Este artículo corresponde a la serie de documentos del camarada Ted Grant que estaremos publicando. A pesar de que estos fueron publicados originalmente durante todo el siglo pasado, sirven como material de formación, por su valor histórico y por las lecciones que en ellos se encuentran para las luchas en el presente. Ted Grant, nacido en Sudáfrica bajo el nombre de Isaack Blank, fue el fundador de la Corriente Marxista Internacional, con la intención de defender las ideas del marxismo en las organizaciones de la clase obrera. Fimer defensor del Marxismo, se definía a sí mismo como marxista, leninista y trotskista. Sus ideas hacen hincapié en que los revolucionarios deben trabajar dentro, fuera y alrededor de las organizaciones de masas porque los trabajadores comienzan a movilizarse a través de las organizaciones tradicionales y porque fuera del movimiento obrero no hay nada.

Democracia o bonapartismo en Europa. Respuesta a Pierre Frank

El aforismo de Lenin de que vivimos en una época de guerras y revoluciones, a lo que Trotsky añadió, “y contrarrevoluciones”, se ha visto ampliamente demostrado por la historia de las últimas tres décadas. Pocos períodos en la historia han estado llenos de convulsiones y enfrentamientos tan fantásticos entre las naciones y las clases, de cambios tan calidoscópicos y manipulaciones de regímenes políticos mediante los cuales el capital financiero mantiene su dominio sobre los pueblos. Así, es doblemente importante para aquellos que siguen las enseñanzas científicas del marxismo, que pretenden hacer un análisis teórico de los acontecimientos, hacer un examen cuidadoso y escrupuloso de los cambios que se están produciendo si quieren orientarse correctamente hacia la vanguardia y proporcionar una dirección a las masas.

Al criticar las concepciones estériles del estalinismo, que identificaba todos los regímenes con el fascismo en la época del “tercer período”, Trotsky, brillantemente, caracterizó la esencia de la época como de cambio y fluctuaciones, en la cual no bastaría con hacer generalizaciones. Cada etapa debe ser examinada concretamente por la vanguardia que de este modo podrá entender e interpretar los acontecimientos y sacar las conclusiones prácticas correctas para su actividad. Trotsky escribió lo siguiente:

“La gran importancia práctica de una correcta orientación teórica se manifiesta con más evidencia en las épocas de agudos conflictos sociales, de rápidos virajes políticos o de cambios abruptos en la situación. En esas épocas, las concepciones y generalizaciones políticas son rápidamente superadas y exigen su reemplazo total (que es relativamente fácil) o su concreción, precisión y rectificación parcial (lo que es más difícil). Precisamente en esos períodos surgen necesariamente toda clase de combinaciones y situaciones transicionales, intermedias, que superan los patrones habituales y exigen una atención teórica continua y redoblada. En una palabra, si en la época pacífica y ‘orgánica’ (antes de la guerra) todavía se podía vivir a expensas de unas cuantas abstracciones preconcebidas, en nuestra época cada nuevo acontecimiento forzosamente plantea la ley más importante de la dialéctica: la verdad es siempre concreta (León Trotsky, Bonapartismo y fascismo, julio 1934)

Entre los cuadros de la Cuarta Internacional, hay compañeros que no han comprendido suficientemente esta lección. Continúan viviendo de las “rentas de unas cuantas abstracciones confeccionadas”, en lugar de concretar o rectificar parcialmente generalizaciones anteriores. Un ejemplo destacado de esto es el artículo de Pierre Frank.

Frank intenta equiparar todos los regímenes de Europa occidental con el “bonapartismo”. Sus generalizaciones van incluso más allá: defiende que han existido regímenes bonapartistas en Francia desde 1934; que es imposible tener otra cosa que no sean regímenes bonapartistas o fascistas hasta que el proletariado llegue al poder en Europa. Esto, si queréis, en nombre de la “¡continuidad de nuestros análisis políticos durante más de diez años de la historia francesa!” Esta autocomplacencia reduce la teoría a abstracciones amorfas, a errores episódicos y encubrimientos inevitables, convirtiéndolas, de este modo, en un sistema. Eso no tiene cabida en la Cuarta Internacional.

El compañero Frank mezcla indiscriminadamente los términos democracia burguesa con bonapartismo, sin explicar los rasgos específicos de ninguno. Habla, de manera intercambiable, de “bonapartismo”, “elementos de bonapartismo” y compara las libertades democráticas con “un régimen que se puede definir correctamente como democrático”. El lector tiene que buscar en vano una definición de su “régimen democrático” ideal que se distinga de la democracia burguesa real. Niega la existencia hoy de los regímenes democráticos en Europa porque “literalmente no tienen cabida”.

Bases económicas y superestructura política

Repetiremos aquí algunas ideas elementales del marxismo para llegar a la claridad necesaria y comprender los procesos y cambios que actualmente se están desarrollando en los regímenes europeos, al menos en Europa occidental. La mitad oriental, dominada directamente por la burocracia estalinista, se desarrolla en una dirección distinta y en condiciones diferentes.

El carácter político de un régimen (bonapartista, fascista, democrático) está básicamente determinado por las relaciones entre las clases en la nación, que varía en épocas diferentes. Su naturaleza fundamental está determinada, en última instancia, por su modo de producción y las relaciones de propiedad, por su carácter de clase. Así, los regímenes de Hitler y Roosevelt, de Attlee y Mussolini, de Franco y Gouin, de Perón y Salazar, de Valera y Chiang Kai Shek[1], todos son gobiernos de la clase capitalista, porque descansan sobre la economía de explotación capitalista. Sin embargo, la naturaleza de clase de estos regímenes no agota el problema. Tenemos que clasificar el instrumento —que difiere en cada caso— mediante el cual la burguesía garantiza su dominio y gobierno. El carácter de este dominio está decidido no sólo por los deseos subjetivos y las necesidades de los capitalistas financieros, que son sólo un factor del proceso, sino precisamente por las interrelaciones objetivas-subjetivas entre las clases en cada etapa determinada, que también están determinadas por la historia anterior y el desarrollo de la lucha de clases del país en concreto.

Es una vulgarización del marxismo —materialismo vulgar de la peor clase— decir que la superestructura de una sociedad está determinada inmediatamente por el desarrollo de su economía.

La desaparición de las bases económicas en las que se basaba la “democracia” de los imperialistas, no llevó inmediatamente a la desaparición de la democracia burguesa. Sólo prepara su colapso a largo plazo. Para ser exactos, el desarrollo del capitalismo en imperialismo a principios de este siglo ya se ha adecuado a la existencia anticuada de la democracia burguesa. Vemos que la democracia burguesa ha conseguido mantenerse durante décadas después de que haya desaparecido su base económica.

Que el capitalismo ha sobrevivido a sus funciones históricas ya fue atestiguado por la Primera Guerra Mundial imperialista. Pero ésta, no lo podía hacer por sí misma, no llevó al derrocamiento del sistema capitalista. La Primera Guerra Mundial creó unas condiciones favorables para el derrocamiento de la burguesía a escala mundial. Pero el proletariado no pudo cumplir su misión por las organizaciones de su propia creación. La socialdemocracia traicionó la revolución y salvó al sistema capitalista de la destrucción. En la época revolucionaria que siguió a la Primera Guerra Mundial, la burguesía tuvo que acomodarse en la socialdemocracia para apoyarse, el único apoyo que tenía para mantener su dominio. Donde la burguesía se basó en regímenes basados en la socialdemocracia, uniendo la represión contra los trabajadores revolucionarios con reformas y semireformas, estos sólo se podían caracterizar como regímenes de “democracia burguesa”. De este modo, Lenin y Trotsky caracterizaron el régimen contrarrevolucionario de Alemania en 1918, que estaba dirigido por la socialdemocracia, como un régimen democrático burgués.

Es abecé que las libertades democráticas se consiguieron con la lucha contra la burguesía durante un período de un siglo: el derecho al voto se luchó y arrebató a la burguesía en el período de ascenso del capitalismo, en el momento de florecimiento de la democracia burguesa. Incluso en su apogeo nunca fue un Estado democrático idílico sin intervención policial o fuerza bruta.

Incluso en esta etapa, cuando el capitalismo todavía era una economía ascendente, no eran sólo regímenes democráticos también eran regímenes bonapartistas. En la tierra clásica del bonapartismo, tanto Luis Napoleón[2] como el propio Bonaparte, llegaron al poder en el momento en que había un auténtico boom que duró en algún caso dos décadas. De acuerdo con la concepción del compañero Frank, no había bases para el bonapartismo, sólo existían para la democracia burguesa. Pero vemos que el problema no es tan simple.

Después de Luis Napoleón la democracia burguesa (con una o dos amenazas de dictadura) duró décadas en Francia. Según las misteriosas concepciones de Frank, después del bonapartismo —que significa que las bases económicas para la democracia ya no existen—, ya no es posible para la burguesía mantenerse con la democracia, sino... sólo con el bonapartismo.

Es difícil comprender porqué el compañero Frank se detiene en 1934 para rastrear los regímenes bonapartistas en Francia. Si seguimos su método lógicamente hemos tenido bonapartismo desde el golpe de Estado de Luis Napoleón en 1851, o ¡quizás desde el primer Bonaparte!

Si hay un átomo de sentido en su postura de que ha desaparecido la base económica para las reformas, todo lo que demuestra no es automática y consecuentemente la existencia de un régimen de bonapartismo, sino que el régimen democrático en esas condiciones tendrá un carácter extremadamente inestable, lleno de convulsiones y crisis, que deben tomar el camino de la dictadura proletaria revolucionaria o la dictadura abierta del capital financiero a través del bonapartismo o el fascismo.

El compañero Frank dice que la existencia de las libertades democráticas no es suficiente para tener un régimen democrático. ¡Una observación profunda! ¿Y después? ¡La existencia de medidas bonapartistas no hace a un régimen bonapartista compañero Frank! Este argumento es tan profundo como el del “colectivismo burocrático” que sostiene que en Alemania bajo Hitler teníamos una intervención del Estado en la economía, igual que en Francia con Blum, en EEUU con Roosevelt (Ley de Recuperación de la Industria Nacional), en Rusia con Stalin... consecuentemente, todos estos regímenes eran lo mismo. No son sólo los puntos de similitud —todas las sociedades humanas tienen puntos de similitud, particularmente los tipos diferentes de sociedades capitalistas—, lo que determina nuestra definición de los regímenes son los rasgos decisivos.

Contrarrevolución con forma democrática

El PCR británico ha caracterizado los regímenes de Europa occidental (Francia, Bélgica, Holanda, Italia) como regímenes de contrarrevolución con forma democrática. El compañero Pierre Frank pretende que la idea de una “contrarrevolución democrática” está vacía de todo contenido. Entonces, le sería difícil explicar qué era la República de Weimar[3] organizada por la socialdemocracia en Alemania. Estaría obligado a defender que en 1918 en Alemania no fue la revolución proletaria la que fue traicionada por la “contrarrevolución con forma democrática” (por la represión sangrienta y antidemocrática de las insurrecciones de enero de 1919), sino que fue una revolución democrática derrocada por el káiser y que sustituyó su régimen por ¡una democracia burguesa “pura”! El hecho de que este régimen fuera hecho pedazos por la ley marcial y la conspiración de los dirigentes socialdemócratas con el Estado Mayor del Reichswehr, los junkers y la burguesía, valida totalmente la conclusión de Lenin y Trotsky de que se trataba de una contrarrevolución “democrática”, donde la burguesía utilizaba a los socialdemócratas como sus agentes.

Trotsky anticipó esto y se preparó teóricamente para una situación similar con el colapso del fascismo en Italia cuando escribió una carta a los compañeros italianos en 1930:

“A partir de todo lo anterior surge el problema del período ‘transicional’ en Italia. En primer lugar hay que responder claramente: ¿transición de qué a qué? Un período de transición de la revolución burguesa (o ‘popular’) a la revolución proletaria es una cosa. Un período de transición de la dictadura fascista a la dictadura proletaria es otra cosa. Si se contempla la primera concepción, se plantea en primer término la cuestión de la revolución burguesa y sólo se trata de determinar el papel del proletariado en la misma. Sólo después quedará planteada la cuestión del período transicional hacia la revolución proletaria. Si se contempla la segunda concepción, entonces se plantea el problema de una serie de batallas, convulsiones, situaciones cambiantes, virajes abruptos, que en su conjunto constituyen las distintas etapas de la revolución proletaria. Puede haber muchas etapas. Pero en ningún caso pueden implicar la revolución burguesa o ese misterioso híbrido de la ‘revolución popular’.

“¿Significa esto que Italia no puede convertirse nuevamente, durante un tiempo, en un Estado parlamentario o en una ‘república democrática’? Considero —y creo que en esto coincidimos plenamente— que esa eventualidad no está excluida. Pero no será el fruto de una revolución burguesa sino el aborto de una revolución proletaria insuficientemente madura y prematura. Si estalla una profunda crisis revolucionaria y se dan batallas de masas en el curso de las cuales la vanguardia proletaria no tome el poder, posiblemente la burguesía restaure su dominio sobre bases ‘democráticas’.

“¿Puede decirse, por ejemplo, que la actual república alemana es una conquista de la revolución burguesa? Sería absurdo afirmarlo. Lo que se dio en Alemania en 1918-19 fue una revolución proletaria, engañada, traicionada y aplastada por la falta de dirección. Pero, no obstante, la contrarrevolución burguesa se vio obligada a adaptarse a las circunstancias provocadas por esta derrota de la revolución proletaria a tomar la forma de una república parlamentaria ‘democrática’. ¿Se puede excluir la misma variante —o una parecida— en Italia? No, no se la puede excluir. El fascismo llegó al poder porque la revolución proletaria de 1920 no llegó hasta el final. Sólo una nueva revolución proletaria puede derrocar al fascismo. Si esta vez tampoco está destinada a triunfar (por la debilidad del Partido Comunista, las maniobras y traiciones de los socialdemócratas, francmasones, católicos), el Estado ‘transicional’ que la burguesía se verá obligada a edificar sobre las ruinas de su forma fascista de gobierno no podrá ser otra cosa que un Estado parlamentario y democrático” (León Trotsky, Problemas de la revolución italiana, 14 de mayo de 1930).

Los acontecimientos en Italia han demostrado la extraordinaria capacidad de previsión de Trotsky. La burguesía se ha visto obligada a desechar al rey[4] y los traidores estalinistas-socialistas han desviado la revolución proletaria hacia los canales del “Estado democrático y parlamentario”. Con esto, por supuesto, no lograrán una base estable, sino que sufrirán crisis y agitaciones, movimientos por parte del proletariado, contramovimientos de monárquicos y fascistas. ¿Frank ahora negaría la corrección de las concepciones de Trotsky y afirmaría que desde la caída de Mussolini hemos tenido un Estado bonapartista?

Es incomprensible que Frank en su argumentación haga referencia a este artículo de Trotsky precisamente para plantear un punto de vista contrario. ¿Después del fascismo qué? Pregunta el Viejo y responde que, como una forma de evitar la revolución frente a una insurrección de masas, la burguesía girará hacia el establecimiento de una república democrático burguesa. Observamos en esta relación que la introducción inmediata del bonapartismo (supuestamente porque la democracia no tiene una base económica) ni siquiera fue considerada por Trotsky.

De aquí se puede desprender que lo realmente “vacío de contenido” es la concepción mecánica de que la contrarrevolución sólo se puede manifestar en la forma del fascismo o el bonapartismo, es decir, en dictaduras policiaco-militares.

La experiencia histórica ha demostrado, y los acontecimientos que ahora se están desarrollando en Europa lo demuestran irrefutablemente, que los métodos de la burguesía en su lucha contra la revolución proletaria varían ampliamente y no están determinados a priori. La burguesía hace uso de métodos diferentes, se basa en capas diferentes, dependiendo de la correlación de fuerzas de clase para reforzar o restablecer su dominio.

Que puedan maniobrar con los estalinistas o manipular a sus agencias socialdemócratas, bonapartistas o fascistas, o como a veces ocurre, utilizar todas las fuerzas simultáneamente, no depende sólo de las intenciones subjetivas de la clase dominante, o de uno u otro aventurero, sino de las condiciones objetivas y las interrelaciones entre todas las clases de la nación —burguesía, pequeña burguesía y proletariado— en un momento determinado. Repetir mecánicamente la conclusión de que la existencia del capital financiero es compatible con la democracia burguesa en el período contemporáneo (que es indudablemente correcto dentro de ciertos límites), y de este modo, todos los regímenes deben ser bonapartistas, es sustituir el análisis dialéctico de los acontecimientos por categorías abstractas formuladas sobre las bases de la experiencia histórica parcial e insuficiente o una visión estrecha e incompleta del proceso como un conjunto.

Para comprender la naturaleza de los regímenes en Europa occidental hoy, debemos conocer los antecedentes que les precedieron. El movimiento revolucionario de las masas que siguió a la Primera Guerra Mundial fue paralizado y traicionado por los socialdemócratas, que sólo fueron capaces de salvar al capitalismo de la destrucción bajo la bandera de la democracia burguesa. La burguesía tuvo que basarse en sus agentes socialdemócratas para simplemente sobrevivir.

El fracaso del proletariado al tomar el poder sólo podía llevar a una nueva degeneración y decadencia del capitalismo. La ruina de la pequeña burguesía, que no ha encontrado una salida en las organizaciones de masas del proletariado, la llevó a convertirse en una herramienta de la reacción fascista. Atrapada por la intolerable crisis de su sistema en un país tras otro, a través de muchas transiciones, la burguesía se volvió hacia la dictadura abierta y desenfrenada.

La marea de la revolución fue seguida por una oleada de contrarrevolución. En Italia, Alemania y otros países, la burguesía utilizó las fuerzas de la pequeña burguesía enloquecida para destruir las organizaciones del proletariado. Al final tuvieron que volverse hacia la pequeña burguesía y transformarse en regímenes bonapartistas, es decir, regímenes que descansan directamente en el apoyo del aparato policiaco-militar en lugar de regímenes con una base de masas.

Esto no resolvería las contradicciones del sistema capitalista a escala nacional o internacional, sino que inevitablemente llevaría a la Segunda Guerra Mundial, en un intento frenético de la burguesía de encontrar una salida mediante la repartición del mundo. Pero la Segunda Guerra Mundial, incluso más que la primera, puso en entredicho toda la existencia del sistema capitalista como tal. La burguesía se dio cuenta, con pavor, que desatar la guerra desataría una energía revolucionaria tremenda desde las profundidades de las masas y crearía de nuevo las condiciones favorables para el derrocamiento del sistema a escala continental.

Las victorias de los nazis y la conquista de prácticamente todo el continente europeo, tuvo, como subproducto, el efecto de destruir temporalmente la base de masas de la reacción en toda Europa. La reacción y el sistema capitalista se basaban directamente en las bayonetas de los ejércitos fascistas nazis. El odiado Quislings jugó un papel puramente auxiliar. Con las victorias del Ejército Rojo y el colapso de Hitler y Mussolini, el problema de la revolución socialista se puso en el orden del día en toda Europa. La reacción no tenía una base fuerte entre la población ni un aparato policiaco-militar estable y fuerte. Los ejércitos aliados no podían ser un apoyo estable para la reacción y la dictadura militar abierta durante mucho tiempo. En la mayoría de los países europeos la burguesía se enfrentaba a una insurrección de masas, que no podría frenar con sus propias fuerzas.

Grecia fue la excepción. Sólo después de una guerra civil y una guerra de intervención sangrienta fue posible instalar un régimen semibonapartista o bonapartista, que poco a poco intentó imponer un régimen totalitario en ese país. Los imperialistas son conscientes de la imposibilidad de utilizar estos métodos en todo el continente. Además, en Grecia el poder de la reacción tenía que mantenerse a toda costa por temor a que este último puesto avanzado del imperialismo británico en la península balcánica, junto con el resto de los Balcanes, cayera bajo el dominio de la burocracia estalinista. Pero incluso aquí no fue posible destruir completamente las organizaciones de masas del proletariado.

Nada salvó al sistema capitalista en Europa occidental excepto la traición de la socialdemocracia y el estalinismo. ¿Cuando la burguesía se acomoda a sus agentes socialdemócratas y estalinistas para el propósito de la contrarrevolución cuál es el “contenido” de esa contrarrevolución? ¿Bonapartista, fascista, autoritaria? ¡Por supuesto que no! Su contenido es el de una “contrarrevolución con forma democrática”.

Por supuesto, la burguesía no puede mantenerse durante mucho tiempo sobre la base de una contrarrevolución democrática. Donde la revolución es frenada por los lacayos de la burguesía, las fuerzas de clase no se quedan suspendidas en el aire. Después de un período, que puede ser más o menos prolongado de acuerdo con los acontecimientos políticos y económicos internaciones y dentro de un país determinado, la burguesía gira hacia la contrarrevolución fascista o bonapartista. Así es como se manifestaron los acontecimientos en Italia en los dos años de reflujo de la oleada revolucionaria provocada por la Primera Guerra Mundial y en Alemania durante un período de quince años. El cambio en las relaciones de clase se reflejó en el cambio de regímenes a través de democracia, bonapartismo preventivo, fascismo, bonapartismo puro y dictadura militar.

A pesar de la degeneración de su base política y económica, el fracaso de los trabajadores una vez más a la hora de tomar el poder, de destruir las relaciones capitalistas y organizar una sociedad nueva, tuvo como resultado el establecimiento de gobiernos democrático burgueses en Italia, Francia y otros países, basados en la manipulación de los estalinistas y socialdemócratas. Decir que la contrarrevolución o el dominio de la burguesía en el período actual sólo pueden manifestarse con el bonapartismo, el fascismo o gobiernos similares al de Franco, es abandonar el análisis marxista de los procesos en la sociedad moderna. Teniendo en cuenta los muchos factores implicados en la historia de la época, incluida la debilidad de la corriente marxista, se pudo prever y se hizo por adelantado cómo se desarrollarían los acontecimientos en Europa occidental. Pero el proceso sólo se puede comprender si se tiene en cuenta la naturaleza real de la democracia, el bonapartismo o el fascismo, y no simplemente sus formas externas.

Distintos regímenes en la sociedad capitalista

El bonapartismo clásico del primer Napoleón surge de la revolución democrática burguesa en el período de juventud y vigor del capitalismo. El bonapartismo, el dominio de la espada sobre la sociedad, representaba una situación donde el Estado asumía una independencia relativa de las clases, equilibrándose entre clases hostiles y arbitrando entre ellas. Sin embargo, seguía siendo un instrumento sobre todo de los grandes capitalistas. Napoleón se basó en el apoyo de los campesinos y pudo mantenerse durante todo un período histórico debido al desarrollo de las fuerzas productivas en Francia durante ese período.

Así Napoleón el Pequeño estableció su poder en Francia con un golpe de Estado en 1851. Marx en El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, describía la situación de la siguiente forma: “El Estado ha retrocedido a su forma más primaria, donde prevalece el dominio despiadado de la espada y el gobierno tiránico [¡Difícilmente un reflejo del régimen de De Gaulle en Francia después de la liberación!]. De este modo, el coup-de-tete de diciembre de 1851 es la respuesta al coupde-main de febrero de 1848”.

Esa es la esencia del bonapartismo: una dictadura policiaco-militar, desnuda, el “árbitro” con la espada. Un régimen que indica que los antagonismos dentro de la sociedad se han hecho tan grandes que la maquinaria estatal, para “regular” y “ordenar” estos antagonismos mientras permanece como un instrumento de los dueños de la propiedad, asume cierta independencia respecto a todas las clases. Un “juez nacional” que concentra el poder en sus manos, que “arbitra” personalmente los conflictos dentro de la nación, enfrentando a una clase contra otra, sin embargo, sigue siendo una herramienta de los dueños de la propiedad. Al mismo tiempo, nosotros caracterizamos como bonapartista a un régimen donde las fuerzas básicas de clase de la burguesía y el proletariado están más o menos equilibradas entre sí, lo que permite al poder estatal maniobrar y equilibrarse entre los campos en contienda y de nuevo dar al poder estatal cierta independencia con relación al conjunto de la sociedad.

Sin embargo, hay una gran diferencia entre el papel del bonapartismo en el período de la fase ascendente del capitalismo y su período de declive. Daremos dos citas de Trotsky en las que explica esta diferencia con absoluta claridad. En Alemania, el único camino podemos leer lo siguiente:

“En su tiempo, caracterizamos al gobierno Brüning como bonapartismo (‘una caricatura de bonapartismo’), es decir, como un régimen de dictadura políticomilitar. En el momento en que la lucha de dos estratos sociales —los que tienen y los que no tienen, los explotadores y los explotados— alcanza su tensión más elevada, se han creado las condiciones para la dominación de la burocracia, la policía y la tropa. El gobierno se vuelve ‘independiente’ de la sociedad. Recordemos una vez más: si se clavan simétricamente dos horquillas en un corcho, éste puede guardar el equilibrio incluso sobre la cabeza de un alfiler. Ese es precisamente el esquema del bonapartismo. Podemos tener por seguro que semejante gobierno no deja de ser el empleado de los propietarios. Sin embargo, el empleado se sitúa sobre la espalda del amo, le restriega el pescuezo en carne viva y no titubea, a veces, en limpiarse los zapatos en su cara.

“Puede haberse dado por sentado que Brüning proseguiría hasta la solución final. Sin embargo, en el transcurso de los acontecimientos, se ha añadido otro eslabón: el gobierno Papen. Para ser exactos, deberíamos hacer una rectificación en nuestra anterior caracterización: el gobierno Brüning era un gobierno prebonapartista. Brüning era solamente un precursor. En una forma perfecta, el bonapartismo entró en escena con el gobierno Papen-Schleicher[5]” (León Trotsky, El único camino, septiembre 1932).

Y continúa:

“No obstante, a pesar de la apariencia de fuerzas concentradas, el gobierno Papen como tal es más débil todavía que su predecesor. El régimen bonapartista puede lograr un carácter comparativamente estable y duradero sólo en el caso de que ponga fin a una época revolucionaria; cuando la relación de fuerzas ya ha sido puesta a prueba en batallas; cuando las clases revolucionarias ya están agotadas, pero las clases poseedoras aún no se han librado del terror: ¿no traerá mañana nuevas convulsiones? Sin esta condición básica, es decir, sin un agotamiento anterior de las energías de las masas en combates, el régimen bonapartista no está en posición de avanzar” (Ibíd.).

El bonapartismo en la fase de ascenso del capitalismo, se eleva sobre la sociedad, suprimiendo y “arbitrando” los conflictos existentes dentro de la sociedad y regulando los antagonismos de clase, es fuerte y tiene confianza. En condiciones de poderoso desarrollo de las fuerzas productivas consigue cierta estabilidad. Pero el bonapartismo en la fase de declive del capitalismo también está afectado por la senilidad. Afectado por la crisis capitalista no puede resolver ninguno de los problemas a los que se enfrenta. La crisis principal de la sociedad, el conflicto entre las fuerzas productivas, la propiedad privada y el Estado nacional, se ha hecho demasiado grande, los antagonismos de clase que eso engendra son tan intensos que sólo permite el ascenso del bonapartismo senil, al mismo tiempo, como consecuencia, es tan enfermizo y débil que toda su estructura es defectuosa y probablemente sea derrocado en alguna de las crisis a las que se enfrente. Es esta debilidad del bonapartismo es lo que lleva a la burguesía y a la camarilla militar a entregar el poder al fascismo y desatar las bandas de pequeños burgueses locos y lumpemproletarios contra el proletariado y sus organizaciones de clase.

Las diferentes categorías de regímenes, aunque de vital importancia para la teoría y práctica marxistas, no son abstracciones metafísicas que indiquen una diferenciación rígida, fija y eterna entre ellos.

Hay muchos factores en juego y por esa razón es necesario examinar concretamente cada régimen antes de definir categóricamente su posición.

Sólo es necesario señalar que incluso cada una de las categorías preliminares puede incluir a regímenes diferentes. Inglaterra con sus remanentes feudales (Cámara de los Lores y la monarquía) y la opresión bárbara de los pueblos coloniales, es una “democracia”. La República Federal de Suiza, Francia, con sus leyes basadas en el Código Napoleónico, EEUU, Weimar en Alemania y Eire —a pesar de sus amplias diferencias— son “democracias”. ¿Entonces cuál es el rasgo dominante que sitúan a estos regímenes en una misma categoría?

A pesar de sus distintas historias, lo que explica sus diferentes peculiaridades nacionales es que todos poseen ciertos rasgos específicos comunes. Estos rasgos son decisivos a la hora de determinar la clasificación marxista. Todos tienen organizaciones obreras independientes: sindicatos, partidos, clubes, etc., con derechos. El derecho a la huelga, organización, voto, libertad de expresión, etc., y los otros derechos conseguidos con la lucha de clases del proletariado en el pasado. (Aquí deberíamos añadir que la pérdida de uno u otro derecho, por sí mismo, no es decisivo en nuestro análisis de un régimen. El factor determinante es la totalidad de las relaciones). En un sentido, la existencia, dentro del capitalismo, de elementos de la nueva sociedad, o como explicaba Trotsky en Alemania, ahora qué, al responder a los estalinistas ultraizquierdistas, bajo el régimen de la burguesía ya existe el embrión del gobierno de la clase obrera en la forma de organizaciones obreras.

Donde existen estas organizaciones juegan un papel muy importante (en Francia e Italia son ahora más fuertes que nunca), la burguesía gobierna a través de sus dirigentes y capas superiores de estas organizaciones. Como señaló Lenin, en determinada etapa, la burguesía incluso gobernó a través de los sóviets, o para ser más exactos, la dirección menchevique de los sóviets.

El fascismo también tiene sus peculiaridades. Los regímenes de Franco, Hitler, Mussolini y Pilsudsky[6], todos están dentro de esta concepción. Pero existen grandes diferencias entre ellos. Lo que les une es la concepción de la total destrucción de todas las organizaciones de la clase obrera. Incluso aquí vemos que inmediatamente después del estallido de la guerra, el fascismo polaco, mucho más débil que el alemán o el italiano, no consiguió destruir completamente las organizaciones obreras y pudo haber sido derrocado antes de que finalmente lo fuera.

El bonapartismo también demuestra variedades similares. Napoleón, Luis Napoleón, Von Schleicher, Papen, Petain, los regímenes fascistas que se convierten en bonapartistas, todos eran regímenes bonapartistas. ¿Qué tienen en común? La independencia del Estado, la concentración del poder “personal”, descansar directa y abiertamente en el dominio de la maquinaria del Estado a través del poder desnudo del aparato policiaco-militar, el “gobierno de la espada”. Cualesquiera que sean las diferencias entre los regímenes, la existencia de las organizaciones obreras con derechos limitados o mermados en ciertos casos, todos los mencionados arriba tienen características en común. Las peculiaridades específicas en cada caso de nuevo estarían determinadas por la historia del país, el desarrollo de las contradicciones sociales que han hecho posible la aparición del bonapartismo, etc.

De este modo, el bonapartismo débil y estéril de Petain y von Schleicher en la época de declive capitalista parece sólo una caricatura del régimen vigoroso y poderoso establecido por Napoleón en su período ascendente. En el cambio de la democracia al fascismo podrían existir quizás muchas fases transicionales. De este modo, el camino hacia el bonapartismo está preparado por la división de la nación en dos campos hostiles, el de la pequeña burguesía fascista y el de la clase obrera organizada. Nominalmente, el poder del Estado asume una independencia de ambos y el régimen policiaco-militar establecido prepara el camino para entregar el poder al fascismo. (La burguesía prefiere gobernar a través de métodos democráticos. Bajo el impacto de la crisis utiliza a las bandas fascistas como una agencia terrorista para presionar al proletariado así puede despachar medidas dictatoriales bonapartistas. Sólo como último recurso, de mala gana, entregan el poder a los fascistas). Al menos eso ocurrió en Italia y Alemania. Dependiendo de muchos factores, incluida la política del partido revolucionario del proletariado, los acontecimientos en Europa y en otras partes se desarrollarán en líneas algo diferentes, la reacción conseguiría temporalmente estabilizarse.

Sin embargo, es importante observar que los regímenes de Schleicher y Papen, Petain y el general Sirovy en Checoslovaquia después de Munich, todos se desarrollaron directamente hacia regímenes de democracia burguesa (aunque quizás con etapas intermedias). Los regímenes prebonapartistas o incluso bonapartistas de Doumergue[7], Laval y Flandin, prepararon el camino para el Frente Popular en Francia que a su vez pavimentó el camino para un desarrollo hacia el bonapartismo. Calificar al Frente Popular de Blum de “bonapartismo”, como hace el compañero Frank en la cita siguiente, sólo puede crear una inmensa confusión en las filas de la Cuarta Internacional:

“... Pero el bonapartismo del capitalismo decadente puede encubrirse con otros ropajes. En determinados casos es bastante difícil reconocerlo, por ejemplo, en el caso de gobiernos de izquierdas, incluso muy a la izquierda, especialmente del tipo Frente Popular. Ahí el bonapartismo está tan escandalosamente barnizado con el lustre democrático que muchos se permiten tomarlo por eso (!)”.

En estas palabras del compañero Frank está la clave de la confusión en la caracterización de los regímenes. Es fácil caer en estos errores porque de la misma forma que el embrión de una nueva forma de sociedad existe en las organizaciones obreras, también la posibilidad del bonapartismo está enraizada en la estructura de la sociedad bajo la democracia burguesa. Dentro de cada Estado están reflejados los antagonismos que existen en la sociedad, incluso en la sociedad democrática más libre. Como Engels escribió en su libro El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado:

“Así pues, el Estado no es de ningún modo un poder impuesto desde fuera de la sociedad. Tampoco es “la realidad de la idea moral” ni “la imagen y la realidad de la razón”, como afirma Hegel. Es más bien el producto de un determinado grado de desarrollo de la sociedad, es la confesión de que esa sociedad se ha enredado en una irremediable contradicción consigo misma y está dividida por antagonismos irreconciliables que no puede conjurar. Pero a fin de que estos antagonistas, estas clases con intereses económicos en pugna, no se devoren a sí mismos y a la sociedad en una lucha estéril, se hace necesario un poder situado aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el choque, a mantenerlo en los límites del “orden”. Y ese poder —nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella y se divorcia de ella más y más— es el Estado” (Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Madrid, Fundación Federico Engels, 2006, pp. 183-4).

En última instancia, todo Estado se basa en la fuerza desnuda. Los oficiales del ejército, la camarilla de generales, la policía y la burocracia civil, entrenados y seleccionados para servir a los intereses del capitalismo, proporcionan la base para que prosperen los complots militares y las conspiraciones, dadas las condiciones de crisis y fermento social.

Pierre Frank confunde aquí el papel del Estado con el bonapartismo. Una democracia que no estaba basada en la fuerza, que no tenía un aparato situado por encima de la sociedad, nunca ha existido ni existirá. Pero esto no hizo el bonapartismo.

Sino porque cada Estado está basado en cuerpos armados de hombres con sus apéndices en forma de prisiones, juzgados, etc., y de este modo, incluso bajo el régimen más democrático tenemos la dictadura oculta del capitalismo, eso no supone que todo régimen represivo necesariamente sea bonapartista. La represión y la supresión de los derechos de los trabajadores en condiciones de “emergencia” se producen con cualquier régimen, incluido el democrático, cuando los intereses del capital están amenazados y hasta que se restauren las condiciones “normales”, es decir, hasta que las masas acepten sin rebelarse el yugo del capital. La burguesía mantiene una flexibilidad extrema, manipulando los regímenes según la resistencia de las masas, las fuerzas de clase, etc., Gracias a las traiciones de las direcciones obreras la burguesía puede hacer esto.

Pronóstico a la luz de los acontecimientos

Independientemente de sus deseos originales de imponer regímenes bonapartistas en Europa, el imperialismo anglo-estadounidense pronto comprendió que era imposible (a parte de Grecia) debido a los peligros incalculables que conllevaría y por eso optaron por regímenes democráticos en Europa occidental basados en el proletariado desarmado.

Los acontecimientos en Francia y Europa occidental han confirmado la incorrección del método de Pierre Frank. En toda Europa occidental desde la “liberación”, la tendencia ha sido un movimiento continuo hacia la democracia burguesa y no hacia regímenes cada vez más dictatoriales; hacia un incremento de los derechos democráticos, no hacia su limitación. En la etapa final esta tendencia se volverá en su contrario, pero en el momento actual el movimiento de Europa occidental es hacia regímenes democráticos burgueses. De este modo, en Italia tenemos el establecimiento de la república democrático burguesa, sindicatos, etc., en Francia tenemos elecciones, partidos, sindicatos, etc.; en Bélgica y Holanda tenemos elecciones democráticas. El giro de las masas hacia el socialismo-comunismo se ha reflejado en el hecho de que estos partidos han conseguido un mayor porcentaje de votos que en cualquier otro momento de la historia. Para movilizar a la reacción pequeñoburguesa como contrapeso a ellos, la burguesía, en este momento, no se basa en la reacción fascista sino en los partidos católicos y cristianos apoyándose en la democracia parlamentaria. Esto da a la burguesía un margen de maniobra para preparar la etapa final y en las condiciones favorables necesarias para una transición de los regímenes bonapartistas a las dictaduras totalitarias.

Está claro que la situación actual es completamente diferente a la situación en Alemania e Italia antes de la victoria del fascismo, donde se organizaron partidos fascistas de masas y la posibilidad de que el Estado maniobrara entre dos campos mortalmente hostiles, dominó toda la situación. Lejos de esto, en Italia y Francia los partidos demócrata-cristianos están colaborando con las organizaciones obreras en una coalición gubernamental típica de la democracia burguesa. La burguesía no puede hacer otra cosa debido al peligro de acontecimientos revolucionarios por parte de las masas.

La situación es similar a la de Alemania durante la República de Weimar. Para contener la revolución, la burguesía organizó un gobierno de coalición entre la socialdemocracia y el centro católico[8].

¿Era esto bonapartismo? Obviamente no. Pero como resultado de la política de la socialdemocracia fueron castigados con el giro de la pequeña burguesía hacia la reacción y a un intento de monarquía bonapartista con el golpe de Estado en el Kapp Putsch[9] en 1920. Como se sabe este intento de golpe bonapartista fue derrotado por las masas, donde los comunistas y los socialistas participaron en una huelga general. La indignación de los trabajadores, debido a la propaganda correcta del Partido Comunista al advertir de este peligro y formar un frente único para aplastarlo, llevó a los trabajadores del Ruhr a intentar tomar el poder. La reacción entonces se unió con los socialdemócratas para aplastar este movimiento de las masas. Esto a su vez preparó el camino para un régimen inestable de democracia burguesa.

La posición equivocada ante la naturaleza de los regímenes en Europa surge de una perspectiva incorrecta. Los compañeros estadounidenses defendían que después de la victoria de los imperialistas aliados en Europa sólo eran posibles dictaduras militares similares a las de Franco. Pierre Frank acepta la posición equivocada del Secretariado Internacional (SI) en 1940:

“Si Inglaterra mañana instalara a De Gaulle en Francia, su régimen no se distinguiría en los fundamental del gobierno bonapartista de Petain”.

¡Existe una pequeña diferencia compañero Frank! ¡Pero para los trabajadores esta diferencia es decisiva! Es verdad que la clase capitalista continuó gobernando con De Gaulle como hizo con Petain. Pero defender que en 1947 los dos regímenes no se podían distinguir es caer en el sectarismo estúpido de los estalinistas en Alemania, que no distinguían entre un régimen capitalista basado en las organizaciones obreras y la abolición de estas organizaciones por parte del fascismo.

La confusión de Frank quedó una vez más de manifiesto en su declaración triunfante al calificar el régimen de Petain como bonapartista. Trotsky dijo que el régimen de Petain era bonapartista. Pero Frank no comprende lo que quería decir Trotsky. En su período de decadencia y declive Trotsky calificaba a los regímenes de Hitler y Mussolini de regímenes bonapartistas. La única diferencia entre estos regímenes y el de Petain era que Petain nunca tuvo una base de masas entre la pequeña burguesía, como Hitler y Mussolini, en ese sentido no se puede llamar fascista, sino bonapartista. Por esta razón su régimen era mucho más débil y podía ser más fácilmente derrocado por un movimiento de masas. Petain tuvo que basarse en las bayonetas extranjeras para gobernar. De otra manera no habría diferencia entre los regímenes de Franco, Mussolini y Hitler en sus fases decadentes y el de Petain.

El compañero Frank dice lo siguiente:

“... nuestro organismo internacional más responsable ha pronosticado que una simple sustitución de bandos después de la victoria de los aliados no significaría un cambio en la naturaleza del régimen político. Nos encontramos en presencia de una evaluación de la escala histórica basada en las posiciones que ha defendido durante muchos años la Cuarta Internacional, frente a todas las demás teorías y etiquetas baratas extendidas por otras tendencias y formaciones del movimiento obrero. Si se cometió un error verdaderamente considerable y nos veríamos obligados urgentemente a buscar las razones y corregirlo. En cuanto a nosotros, no creemos que en este punto nuestra organización esté equivocada...”. La declaración del SI hecha en 1940 era incorrecta. Cometimos el mismo error. Bajo unas circunstancias perdonables. Pero lo que han hecho es repetir en 1946 un error que ya en 1943 era claramente imperdonable. En una resolución trotskista británica escrita en 1943 corregíamos este error, analizábamos la situación actual de Europa y decíamos siguiente:

“En ausencia de partidos trotskistas experimentados con raíces y tradiciones entre las masas, las primeras etapas de las luchas revolucionarias en Europa serán probablemente el resultado de un período de kerenskismo o frentepopulismo. Esto ya está presagiado por las luchas iniciales de los trabajadores italianos y las traiciones repetidas de la socialdemocracia y el estalinismo” (Resolución de la Conferencia Nacional de la Liga Internacional de Trabajadores, octubre de 1943).

Los acontecimientos han demostrado la corrección de este análisis. En lugar de enfrentarse francamente a un error de perspectivas, Frank se topa de bruces con la realidad e intenta convertir un error en una virtud.

Frank toma a Francia como la piedra clave de sus tesis. Seguramente lo debe estar lamentando en este momento. Porque es Francia, sobre todo, la que ha reflejado el proceso más claramente. Francia es la clave de Europa y cualquier error en la naturaleza del régimen francés podría resultar fatal para los jóvenes cuadros del trotskismo.

Examinemos la situación. Pierre Frank visualiza el desarrollo de la siguiente forma: Bonapartismo desde 1934, por que, veis, la burguesía no podía ofrecer una democracia burguesa; Petain era Bonaparte; De Gaulle era Bonaparte; el Frente Popular (¡Blum!) era bonapartismo; en realidad, como dirían los metafísicos: “en la oscuridad todos los gatos parecen pardos”. La tesis es que todos eran Bonaparte. Continúa con que Gouin era Bonaparte y el gobierno que le siguió también era bonapartista. Si esta locura contagiara a los franceses, nuestro partido francés llegaría a una situación lamentable. Felizmente parece que este peligro aparentemente no existe.

Una apreciación marxista es algo diferente de la de Pierre Frank. ¿Cuál fue el desarrollo del régimen? ¿Desde qué a qué está evolucionando? ¿Cual es la situación de las clases? ¿Cuáles son las relaciones entre las clases? Una apreciación sobria de los últimos dos años nos dirá que: a) aquí tenemos una revolución proletaria inconclusa; que ha llevado b) a una democracia burguesa, asamblea, elecciones, electores, constitución democrático-burguesa; c) y colocando a un candidato Bonaparte. El poder real descansa en los principales partidos de la clase obrera. Un presunto Hitler luchando por el poder y un Hitler en el poder son dos cosas distintas. Un presunto Bonaparte como De Gaulle y un verdadero Bonaparte ejerciendo el poder personal real con la espada, son dos cosas diferentes. De Gaulle podría ser el Franco francés, pero no se declara la victoria del enemigo antes de que haya empezado la batalla decisiva.

El bonapartismo en la época moderna, por su propia naturaleza, debe ser un régimen de transición, la transición al fascismo, la transición a la democracia o incluso a la revolución proletaria: un período de maniobras entre las clases. Qué hay elementos de bonapartismo en la situación de Europa es algo que sobra decir. Estos elementos se pueden convertir en dominantes, pero sólo en determinadas condiciones. Si se declara un régimen bonapartista, entonces las características específicas del régimen deben ser expuestas. A pesar de los entusiastas esfuerzos de Pierre Frank para elevar a De Gaulle a una categoría que sólo él aspira, el “Bonaparte” De Gaulle, midiendo las relaciones de fuerza, estuvo obligado a retirarse tristemente de la escena para esperar un momento más propicio.

Ahí está precisamente el quid de la cuestión; es necesario responder a la propaganda estalinista y socialista advirtiendo que su política inevitablemente lleva al peligro de la contrarrevolución y el bonapartismo; avisar de la amenaza de una dictadura policiaco-militar que asfixie al proletariado si no se eliminan los nidos de bonapartistas, formados por cuadros del Estado Mayor, policía, burocracia civil y tomar en poder en sus propias manos.

Compañeros no se debe cometer el error de los comunistas alemanes que declaraban a cada régimen “fascista” hasta el final, adormeciendo y confundiendo con ello a la vanguardia, hasta que llegó el verdadero Hitler. Por supuesto, si Pierre Frank continúa repitiendo esto durante mucho tiempo, sin duda se hará realidad, al final coincidirá con su definición y tendremos un régimen bonapartista en Francia y otros países de Europa. Para los marxistas esto no es lo correcto. Debemos analizar y explicar concienzudamente cada cambio de gobierno. De esa forma podemos prepararnos para los futuros acontecimientos.

¿Era “bonapartista” el régimen de kerensky?

En su artículo Frank hace referencia al “bonapartista a lo Kerensky”, el bonapartismo de Kerensky, de este modo asume que el bonapartismo se había establecido con el régimen de Kerensky, algo completamente injustificado si se tiene un conocimiento del período.

Frank toma una o dos formulaciones condicionales de Lenin y Trotsky con relación al régimen de Kerensky en Rusia e intenta convertirlas en definiciones definitivas. En realidad, los hechos le contradicen. Es significativo observar que el capítulo al que se refiere de Historia de la Revolución Rusa no se titula “bonapartismo” sino Kerensky y Kornilov. Elementos de bonapartismo en la Revolución Rusa. Trotsky siempre fue muy cuidadoso en las definiciones y por eso cuando dice “elementos”, no quiere decir la cosa por sí misma. Y por buenas razones. Sin duda a Kerensky le habría gustado jugar el papel de Bonaparte. Las posibilidades del bonapartismo están implícitas en la situación. Pero nunca se logró el bonapartismo porque el Partido Bolchevique era fuerte y consiguió llevar a cabo la revolución proletaria, no dejando margen de maniobra para que los aventureros se hicieran con el control. Se pueden dar muchas citas que demuestran la naturaleza condicional de la caracterización bonapartista del régimen de Kerensky. En el mismo capítulo citado por el compañero Frank, del que abstrae la sentencia que caracteriza a Kerensky como “el centro matemático del bonapartismo ruso”, Trotsky dice lo siguiente:

“Los contrincantes imploraban el auxilio de Kerensky; cada uno de ellos veía en él una parte de sí mismo; ambos le juraban fidelidad. Trotsky escribía desde la cárcel: ‘El Sóviet, dirigido por unos políticos que lo temen todo, no se atrevió a asumir el poder. El Partido Kadete, representante de todos los grupos de defensores de la propiedad aún no podía asumirlo. No quedaba más recurso que buscar un gran conciliador, un intermediario, un árbitro’.

“En el manifiesto dirigido al pueblo por Kerensky, éste, hablando en primera persona, decía: ‘Yo, como jefe del gobierno... no me considero con derecho a detenerme ante la circunstancia de que las modificaciones [en la estructura del poder]... acrecienten mi responsabilidad, por lo que a la dirección suprema del país se refiere’. Es ésta la fraseología sin aliños del bonapartismo. Y, sin embargo, a pesar del sostén de la derecha y de la izquierda, las cosas no fueron más allá de la fraseología” (León Trotsky, Historia de la Revolución Rusa, Vol. II. El subrayado es nuestro).

Trotsky escribió como un historiador, evaluando sobriamente y sopesando cada palabra. Y si se estudian las obras de Lenin concienzudamente, incluso las escritas al calor de los acontecimientos, lo único que se puede ver es la incorrección de la posición de Frank al confundir las bacterias con la enfermedad. Lenin, por ejemplo, escribe lo siguiente en su obra Hacia la toma del poder: “El gabinete de Kerensky sin duda es el primer paso hacia el bonapartismo” (Obras Completas, Volumen 25, p. 224)

Aquí se puede ver el carácter condicional con el que hablaban tanto Lenin como Trotsky. En cada capítulo de El Estado y la revolución que cita Frank, donde Lenin hace referencia al gobierno de Kerensky como bonapartista, el carácter condicional se puede ver en los párrafos inmediatamente siguientes. Al tratar la cuestión del Estado y todas sus formas como un arma de explotación de la clase oprimida (así se titula el capítulo donde aparecen estas referencias al bonapartismo) Lenin dice lo siguiente:

“En la actualidad, el imperialismo y la dominación de los bancos han ‘desarrollado’, hasta convertirlos en un arte extraordinario, estos dos métodos adecuados para defender y llevar a la práctica la omnipotencia de la riqueza en las repúblicas democráticas, sean cuales fueren. Si, por ejemplo, en los primeros meses de la república democrática rusa, en los meses que podemos llamar de la luna de miel de los ‘socialistas’, socialrevolucionarios y mencheviques con la burguesía” (Lenin, El Estado y la revolución).

Para concluir la cuestión, en el último capítulo del mismo libro se ocupa del mismo período, oponiendo el sóviet como un órgano parlamentario, Lenin continúa:

“No una corporación parlamentaria, sino una corporación de trabajo’. ¡Este tiro va derecho al corazón de los parlamentarios modernos y de los ‘perrillos falderos’ parlamentarios de la socialdemocracia! Fijaos en cualquier país parlamentario, de Norteamérica a Suiza, de Francia a Inglaterra, Noruega, etc., la verdadera tarea del ‘Estado’ se hace entre bastidores y la ejecutan los ministerios, las oficinas, los Estados Mayores. En los parlamentos no se hace más que charlar, con la finalidad especial de embaucar al ‘vulgo’. Y tan cierto es esto que hasta en la república rusa, república democrático-burguesa, antes de haber conseguido crear un verdadero parlamento se han puesto de manifiesto en seguida todos estos pecados del parlamentarismo” (Ibíd., el subrayado es nuestro).

Si utilizáramos el método de Pierre Frank sólo conseguiríamos reducir a Lenin a un cúmulo de contradicciones estúpidas. Para él no existe una contradicción real porque para él no existe ninguna contradicción entre democracia burguesa y bonapartismo. Si pensara eso tendría que argumentar que en Francia teníamos tanto una democracia burguesa como bonapartismo y su objeción al término “régimen democrático burgués” se convierte en algo completamente incomprensible.

Frank señala el hecho de que los compañeros británicos hagamos referencia al gobierno laborista de Gran Bretaña como un régimen tipo Kerensky y después dice que es incorrecto porque no tenemos en este país un régimen bonapartista: “Ya que aquí hablamos de la resolución de nuestros compañeros ingleses debemos observar que definen al nuevo gobierno laborista como ‘kerenskismo’. El bonapartismo, que ellos han ignorado, ha encontrado la forma de insinuarse en su documento con un nombre especial. Pero no creemos que el actual gobierno Attlee sea bonapartista a lo Kerensky”.

Esto simplemente sirve para demostrar que Frank no ha comprendido el significado del gobierno Kerensky o del bonapartismo. El gobierno Kerensky es el último o “penúltimo” gobierno de izquierdas antes de la revolución proletaria o, deberíamos añadir, es la contrarrevolución burguesa. En condiciones determinadas, las tensiones sociales y los conflictos profundos entre las clases en ese período tienden a provocar conspiraciones y complots bonapartistas. Eso es precisamente lo que ocurrió en la Revolución Rusa y a lo que Trotsky y Lenin hacía referencia cuando hablaban de tendencias bonapartistas dentro del régimen de Kerensky. Sin embargo, en beneficio del compañero Frank, esto no convierte al régimen de Kerensky en un régimen bonapartista. Aquí quizá tuvimos que darnos prisa en añadir, en referencia al gobierno laborista como un gobierno Kerensky, que en absoluto es una valoración acabada, sino una analogía que utilizamos con las salvaguardas adecuadas y necesarias. Para dejar la cuestión fuera de toda duda citaremos nuestra resolución:

“En la etapa final, el sector más decidido de la burguesía comenzará a buscar una solución en una dictadura militar o monárquica en la línea de Primo de Rivera en España, o alguna solución similar. Las bandas fascistas o monárquicas bajo el disfraz de asociaciones ‘patrióticas’ o de ex militares comenzarán a extenderse.

“Los acontecimientos pueden acelerar o retrasar los procesos pero lo que es cierto son las enormes tensiones sociales y los odios de clase. El período de reacción triunfante ha tocado a su fin, en Gran Bretaña se abre una nueva época revolucionaria. Con muchas alzas y bajas, con mayor o menor velocidad, la revolución ha comenzado. El gobierno laborista es un gobierno Kerensky. Eso no significa que el tempo de los acontecimientos sea el mismo que el de los acontecimientos de Rusia después de marzo de 1917, todo lo contrario, la revolución probablemente asuma un carácter de largo plazo pero proporcionará las bases para construir un partido revolucionario de masas”.

Afortunadamente, para situar la cuestión en una perspectiva adecuada, Trotsky dio una definición del kerenskismo (¡no lo llamó bonapartismo!) cuando trató las posiciones equivocadas de la Komintern con relación a la revolución española de 1931:

“Este ejemplo muestra que el fascismo [podríamos añadir bonapartismo, TG] no es en absoluto el único medio de que dispone la burguesía para luchar contra las masas revolucionarias. El régimen que existe hoy en España [un gobierno de coalición de los republicanos burgueses y el Partido Socialista similar al de Italia y Francia hoy, TG] corresponde esencialmente al concepto de kerenskismo, es decir, el último (o ‘penúltimo’) gobierno de ‘izquierda’ que la burguesía puede sacar a escena en su lucha contra la revolución. Un gobierno de este tipo no significa necesariamente debilidad y postración. En ausencia de un potente partido revolucionario del proletariado, la combinación de pseudoreformas, frases de izquierda, gestos todavía más de izquierdas y medidas de represión puede rendir a la burguesía más servicios reales que el fascismo” (León Trotsky, Alemania, la clave de la situación internacional, noviembre de 1931).

Las nociones vagas de democracia y bonapartismo de Frank se pueden ver en algunas referencias dispersas a lo largo de su artículo. Tomemos algunos ejemplos: “El uso de consignas democráticas combinadas con consignas transiciona les, está justificado precisamente porque no existen las posibilidades de un régimen democrático...

“Precisamente porque no tenemos generalmente en Europa, en el momento actual, regímenes democráticos, porque literalmente no hay margen para ellos...

“No se debe confundir el bonapartismo ‘de la derecha’ con el fascismo como tampoco con el bonapartismo ‘de la izquierda’ con la democracia. Hemos visto que el bonapartismo adopta formas muy diferentes según las condiciones en las que se encuentren los dos campos mortalmente enfrentados; mantenemos también que la existencia de libertades democráticas, incluso de grandes libertades democráticas, no es suficiente para hacer un régimen democrático. Los bonapartistas a lo Kerensky, Frente Popular... son incluso famosos por su torrente de libertad democrática hasta el punto en que la sociedad capitalista corre riesgos de desequilibrio y está en peligro de zozobrar. Las libertades democráticas no proceden, cuando en un régimen que se puede definir correctamente como democrático, de la existencia de un margen para la reforma dentro del capitalismo, sino todo lo contrario, de una situación de crisis aguda, el resultado de la ausencia de todo margen o reformas.

“... El régimen del Frente Popular no era un régimen democrático, contenía dentro de sí mismo numerosos elementos de bonapartismo como veremos más adelante”.

La concepción de democracia que plantea el compañero Frank nunca existió ni en el cielo ni en la tierra. Existe sólo en las formas idealistas del liberalismo. Siempre, la democracia, es decir, la democracia burguesa, se ha de construir en el marco de la represión. Toda constitución o régimen burgués contiene su artículo 48 como en la Constitución de Weimar. La propia existencia de la sociedad de clases presupone un régimen de opresión. Pero sólo uno que ha abandonado la disciplina de pensamiento marxista y funciona sobre la base de categorías metafísicas, puede igualar la democracia con el bonapartismo, o con el fascismo. Aunque hay muchos puntos de similitud entre estos regímenes y elementos de dominio militar desnudo en todos los regímenes en uno u otro grado. Pero la cantidad se convierte en calidad. Lo que dicta la naturaleza del régimen no es este o ese elemento, sino sus características básicas. La democracia hoy se puede convertir mañana en bonapartismo y convertirse en fascismo al día siguiente. El fascismo, como hemos visto, se puede transformar en democracia y repetir el proceso.

El método marxista no anuda indiscriminadamente a todos los regímenes. Esa es la forma fácil, pero sólo lleva a confusión y desatinos. El método marxista consiste en examinar las cosas en su proceso de cambio y evolución. Examinar cada gobierno a su vez, para establecer sus características y tendencias específicas. Prepararse para cambios abruptos y transiciones, que es la característica básica de nuestra época, y de este modo rectificar y delimitar, si es necesario, nuestras caracterizaciones en cada etapa sucesiva. Las penosas limitaciones del método de Pierre Frank (que él etiqueta de marxismo pero que en realidad es impresionismo) se resumen en sus propias palabras:

“El término ‘bonapartismo’ no agota completamente la caracterización del régimen, pero es indispensable emplearlo en la situación actual de Europa, si se desea ir más allá con la menos posibilidad de error. Debemos añadir finalmente que el marxismo no significa sólo tener ideas generales importantes: todas las ciencias hacen lo mismo. Los químicos denominan carburos a sustancias que difieren ampliamente entre sí, de la misma forma que lo hacen el bonapartismo de Schliecher y el de Kerensky. Y la química no podría funcionar tan malamente bajo ningún concepto. Lo contrario es cierto”.

Los estalinistas utilizaron el mismo método durante el Tercer Período con resultados lamentables en Alemania. Partiendo de una generalización correcta de que todos los partidos desde la socialdemocracia al fascismo eran agentes de la clase capitalista, terminaron diciendo que, por lo tanto... no había diferencia entre ellos, todos eran fascistas con variedades diferentes. Tanto para el químico como para el marxista el problema comienza donde termina para Frank. Un químico puede clasificar ciertos cuerpos bajo el título general de carburos. Pero un químico que se limita sólo a esta definición no lo estaría haciendo demasiado bien. Si por ejemplo, sobre la base de lo que un químico ha definido como carburo silicio y carburo calcio, todos entran dentro de la misma categoría de “carburos”, uno que intente hacer con el primer tipo de carburo una lámpara de acetileno para una bicicleta tendrá resultados muy malos. No sería posible iluminar el camino. De la misma forma que el método de Frank no puede arrojar luz sobre la naturaleza de los regímenes de Europa.

Agosto 1946


Nota:

[1] Los líderes gubernamentales en Alemania, EEUU, Gran Bretaña, Italia, España, Francia, Argentina, Portugal, Irlanda y China en el período de 1943-1946, que presidieron distintos tipos de regímenes calificados desde fascistas a socialdemócratas, pero todos basados en el capitalismo.

[2] Napoleón Bonaparte (Napoleón I) llegó al poder con un golpe el 18 Brumario (9-10 de noviembre de 1799) y en 1804 se autoproclamó emperador. Luis Bonaparte (Napoleón III) ganó las elecciones presidenciales de 1848. En un golpe en 1851 disolvió la asamblea legislativa y en 1852 se autoproclamó emperador.

[3] Weimar es la ciudad alemana donde se formuló la nueva constitución de 1919. El Reichswehr era el ejército regular de la Alemania de Weimar. Para explicar la revolución de 1918 y la de enero de 1919, el “Ascenso Espartaquista”, ver Alemania: de la revolución a la contrarrevolución de Rob Sewell.

[4] Cuando los Aliados liberaron Roma en mayo de 1944, bloquearon cualquier intento, contrariamente a los acuerdos previos que habían contraído, con el exiliado rey Víctor Manuel, para regresar al trono por temor a provocar una nueva insurrección de los trabajadores.

[5] Heinrich Brüning era canciller alemán en 1930-32. A finales de 1931 anuló prácticamente todos los contratos y restringió la prensa. Kurt von Schleicher, general del Reichswehr, sucedió a von Papen como canciller en diciembre de 1932. Fue sustituido por Hitler a los dos meses.

[6] Josep Pilsudsky encabezó un golpe de Estado en Polonia en 1926, se convirtió en dictador hasta su muerte en 1935.

[7] Gaston Doumergue, antiguo presidente de Francia, se convirtió en primer ministro después del intento de golpe de Estado del 6 de febrero de 1934, prometiendo un gobierno “fuerte”. Pierre Laval, primer ministro francés en 1935-6 y primer ministro del régimen colaboracionista de Vichy en 1942. Pierre Viandin sucedió a Doumergue como primer ministro en 1934-35.

[8] El Partido Católico de Centro era un partido demócrata-cristiano alemán.

[9] Para leer mas sobre el Kapp Putsch ver Alemania: de la revolución a la contrarrevolución.