preferencia por alguno de los candidatos a las alcaldías, y la juventud en particular, respondiendo a llamamientos como los de la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios (ACES), se abstuvo masivamente. La juventud, la clase trabajadora y los movimientos sociales chilenos han experimentado en estos años no sólo el programa anti-popular de la derecha pinochetista de Piñera, sino también la fuerza de sus propias movilizaciones y la capacidad de articularlas entre diferentes frentes de lucha, descubriendo terrenos comunes que desde la educación pública pasaban a la re-nacionalización del cobre. No renunciarán a todo esto con facilidad y a cambio de nada.

Las elecciones generales de noviembre

La desaprobación a Piñera ha crecido constantemente a lo largo de los años de su gobierno, por sus medidas anti-populares, como el alza de impuestos, el proyecto de construcción de una central hidroeléctrica para beneficiar a la minería privada, una contrarreforma educativa que garantizaba el lucro y la división entre instituciones educativas de primera y segunda clase, la represión violenta de las movilizaciones estudiantiles, e indígenas sobre todo, etc. Esta es la carta más importante en manos de Nueva Mayoría y que proyecta una victoria, aunque en la segunda vuelta, de Michelle Bachelet.

En las elecciones primarias, el PS y el PCCh estuvieron unidos contra la derecha interna de Nueva Mayoría, tanto el ala liberal de Velasco, ex Ministro de Hacienda de Bachelet, como de Orrego, candidato de la Democracia Cristiana (DC), que en muchos casos se dividió ante las propuestas del gobierno Piñera, o las apoyó abiertamente como en el caso de la educación. Esto explica la distancia que separó estos candidatos de Bachelet en las primarias. Pero después de estas votaciones, tanto el PS como Bachelet, han reafirmado reiteradamente la centralidad de la alianza con la DC y el peso de este partido en esta Concertación ampliada. Los dirigentes del PS esperan encontrar en la DC un contrapeso al ala izquierda de Nueva Mayoría, es decir el PCCh, y en este último un aliado contra las presiones que puedan llegar tanto de la DC como, y sobre todo, desde las plazas.

Una nueva situación

Bachelet no tendrá sólo que afrontar el reclamo, que empezó justamente bajo su primer gobierno, de las organizaciones estudiantiles que reivindican una educación totalmente pública y gratuita, sino también una ralentización de la economía con señales que ya ahora empiezan a preocupar. Los pronósticos de crecimiento económico para Chile han venido constantemente contrayéndose desde principio de este año. La desaceleración podría costar un punto y medio del PIB de la economía chilena, y la situación económica no es el único problema que el próximo gobierno se verá obligado a afrontar desde su toma de posesión.

En 2013, Chile podría experimentar el primer déficit de la balanza comercial en 10 años (la diferencia entre exportaciones e importaciones) o, en el mejor escenario, un superávit comercial de apenas unos 50 millones de dólares, el más pequeño en más de una década, y todo debido principalmente a una caída de más del 5% del precio internacional del cobre. La contracción de las inversiones fue otro de los factores que determinan la revisión a la baja de las previsiones de crecimiento económico para este año. Según el presidente del Banco Central de Chile, Rodrigo Vergara, "la desaceleración en la inversión fue más marcada en maquinaria y equipos… no podemos descartar que esto se intensifique”.

La derecha y el gobierno han tratado de politizar la situación económica, atribuyendo en particular la caída de las inversiones y de la demanda interna a las declaraciones de los candidatos que disputaron el liderazgo de Nueva Mayoría en las primarias. Según el actual Ministro de Hacienda, Felipe Larraín, “las declaraciones de la mayoría de los candidatos presidenciales de la oposición en materia tributaria indudablemente tienen un efecto sobre la economía hoy… Si uno anuncia un 'paquetazo' tributario de entre 5.000 y 8.500 millones de dólares de recaudación tributaria, cobrar impuestos no es neutro desde el punto de vista de la actividad económica".

El programa de la Alianza por Chile es, desde este punto de vista, claro y coherente con los intereses de clase que defiende. Para ‘estimular las inversiones y la economía’ proponen insistir en la contrarreforma educativa basada en la selección de clases, flexibilización laboral reduciendo la protección social a los trabajadores registrados, etc. Ante perspectivas económicas que podrían precipitar una situación de crisis y que en el mejor escenario se enfrentarían a una desaceleración brusca de la economía chilena, no cabe duda que este programa ejercería un fuerte impacto sobre la derecha demócrata-cristiana generando inestabilidad en Nueva Mayoría y poniendo entre la espada y la pared al PCCh, cuyos más destacados cuadros militantes, como Camila Vallejo, hicieron de la re-nacionalización del cobre y de una reforma tributaria en sentido progresivo, una de las batallas políticas más importantes en defensa de la educación pública y gratuita.

El debate en el PCCh

El acercamiento del PCCh a la Concertación venía anunciándose desde hace tiempo. Ya en el XIV Congreso del Partido, celebrado en 2010, el documento aprobado afirmaba: “el principal desafío político actual es desplazar a la derecha del gobierno (...) Si en la Concertación, en el Juntos Podemos y en otras fuerzas de distinto signo, incluyendo vastos sectores independientes, se impone la convergencia como la forma de generar una nueva mayoría nacional para realizar las transformaciones democráticas que requiere el país, entonces podríamos proponernos alcanzar un gobierno de nuevo tipo”. El camino hacia la Concertación ha significado para el PCCh una disminución sustancial de su respaldo electoral compensada por una mayor presencia institucional que ha inclinado definitivamente la balanza hacia Nueva Mayoría.

Por efecto de los denominados pactos de omisión, el PCCh logró elegir a 3 diputados en las últimas elecciones generales de 2009 aun habiendo reducido a la mitad (132 mil sufragios) su votación de los 339 mil votos (el 5,14%) de 2005. En las últimas municipales del año pasado en casi todas las siete Comunas donde el PCCh presentaba sus candidatos con el apoyo de la Concertación, no lograba sumar los votos de esta última a los propios. Por otro lado, en más de una Comuna, y particularmente en Comunas obreras como Calama donde el PCCh apoyaba candidatos de la Concertación, una parte consistente del propio electorado viraba hacia el Partido Progresista (PRO), la escisión del PS liderada por Marco Enríquez Ominami. Un crecimiento del PRO, que queda como la más importante formación política colocada fuera del bi-nominalismo, sería ante todo y en primer lugar a costa del propio PCCh.

Todo esto ha provocado malestar no sólo en la base electoral del partido sino también en la nueva leva militante que se ha venido formando y emergiendo en las luchas sociales de estos años, y que más de una vez ha expresado su rechazo a las hipótesis de alianzas de gobierno con la Concertación y particularmente con la DC. Camila Vallejo, el más conocido ejemplo de esta nueva leva militante, que en enero de 2012 declaraba: “jamás estaría dispuesta a hacer campaña por Bachelet ni a llamar a los jóvenes a votar por ella”, si bien ha cambiado de opinión respecto a la candidata presidencial de Nueva Mayoría, no ha renunciado a manifestar sus críticas. Todavía en marzo de este año admitía a la prensa: “me duele un poco el estómago hacer alianzas con sectores democristianos”.

El PCCh está siendo condenado por sus corrientes institucionalistas a cargar con el peso político de la entrada en un gobierno que afrontará una situación de fermento social y de inestabilidad económica. Un partido “de lucha y de gobierno” es un partido que deberá mediar y barajar las luchas con la estabilidad del gobierno, pagando un precio en ambos lados y sobre todo con divisiones internas. Si ahora Camila Vallejo ha trasladado sus críticas y su batalla a la defensa de su propia candidatura, a la que se opone la DC, en la populosa Comuna La Florida, el mal de estómago de miles de militantes de base será más difícil de curar.

El movimiento estudiantil

El PCCh ya ha perdido terreno dentro del movimiento estudiantil que, año tras año, ha sido la principal oposición social al gobierno de Piñera. En una reciente entrevista de principios de julio, el actual dirigente de la Federación de Estudiantes de Chile (FECH) Andrés Fielbaum ha reivindicado este papel respecto a la agenda propia del movimiento estudiantil, afirmando: “es evidente que si no fuera por las movilizaciones, nuestro Congreso Nacional seguiría aprobando el lucro; nuestro Congreso seguiría discutiendo sobre temáticas que sólo a ellos les importan, como la famosa franja de las primarias, que en una semana fueron capaces de resolverla, es evidente que hoy día nuestro Congreso no refleja las discusiones que está dando la mayoría del país”. Cuando los estudiantes se refieren a “nuestro Congreso” hablan sin hacer distinción entre Alianza y Nueva Mayoría. El propio Fielbaum conquistó la presidencia de la FECH con una lista opuesta a la de Camila Vallejo que proclamaba la continuidad de la lucha y la independencia del movimiento estudiantil ante un PCCh orientado hacia Nueva Mayoría.

Como hemos dicho, el programa de Bachelet, que todavía deberá ser negociado con las exigencias económicas, las presiones empresariales y la derecha de su coalición, es ya bastante genérico y poco concreto sobre el tema educativo. El de los estudiantes es claro y ha logrado con el tiempo articular alianzas sociales con la clase trabajadora: re-nacionalización del cobre, reforma tributaria con un aumento progresivo de los impuestos a los réditos y rentas altas, para financiar una educación pública y gratuita. El movimiento estudiantil ha influido enormemente en la situación política chilena de la última década. Primero, fueron los estudiantes de secundaria quienes, bajo la presidencia de Bachelet, tocaron la campana a muerto de una “transición” gobernada ininterrumpidamente por la Concertación y que, defendiendo en lo sustancial el modelo económico de la dictadura, traicionaba las expectativas generando desigualdades. La lucha estudiantil ha tenido un fuerte impacto y ha jugado un papel importante en dar paso a la movilización obrera a partir de los sectores más organizados.

La independencia que los estudiantes chilenos han defendido ante Nueva Mayoría es garantía del hecho que por este lado un gobierno de Bachelet no recibiría un cheque en blanco. Se comete un error en el comando electoral de Nueva Mayoría si se piensa que un gobierno de Bachelet sería el punto que ponga fin a las movilizaciones sociales y estudiantiles, a las cuales apuntan en el discurso las candidaturas de fuera del bi-nominalismo, como la del PRO. No solo los estudiantes, sino también la clase trabajadora chilena han venido aprendiendo que la lucha es útil y que con la lucha es posible obtener lo que en años de Concertación no obtuvieron.

El paro de los portuarios y de los mineros

Un ejemplo de aquéllo ha sido el paro de los trabajadores portuarios de Chile. El 18 de marzo los trabajadores de la ULTRAPORT entran en huelga ante la negativa de la patronal de acceder a un pliego de reivindicaciones sindicales mínimas. Los trabajadores exigían un bono de 3.600 pesos chilenos (7,20 dólares estadounidenses) y una pausa para la comida de media hora. Ante la represión empresarial y los despidos que afectaron a los 500 trabajadores de ULTRAPORT en huelga, la misma se extendió al 85% de los puertos chilenos, que pararon durante 21 días con la solidaridad activa de otros sindicatos, particularmente los mineros del cobre, hasta obtener todo lo que habían pedido y la reincorporación de todos sus compañeros despedidos.

El paro de los portuarios y su victoria, aunque sobre una plataforma mínima de mejora de las condiciones laborales, expresa la renovada disponibilidad a la lucha del movimiento obrero chileno y ha tenido un efecto electrizante sobre el mismo. El 70% del PIB chileno pasa por sus puertos y los portuarios son consecuentemente un sector decisivo de la clase trabajadora chilena. La inyección de confianza que recibieron gracias a la amplitud y a la determinación de su lucha, ha permitido que este sector se vuelque hacia las luchas, elevando el tono de sus reivindicaciones.

A la huelga de los portuarios siguió de inmediato una paralización nacional de actividades en el decisivo sector minero, tanto estatal (CODELCO) como privado. Los mineros chilenos pararon durante 24 horas el 9 de abril exigiendo mejoras en las pensiones, la defensa de la salud pública y mayor estabilidad laboral para los subcontratados que reciben un promedio del 70% menos de salario que los trabajadores fijos de la plantilla. El gobierno de Piñera atacó duramente esta huelga y a los mineros. Pablo Longuera, que disputará la presidencia a Bachelet, afirmó que “existen paralizaciones ilegales en un sector que es el que tiene las mejores remuneraciones de Chile”. Sin embargo, la campaña de desprestigio gubernamental no pudo evitar que desde la plataforma de los mineros surgiese una plataforma más amplia con la cual la central sindical CUT convocara una huelga general para el 11 de julio.

Obreros y estudiantes unidos y adelante

Los estudiantes han tenido un papel importante en la unificación de estas luchas en un frente común. Su convocatoria a una movilización nacional para el 26 de junio en defensa de la educación pública y contra el lucro sobre el que se funda el sistema educativo chileno, fue seguida por profesores, mineros y trabajadores portuarios. El dirigente sindical Cristian Cuevas, del PCCh, expresó su adhesión a la movilización convocada por los estudiantes como un momento preparatorio para la huelga general del 11 de julio que se anuncia masiva.

La plataforma de reivindicaciones sobre la cual es convocada la huelga no tiene posibilidad de mediación con el sistema neo-liberal de la dictadura. Los trabajadores exigen la plena re-nacionalización del cobre (el 11 de julio es justamente el día que recuerda la primera nacionalización minera en Chile), el fin del sistema privado de jubilación y de las Administradoras de Fondos Pensiones; salud y educación completamente públicas y gratuitas. El énfasis con el cual Bachelet apunta a un proceso constituyente busca distraer la atención de los reclamos de la clase trabajadora y canalizarlos en algo más controlable desde los partidos de Nueva Mayoría. Aunque por el momento, la mayoría de trabajadores y estudiantes puedan ver con interés esta propuesta de Bachelet, no se dejarán convencer por cuestiones de forma sino que irán a la sustancia de sus reivindicaciones.

El fin de la transición

La transición agoniza. La recuperación de la democracia sin cambios estructurales en las cuestiones sociales más urgentes, como eliminar las crecientes desigualdades sociales y el sistema de relaciones sindicales semi-corporativas, ya no se sostiene. El miedo a la derecha pinochetista ha sido vencido en las movilizaciones de los últimos años. Las reivindicaciones de obreros, estudiantes y de otros sectores de la sociedad chilena, suben de tono y con sus movilizaciones apuntan el dedo contra un modelo que ha garantizado el lucro a expensas de la educación, la salud, la estabilidad laboral, la posibilidad real de organización sindical, etc.

Nueva Mayoría no es una renovación, sino el último intento de salvar el cuadro político anterior. Ante las crecientes demandas sociales y la determinación demostrada en las luchas de estos años, Nueva Mayoría sufrirá los mismos límites que sufría la Concertación, particularmente frente a un escenario que dibuja perspectivas económicas inciertas. Nueva Mayoría hereda el producto más amargo de la Concertación, es decir la alianza de los partidos de la clase obrera con los partidos de la burguesía, y extiende este veneno al PCCh. Las organizaciones obreras afrontarán una agitación interna y un inevitable proceso de redefinición bajo la presión de sus cuadros de base más vinculados a los movimientos sindicales y sociales. Un eventual gobierno de Bachelet no representa el fin, sino apenas el principio de este proceso. Un gobierno de frente único entre los partidos de la clase trabajadora basado en un programa que defienda sus intereses de clase, representa la única perspectiva posible para acabar finalmente con dos décadas de cambios intranscendentes y reanudar la lucha interrumpida violentamente en 1973.