Este artículo corresponde a la serie de documentos del camarada Ted Grant que estaremos publicando. A pesar de que estos fueron publicados originalmente durante todo el siglo pasado, sirven como material de formación, por su valor histórico y por las lecciones que en ellos se encuentran para las luchas en el presente. Ted Grant, nacido en Sudáfrica bajo el nombre de Isaack Blank, fue el fundador de la Corriente Marxista Internacional, con la intención de defender las ideas del marxismo en las organizaciones de la clase obrera. Fimer defensor del Marxismo, se definía a sí mismo como marxista, leninista y trotskista. Sus ideas hacen hincapié en que los revolucionarios deben trabajar dentro, fuera y alrededor de las organizaciones de masas porque los trabajadores comienzan a movilizarse a través de las organizaciones tradicionales y porque fuera del movimiento obrero no hay nada.

El ascenso de De Gaulle y la lucha de clases

La “liberación” de Francia levanta la tapadera de la lucha de clases. Esto se consiguió en parte por la insurrección de las masas parisinas (agosto de 1944). La realidad es que las fuerzas del general De Gaulle, entraron frenéticamente en París para impedir la posibilidad de una nueva Comuna de París. En las primeras elecciones generales de 1945, se reflejó este giro en las relaciones de clase y el cambio en la psicología de las masas. El fascismo y el capitalismo estaban totalmente desacreditados, todos los partidos de derechas sufrieron una derrota contundente. Por primera vez en la historia, el Partido Comunista emergió como el partido más fuerte, los socialistas y los comunistas juntos consiguieron la mayoría (51%) de los votos, una proporción más elevada que la conseguida por el Partido Laborista en Gran Bretaña aproximadamente en la misma época (48%).

La derecha, encabezada por la reacción clerical tuvo que, después de la derrota de sus fuerzas abiertas, arremolinarse alrededor del MRP (Mouvement Republicain Populaire), en unas circunstancias similares a las de sus homólogos rusos cuando se agruparon en torno a los Demócratas Constitucionales (Cadetes) después de febrero de 1917. Para mantener el apoyo de los pequeños campesinos y los trabajadores católicos atrasados, la derecha tuvo que adoptar un tinte de “izquierdas” y “socialista”. El exponente de la crisis revolucionaria fue que el PC consiguió el apoyo de la aplastante mayoría de los trabajadores, consiguiendo cinco millones de votos. Además sectores importantes de la clase media giraron hacia el Partido Socialista (PS).

El significado sintomático de esto se demostró en el dato de que incluso en la crisis revolucionaria de 1936 los partidos obreros estaban en minoría. Una prueba irrefutable más de que Francia en 1944-45 estaba madura para la revolución, reside en el hecho de que por primera vez la mayoría de los trabajadores estaban organizados en sindicatos. Esto es algo que no se consiguió bajo un régimen capitalista en ningún otro país en el aquel momento: el propio Lenin llegó a decir que esa situación era casi imposible bajo el capitalismo. En realidad, era tal el ambiente de los trabajadores que el PC tomó la dirección de la CGT (la confederación sindical francesa) y de esta manera dirigía tanto el movimiento oficial como el “no oficial” (comités de fábrica, etc.,) de la clase obrera francesa. Frente a la oleada revolucionaria la reacción capitalista estaba indefensa. Una política revolucionaria por parte de los partidos obreros habría culminado con una victoria de clase que, a su vez, habría iniciado una conflagración que habría recorrido toda Europa, incluida Gran Bretaña. Francia, una vez más, estaría a la cabeza de las fuerzas revolucionarias en todo el mundo. Gran Bretaña y EEUU no habrían podido intervenir.

Las tropas norteamericanas y británicas, cansadas de la guerra, lejos de casa y de sus familias, querían ‘irse’, pero no sólo eso, también ellas estaban contagiadas, como lo habían estado los soldados alemanes antes que ellas, de la propaganda de la revolución (ya lo vimos en Rusia en 1917). Este punto es subrayado por el hecho de que EEUU fue incapaz ni siquiera de intervenir directamente contra la revolución china en su etapa más incipiente. ¿Y si no pudo en China menos aún en Francia? La clase dominante necesitaba ganar tiempo. Estaba en una situación similar a la de 1936, excepto que al menos temporalmente, eran mucho más débiles. En aquellos momentos, como a menudo señalaba Lenin, los capitalistas buscaron el consuelo en una coalición con los dirigentes obreros y sindicales. Pero en esta ocasión el papel más pernicioso estaba reservado para los dirigentes del Partido “Comunista”.

En esa etapa De Gaulle no podía conseguir ni siquiera la mayoría en el MRP para un programa de dictadura bonapartista. Como consecuencia, dimitió y esperó a los acontecimientos. El PC participó en un “gobierno de unidad nacional” en el que, por cierto, había 11 ministros capitalistas frente a diez de los partidos obreros. Las masas todavía tenían una tremenda fe en el Partido Comunista y aún en 1947 cientos de miles de parisinos se manifestaron a favor del partido. En nombre de la “unidad nacional”, este PC participó en el gobierno que llevó a cabo una guerra contra Indochina (Vietnam), fue responsable de la matanza del pueblo argelino, de la masacre de Madagascar y de todas las demás atrocidades coloniales del imperialismo francés.

Actuaron como el peor de los rompehuelgas, frenando el movimiento en las fábricas. Más tarde, comenzaron a mostrar una oposición verbal por temor a ser “superados por la izquierda”. Entonces, después de haber cumplido su papel de esquiroles, los ministros del PC fueron echados ignominiosamente del gobierno en 1947. Pero durante el resto de ese año funcionaron como “oposición leal”, hasta el nuevo giro en la línea del Kremlin que siguió a la formación de la Kominform[1].

El primer intento por conseguir el poder de De Gaulle

Mientras tanto, De Gaulle intentó organizar su propia “Sociedad del 10 de Diciembre”[2] con el nombre de Unión del Pueblo Francés (UPF). Esta formación consiguió el 40% de los votos en las elecciones municipales de 1947 y un porcentaje bastante grande en las elecciones parlamentarias de 1951. Pero la fuerza de la clase obrera en aquel momento era demasiado grande. El cuadro de clase media de la UPF no estaba preparado para luchar en las calles en apoyo de su ídolo. El sector decisivo de la clase dominante quería la paz y así disfrutar de sus beneficios conseguidos con el boom, no estaba dispuesta a apoyar a un aventurero político, ni financiera ni de ninguna otra manera, temían una guerra civil donde no estaba en absoluto garantizada su victoria.

En este punto las leyes de la revolución y la contrarrevolución son las mismas. Pueden ser necesarios veinte años de lucha contra el capitalismo para que se acumule la exasperación y determinación de los trabajadores para destruir el sistema. Pero por su propia naturaleza una situación revolucionaria no puede durar eternamente. Si la dirección de la clase obrera no aprovecha la oportunidad de tomar el poder —oportunidad que puede durar sólo unos días— se puede perder y pasar muchos años antes de que se presente una nueva ocasión. La clase obrera se desmoraliza y, sin comprender las razones de la derrota, tiende a culpar a la masa de la catástrofe y a inclinarse de nuevo ante el yugo del capitalismo. El desarrollo de la contrarrevolución sigue un camino similar. Si no consigue aprovechar la agitación de las masas de la clase media, desilusionadas con la izquierda e inclinándose ante el “gran hombre” como un salvador, para la contrarrevolución podría significar perder la oportunidad de tomar el poder. El fracaso de De Gaulle al no conseguir el control en 1951, significó el derrumbe de sus esperanzas durante todo un período de tiempo, pero no gracias a los compromisarios de las direcciones socialista y comunista.

La inestabilidad de la Cuarta República ha continuado. A pesar del boom, la decadencia del capitalismo francés continúa su ritmo. El intento de “modernizar” Francia en gran parte ha sido a costa de la clase media y las masas campesinas. Un síntoma de esta crisis ha sido la búsqueda prolongada de su Mesías por parte de esta clase, primero fue De Gaulle y después (en parte) Poujade[3].

Durante una considerable parte de este período (1948-1952), el PC provocó todo tipo de huelgas aventureras y manifestaciones con una base antiestadounidense dirigiendo a sus hombres, como el “gran viejo Duque de York”, arriba y abajo de la colina, sin ni siquiera plantear una perspectiva que pudiera justificar los sacrificios que constantemente exigían a los seguidores del partido, es decir, la conquista del poder. Como resultado el movimiento de los trabajadores decaía y menguaba. Desde una posición en la que podían movilizar en las calles a millones de trabajadores se llegó a una situación en la que el partido, con suerte, sólo podía movilizar a 10.000.

El imperialismo francés salió de la guerra debilitado. Durante veinte años los ejércitos de Francia no habían sufrido otra cosa que no fuera derrota. Como consecuencia de la insurrección antiimperialista que siguió a la Segunda Guerra Mundial, Francia ha perdido Siria, Líbano, Indochina y el control directo de Marruecos y Túnez. En cada uno de los casos, la clase dominante avarienta y miope tuvo que huir después de tremendas luchas por parte de los pueblos coloniales. Sólo en Indochina el coste de la guerra para Francia fue más que lo que recibió en ayuda económica de EEUU. Toda esta sangre y dinero fue derrochado en vano, el imperialismo francés tuvo que retirarse.

La aventura de Suez[4] se convirtió en otro fiasco infame. Pero todas estas pérdidas palidecen en cuanto a significado al lado de las pérdidas potenciales de Argelia. El imperialismo francés, después de su experiencia en Vietnam, Túnez y Marruecos, quizá hubiera preferido llegar a algún tipo de acuerdo con los nacionalistas argelinos. Irónicamente, Argelia era el único lugar donde este acuerdo al menos era posible dentro del marco capitalista. Los intereses de los grandes terratenientes y capitalistas en Argelia entraron en un conflicto irreconciliable con la naciente oleada del movimiento argelino por la independencia.

Bajo la presión de los colonos, el modelo clásico de guerra colonial lanzado contra el pueblo argelino superó en violencia, tortura, asesinato y violación a todas las atrocidades pasadas del imperialismo, una guerra que extendió su sombra durante al menos tres años, una guerra que está desangrando a Francia a un nivel de 600 millones o más cada año. Un elemento no menos trágico en esta situación, ha sido el hecho de que la guerra argelina podría haber puesto las bases para una lucha renovada contra el régimen en Francia, mediante la confraternización con el pueblo argelino.

Si se hubiera llevado a cabo esa lucha, podría haber dividido a los colonos en Argelia, ganando a la clase media inferior y a los pequeños terratenientes para la consigna de una Argelia socialista, unida, fraternal y con plenos derechos (incluido el de secesión) con una Francia socialista. Pero la pasividad del Partido Comunista y la traición socialista, Mollet y sus amigos apoyaron la guerra e incluso la intensificaron después de llegar al poder con un programa de paz para Argelia, significa que la guerra se había convertido en un conflicto horrible de exterminio para ambas partes. Los colonos estaban unidos en una masa reaccionaria, los luchadores por la libertad argelinos defendían un programa puramente nacionalista. La primera reacción de los reservistas al volver y de los conscriptos al ser llamados a servir en Argelia, era de oposición activa: manifestaciones, detenciones de trenes, huelgas y agitación contra la guerra. Pero no hubo una campaña de masas contra la guerra como la de 1925 contra la guerra de Marruecos y en esta ocasión el PC era cien veces más fuerte.

Todo lo que hizo el PC fue ofrecer una oposición verbal, no unida con el trabajo cotidiano del partido, sólo por “decir algo”. No sólo esto, sino que la traición vergonzosa de Thorez[5] y Duclos se reflejó también cuando votaron a favor de los créditos de guerra del gobierno Mollet. Con este voto —y no con su fraseología ‘anticolonialista’— los dirigentes se alejaron de las actividades de su partido.

Conspiración en Argel

El pago por estos crímenes son los recientes acontecimientos en Francia. En Argelia todas las organizaciones obreras llevan mucho tiempo ilegalizadas. Para continuar con la guerra el ejército francés y sobre todo los paracaidistas han realizado una guerra de terror en las zonas que dominan. Los paracaidistas se han revelado como una guardia pretoriana similar a la mejor SA de Hitler[6], con Massu como su Roehm. Se han convertido en una fuerza empedernida de torturadores, violadores, dispuestos a todo.

Mientras tanto, con los partidos obreros sin conseguir dar una solución a los problemas de la sociedad francesa, los cuerpos de oficiales han comenzado a expresar cada vez más su descontento con las semimedidas de las sucesivas administraciones francesas. El general Massu ingenuamente reveló el pensamiento de sus cuerpos en una entrevista en el Evening Standard. “El ejército ha sufrido una derrota tras otra durante los últimos veinte años. Todo es culpa de los políticos que no han dado a los generales mano libre”.

Estas personas arden en deseos de destruir las organizaciones obreras y sus derechos, que les frustran a cada paso. Estas organizaciones, creen Massu y compañía, están en el camino de la “gran Francia”. En esta atmósfera fue en la se pusieron las bases para el golpe. Jugando con los temores de los colonos a un acuerdo entre la clase dominante en Francia y el movimiento nacionalista argelino, los conspiradores prepararon sus planes. En Francia el régimen ha estado atormentado por continuas crisis, un primer ministro ha seguido a otro sin resolver ninguno de los problemas.

El parlamento ha estado en punto muerto entre los representantes abiertos del capitalismo y aquellos diputados que, de una forma enormemente distorsionada, reflejan los intereses de las masas. En la última crisis, los colonos argelinos hicieron los preparativos para el golpe de Estado, que implicaban directamente al archiconspirador De Gaulle. Utilizando como excusa la ejecución de tres soldados franceses por parte del FLN[7] —en respuesta a las incontables ejecuciones y torturas cometidas por los franceses— los colonos organizaron manifestaciones en Argel.

Sin una oposición real de la policía, se dirigieron a la casa del gobernador. Después, los paracaidistas en Argel supuestamente para mantener el orden, se unieron para ayudar en la limpieza del edificio. Instantáneamente, apareció el general Massu en el balcón del edifico gubernamental y anunció la formación de un “Comité de Seguridad Pública”. Después se unió Raoul Salan, comandante de las fuerzas francesas en Argelia.

Aprovechando el hecho de que en Francia no había un gobierno, exigieron que Pflimlin (uno de los dirigentes del MRP) no fuera investido primer ministro y que el presidente Coty pusiera a De Gaulle en el poder, al frente de un “gobierno de seguridad pública”. Pretendía que este movimiento tuviera lugar simultáneamente en París y Argel.

La chusma derechista se manifestó en los Campos Elíseos a favor de un gobierno encabezado por De Gaulle. Igual que en 1934, pretendían intimidar a los diputados con el cambio de gobierno. Pero eran incluso más débiles que las bandas fascistas de 1934. En esta etapa no había bases para un movimiento fascista de masas en Francia: todo lo que pudieron movilizar en París fue a 6.000 personas que huyeron cobardemente de los golpes de la policía.

El movimiento en Argel parecía estar a punto de quedarse aislado. El golpe había fracasado. Los ‘valientes’ Massu y el general Salan explicaron que habían tenido que adoptar esta posición y que sólo habían aceptado “un llamamiento” a preservar el orden. El almirante Auboyneau, que ya se había cambiado de chaqueta en una ocasión, se volvió a cambiar y renovó su lealtad a París. Dos miembros del Estado Mayor fueron arrestados y el jefe del Estado Mayor dimitió. Fue en este momento cuando el general De Gaulle intervino diciendo que tomaría el poder ‘si le llamaban’.

Esta declaración reunió a los insurrectos en Argel, en realidad, ese era su propósito. Poner un corazón nuevo a los elementos más reaccionarios de Francia. Las tres confederaciones sindicales, como respuesta ante la alarma de los trabajadores, hicieron un llamamiento a la huelga general si se producía alguna amenaza contra el gobierno constitucional. Mientras tanto, Pflimlin fue rápidamente investido primer ministro. Una cosa estaba clara: había una crisis y el destino del régimen estaba en juego. En esta situación no sólo los socialistas se comportaron siguiendo el patrón clásico socialdemócrata, sino que los supuestos “leninistas” del PC sucumbieron a todas las ilusiones parlamentarias contra las que Lenin tan severamente había advertido. Diciendo que estaban actuando para ‘obstaculizar el camino a De Gaulle’, votaron a favor del gobierno Pflimlin y de la proclamación del estado de emergencia que prohibía las reuniones y las manifestaciones. Los dirigentes del PC francés (correctamente) habían estado entre los críticos más ruidosos contra la socialdemocracia alemana cuando ésta votó a favor de Hindenburg[8] para “detener a Hitler” y apoyó las leyes de Bruening, líder del Partido de Centro Católico (el equivalente alemán al MRP), como el ‘mal menor’ frente al nazismo.

La única manera de detener a De Gaulle es la movilización extraparlamentaria de la clase obrera, arrastrando tras de sí a las masas plebeyas. Verdaderamente, el pequeño ciruelo ha demostrado ser ‘digno’ del apoyo dado por los partidos socialista y comunista. Al calor de la situación, Pflimlin había denunciado el levantamiento de los generales. Pero los intereses de clase básicos del capitalismo francés dictaban un rumbo diferente. Se aceptó sumisamente la traición más descarada y Pflimlin intentó aplacar a la multitud amotinada adoptando su programa: guerra a muerte a Argelia, movimientos hacia la dictadura con el “fortalecimiento” del ejecutivo, mutilación del parlamento y otras medidas similares.

Después, en las tradiciones de alcoba de la farsa francesa tuvimos el espectáculo de los dirigentes del PC apelando a Pflimlin, éste apelando a Salan, que a su vez apelaba a De Gaulle y éste último apelando al poder.

Si el gobierno Pflimlin hubiera sido digno de la más mínima confianza, incluso desde un punto de vista “democrático”, inmediatamente habría cortado todos los suministros a Argelia, proscrito a los generales y apelado a los 350.000 reclutas en Argelia para que les arrestaran y entregaran a las autoridades.

Gaullismo sin De Gaulle

En su lugar, el gobierno planteó un programa de “gaullismo sin De Gaulle’. En palabras del periodista del Evening Standard Randolph Churchill, quien no puede se acusado de estar influido por la clase obrera ni de ser un ultrademocrático, “es algo que ha ocurrido en la historia y que no tiene precedentes”. Los generales rebeldes, en lugar de ser denunciados por sus crímenes, en realidad han salido reforzados. Y estas tropas desconcertadas se han encontrado con el desembarco de los representantes del Comité de Seguridad Pública que les ha sometido a un aluvión de propaganda por los altavoces.

Cuando el general Franco organizó su insurrección en Marruecos contra el gobierno español, Azaña, el homólogo de Pflimlin tuvo que negociar en secreto con los insurgentes por temor a la reacción de las masas. Y estaba justificado, desde el punto de vista de la burguesía española, como se demostró con la erupción en masa de los trabajadores españolas cuando llegaron las noticias de la insurrección de los generales. ¡Qué inútiles fueron los dirigentes de los partidos socialista y comunista francés cuando Pflimlin se pudo permitir el lujo de realizar unas negociaciones similares abiertamente!

Metafóricamente, arrojando la ametralladora sobre la mesa, Massu ha planteado directamente la cuestión: “Pflimlin cuenta con el apoyo nuestro o el de los comunistas y prefiere el nuestro”. Este es el registro de la dirección “comunista” francesa.

Los periódicos del PC británico, Daily Worker y World News, han tenido una dificultad obvia a la hora de presentar la traición ante todos sus militantes. Se han contentado con intentar echar toda la culpa de las traiciones sobre el Partido Socialista:

“Es el resultado de intento de sofocar el movimiento de liberación nacional en Argelia puesto en práctica por los sucesivos gobiernos franceses con el pleno apoyo de los dirigentes del Partido Socialista Francés... Como en tantas otras ocasiones anteriormente, los dirigentes del Partido Socialista están en realidad acomodándose a la derecha y esto significa preparar el camino para los fascistas”. (World News. 24/5/1958).

Podríamos preguntar a estos caballeros ¿qué hace el Partido Comunista votando a Pflimlin y compañía? La perfidia de los dirigentes estalinistas se revelaba en un nuevo pasaje. Correctamente World News señala:

“Los acontecimientos franceses una vez más subrayan la naturaleza del Estado, en esencia, como unas fuerzas armadas vinculadas con los verdaderos gobernantes de Francia, los intereses de las grandes empresas, cuya única preocupación es mantener su riqueza y privilegios. La defección inmediata de los generales franceses ha surgido por Argelia, pero no debemos olvidar que De Gaulle estaba buscando una solución fascista para las grandes empresas francesas antes de que Argelia se convirtiera en una cuestión grave”.

Esta caracterización del Estado es correcta. Marx y Lenin han insistido en que el Estado puede, en última instancia, reducirse a cuerpos de hombres armados. La casta de oficiales es, por tanto, el pilar del Estado capitalista. Proceder contra ellos sería para el capitalismo como destruir el instrumento de su propio dominio. Eso abriría el camino hacia la toma del poder por parte de los trabajadores. Pero en el siguiente párrafo de World News se hace exactamente la afirmación contraria.

“Ahora el gobierno Pflimlin está llamando a los generales para que le sirvan lealmente y ha quitado de sus cargos a algunos altos oficiales, pero los líderes militares ya parece que se han comprometido con apoyar a De Gaulle. La policía hasta el momento cumple las órdenes del gobierno pero es bien conocido que los jefes de la policía son fascistas”.

¡Cómo si los generales no estuvieran en connivencia con De Gaulle y como si Pflimlin se comportara de otra manera diferente! Tan duro ha sido el gobierno Pflimlin con la traición, que los dos generales destituidos, en lugar de ser puestos bajo arresto y sometidos a la justicia militar para que fueran juzgados por alta traición por el motín Poilus[9] en 1917, han sido enviados a diferentes partes de Francia para que vivan con amigos —otros altos oficiales— donde puedan continuar conspirando.

Tan leal ha sido la policía que Soustelle[10], el gaullista escapado de su ‘protección’, se ha situado como jefe político de los colonos rebeldes.

Este gobierno de Pflimlin, que se supone iba a bloquear el camino a De Gaulle, le ha enviado emisarios y a los generales amotinados, como si ellos fueran el gobierno y este último fuera una orden de frailes mendicantes suplicando favores.

En lugar de arrestar a De Gaulle como el principal amotinado y archiconspirador, le suplican para que medie entre los amotinados y ellos mismos. Naturalmente, De Gaulle y los amotinados están lo suficiente envalentonados como para presionar y conseguir los mejores ‘acuerdos’ a su favor. ¿Cómo podría ser de otra manera? Por eso sigue como la ley de la sociedad de clases y... de la política criminal de las direcciones socialista y comunista.

La clase dominante, por supuesto, prefiere si tiene que haber un golpe, que éste se produzca de una manera “fría”, que no amenace con destruir la propiedad ni se corra el riesgo de perder el poder. Pero la política de apoyar de manera cobarde a Pflimlin, este alsaciano que se agacha como un perro azotado ante su amo el general, puede crear la idea en los círculos dominantes de que se puede dar una transición hacia un régimen bonapartista de una forma ‘fría’ sin que ocurra nada desagradable en las calles.

Una vez más tenemos el Dieciocho Brumario, con los socialistas y los estalinistas en los papeles de los bufones democráticos de 1848. Algunos socialistas, Mollet y Lacoste, este último un cómplice directo de los crímenes de la camarilla argelina, esperan convertirse en el ala de izquierdas de tal bonapartismo. Otros, más receptivos a la presión de su base, están preparados para “luchar” e impedir que los generales lleguen al poder. Y la política de la dirección comunista, en parte debido a su dependencia del Kremlin, en parte por su total ineptitud, en parte por su larga historia de traiciones durante más de treinta años y, en parte, por todas estas razones, no se ha dado ni podía darse un cuadro capaz de luchar, esto precisamente favorece al ala bonapartista de los socialistas.

Estos traidores incluso se rebajan en la asamblea y en el senado hasta el punto de votar con los fascistas dar la bienvenida al ejército y sus oficiales en su misión civilizadora del norte de África. Esto difícilmente explica la naturaleza de clase de este ejército ante los trabajadores o les prepara para una posible lucha a muerte con su casta de oficiales, los agentes de la clase dominante. Es, todo lo contrario, la forma de desmoralizar y desorientar a los trabajadores, de pavimentar el camino para la derrota. Y aparte de la dirección lo que está en juego es la vida misma de los militantes del PC.

Los dirigentes siempre pueden huir a Moscú ¡ya ha ocurrido antes! Pero las bases, e incluso las capas medias e inferiores de funcionarios del partido, deben quedarse y sufrir bajo la bota del dictador bonapartista. No pueden tener ilusiones en lo que les depara el destino. Si los dirigentes del PC fueran un 10% leninistas, si por lo menos se basaran en la historia de Francia, su política sería exactamente lo contrario a lo que están defendiendo.

La rebelión de los generales no es un accidente desgraciado precipitado sólo por los problemas de Argelia, sino que está enraizado en toda la estructura de clase y la posición actual del capitalismo francés. Si Argelia no tuviera ‘la suerte’ de estar a mano para ser la excusa, los generales encontrarían otro pretexto para moverse contra el régimen y destruir lo que para ellos es una amenaza real: las organizaciones obreras.

El estado al descubierto

Lenin explicó cómo toda la estructura de clase de la sociedad capitalista podía quedarse al descubierto y las masas dispuestas, en el curso de la lucha por la defensa de sus derechos y libertades democráticas, a pasar por encima hacia la revolución socialista.

Sin duda, ahora más que nunca, es necesario en la tradición del marxismo-leninismo, avisar una y otra vez a los trabajadores: debéis basaros en vuestra propia unidad, en vuestras organizaciones y en vuestra fuerza. Nadie puede, y nadie lo hará, ayudaros si no podéis, si no os ayudáis vosotros mismos. ¡Trabajadores!

¡Una vez habéis entrado en acción no existe fuerza sobre el planeta capaz de enfrentarse a vosotros si estáis organizados! Pero ello, los trabajadores deben estar preparados tanto ideológica como materialmente. Lo uno es tan importante como lo otro. Es inútil, peor que inútil, que los trabajadores confíen en payasos parlamentarios, titiriteros que no harán nada sino dar locos saltos mortales ante el general, ¡su maestro de ceremonias!

La lucha contra el bonapartismo es, en lo fundamental, una lucha extraparlamentaria, ¡la fuerza debe encontrarse con la fuerza! Si la dirección del PC fuera comunista, explicaría que los trabajadores y sus aliados entre la clase media y el campesinado, son la única fuerza capaz de defender la democracia hasta el final.

Moch, ministro de Interior, para asustar a algún alto mando de la fuerza aérea que estaba amenazando con una insurrección en la Francia metropolitana, respondió, según el Daily Express, diciendo que él armaría a 40.000 mineros. Si los dirigentes del PC fueran dignos de ese nombre, habrían tomado esto como punto de partida para su agitación. ¡Armas para los trabajadores! Esa es la única garantía segura contra cualquier conspiración por parte del general o de quien sea. ¡Hay que formar guardias de defensa de trabajadores!

La aplastante mayoría de la base, católicos, socialistas y también trabajadores comunistas, no quieren que triunfe el bonapartismo. El problema principal es levantar, organizar y preparar a las masas para la acción directa contra cualquier eventualidad. Si el Partido Comunista hubiera defendido la unidad basada en un verdadero programa de acción en estas líneas, incluso en el último momento se podría haber organizado sobre esta base un frente único. El ala Mollet de los socialistas, si no hubiera respondido a la exigencia de armar a la clase obrera se habría quedado aislada.

Es verdad que la monstruosa intervención soviética de 1956 en Hungría y el brutal aplastamiento de los trabajadores húngaros, ha despertado sospechas entre los trabajadores socialistas y católicos, especialmente cuando los dirigentes franceses, en particular, defendieron hasta el cuello lo asquerosos crímenes del estalinismo en Hungría. Pero la obediencia de los dirigentes del PC a los iconos de la democracia abstracta y la virtud republicana no servirá de nada ante los trabajadores. Hay que explicar a los trabajadores que está implícito en la defensa de los derechos democráticos: libertad de expresión, libertad de organización etc.

Estos derechos en esta etapa sólo se pueden defender con las armas en la mano. Y la única forma de defenderlos es expropiando a los propietarios millonarios de la prensa, la radio, el cine y otros medios que sirven para moldear a la opinión pública, y la transferencia de estos medios a las organizaciones obreras en proporción a su fuerza y apoyo entre la clase obrera.

El único camino, no sólo hacia la paz y la abundancia, sino también hacia la verdadera libertad, reside en la democracia obrera, la expropiación de los medios de producción y su funcionamiento bajo un plan de los trabajadores con la participación en la administración de la clase obrera en cada uno de los niveles y de las masas en la administración del Estado.

Sin embargo, el gobierno Pflimlin, para continuar su guerra en Argelia contra el pueblo argelino a instancias de los generales, ha anunciado un programa de aumento del servicio militar a 27 meses (nueve meses más), endurecimiento de los impuestos y dos días sin carne a la semana. Este programa no puede entusiasmar a los trabajadores, ni a los campesinos ni a la clase media. Ese es el camino para desmoralizar a los trabajadores y preparar la victoria fácil del gaullismo.

Las masas de clase media y campesinas deben ser movilizadas, junto con los trabajadores, contra este programa del gobierno Pflimlin, la guerra en Argelia, los generales y los trust. En su lugar, se debe defender un programa en interés de las masas: cancelación de las deudas, créditos y fertilizantes baratos, tractores estatales, ayudas y préstamos para los pequeños empresarios, añadiendo éstas a las reivindicaciones de los trabajadores ya mencionadas, este es el programa que se debe defender como único camino a la salvación.

Históricamente, ayer el Partido Comunista ridiculizaba a los socialdemócratas en Alemania cuando gritaba: “¡Acción, Estado, acción”, contra Hitler. El Estado actuó: Hindenburg echó a la calle a los ministros socialdemócratas en Prusia. El PC entonces defendía una política ultraizquierdista que estaba equivocada, lo único que era correcto era su crítica a la pasividad de la dirección socialdemócrata, con su dependencia de las autoridades estatales, para cerrar el camino a Hitler. Pero ahora su política es una caricatura de la socialdemócrata y, si depende de ellos, sólo puede tener los mismos resultados.

“Ahora” decía el buró político del PC francés el 25 de mayo, “es el momento de la acción antifascista. Es momento de que el gobierno, que tiene todos los poderes necesarios y que tiene el apoyo de una fuerte mayoría republicana, comience a tomar medidas” (Daily Worker, 26/2/1958). El gobierno Pflimlin también actuó, dimitiendo y preparando así el camino a De Gaulle. El PC y la CGT, junto con el CFTU (sindicatos cristianos), han amenazado con una huelga general si hay un intento de golpe de Estado en Francia. Pero eso, aunque en sí mismo es correcto, no es suficiente.

La huelga general no es una panacea y por sí sola no resuelve nada. Un programa para la conquista del poder, en las líneas esbozadas arriba, es una necesidad vital como un objetivo seguro para las masas. No sólo eso. Frente a los comités contrarrevolucionarios de seguridad pública, e incluso como una palanca de masas en el parlamento que puede capitular ante los generales, se deben crear consejos de acción (que mañana pueden ser órganos de poder), unidos a nivel local y nacional. Estos consejos de acción deben hacer un llamamiento para la formación de consejos de acción similares ente los marineros, soldados y aviadores en Francia para que vigilen a sus oficiales y vigilen que no intenten ningún acto contrarrevolucionario.

El Partido Comunista debería haber realizado agitación entre los estibadores para que se nieguen a cargar armas y suministros para Argelia, hacer un llamamiento a los conscriptos a bordo de los barcos para formar comités de acción junto con los trabajadores en los puertos y negarse ir a Argelia. Sería increíble si no fuera porque se conoce la posición de clase de la dirección del PS y la degeneración burocrática de la dirección del PC, parece que no han aprendido nada de las trágicas páginas del pasado.

La única manera de ganar a las filas vacilantes y apáticas de la clase media y el campesinado sería con una política audaz, asestando un golpe tras otro a la contrarrevolución. Los que rodean a los generales y a Soustelle han comprendido esta ley de la revolución y la contrarrevolución: moverse continuamente de un éxito a otro para conseguir que el movimiento lleve siempre la iniciativa.

La captura de Córcega, en sí misma no tiene una importancia especial, pero tenía este propósito. La ausencia de una base de masas para la contrarrevolución es el aspecto más destacado de toda la situación, además del desamparo que tiene la clase obrera por parte de sus organizaciones oficiales, por ejemplo, no se escuchó ni un murmullo procedente de la fuerte organización que el PC tiene en Córcega (el partido tenía allí un parlamentario antes del cambio de la ley electoral).

Cuando es una cuestión de lucha a muerte contra la reacción bonapartista, todo lo que el PC puede ofrecer frente a los acontecimientos es el orgullo: “¡Hasta que no se cambió la ley electoral, la isla tuvo algunos parlamentarios comunistas en los años de la posguerra... Los 300.000 habitantes de la isla son la principal fuerza republicana y el Partido Comunista no tiene un apoyo considerable allí” (Daily Worker, 26/5/1958).

Con todo este apoyo habría sido posible movilizar a los trabajadores y armarles contra la reacción. En lugar de esto, se celebró una reunión del Consejo Municipal en Bastia, la mayor ciudad de Córcega. La mitad de los concejales no pudieron asistir o prudentemente decidieron no hacerlo. De los 6 presentes nueve eran miembros del Partido Comunista y el Daily Worker proclama orgullosamente: “Esta mañana el Consejo Municipal de Bastia celebró una sesión especial en

el ayuntamiento que el teniente alcalde se había negado a ceder. El Consejo envió una resolución al gobierno de París afirmando su lealtad a la república y su apoyo al primer ministro. En ella se pide a la población que permanezca en calma y que no realice ninguna manifestación (¡!)” (Ibíd.).

Esto fue lo que ocurrió en los primeros días del alzamiento de Franco que preparó el camino para que éste tomara ciudades en la península. En aquellas ciudades donde las masas entraron en acción con su propia iniciativa, Barcelona, Madrid, Valencia, mientras el gobierno del Frente Popular estaba negociando (en secreto) con Franco, las masas vencieron. Incluso, según la prensa capitalista, marcharon frente a los barracones con patas de mesas, cuchillos y escopetas deportivas tomadas de las tiendas.

La mayoría de la tropa, impactada por este movimiento, se unió a ellos; la policía y el ejército se desintegraron. En aquellas ciudades, sin embargo, donde las masas hicieron caso del consejo de sus “dirigentes” socialistas y comunistas: Oviedo, Córdoba, Huesca, Granda, Teruel y otras, después de manifestarse pidiendo armas se dispersaron pacíficamente a sus casas y allí triunfaron los fascistas.

Los dirigentes del PC y el PS aconsejaron a los trabajadores que confiaran en los gobernadores “liberales” y en los alcaldes de provincias y ciudades, esto preparó el camino a los generales. Los oficiales de las guarniciones salieron durante la noche y, armados con listas preparadas por la policía, se dirigieron a los locales de los trabajadores y masacraron a los dirigentes de las organizaciones obreras. Después siguió el reino de terror contra las masas, políticamente descabezadas no tuvieron oportunidad de movilizarse.

Como ayer en España ¡hoy en Córcega y Francia! Como resultado directo de esta política, Bastia y todas las ciudades corsas han caído ante un puñado de tropas de asalto contrarrevolucionarias: ¡60 paracaidistas tomaron una ciudad! Está absolutamente claro que el gobierno Pflimlin ha preparado el camino para De Gaulle, a pesar de su acto altamente “revolucionario” de privar al insurgente Arrighi (nominalmente un radical) de su escaño. Sólo queda el cascarón de la república. A menos que se produzca una intervención siguiendo la tradición inmortal de los trabajadores de Barcelona, nada puede cerrar la puerta del poder a De Gaulle. La responsabilidad de esto descansa de lleno en las “direcciones” de los partidos socialista y comunista.

¿Cuál es el futuro? Lo que ha llevado a esta situación es el callejón sin salida del capitalismo francés. Incluso si De Gaulle toma el poder, su sueño se disipará bruscamente por la realidad de la situación. El gran Asparagus (como le llaman irreverentemente los cadetes de San Cyr) se encontrará rápidamente en las fauces del lobo, el lobo en la puerta del capitalismo francés.

El lobo asume la forma de problemas sin resolver durante dos décadas: el técnico retraso respecto a otras naciones capitalistas occidentales; la llaga sangrante de Argelia; el desarrollo de un movimiento por la independencia en la África francesa, que la bota bonapartista no podrá aplastar permanentemente, en un contexto de aumento de la fuerza de los pueblos afroasiáticos; y sobre todo, el desarrollo de la crisis, que impondrá nuevas cargas a los trabajadores, la ruina para sectores de la clase media, el campesinado y socavará la frágil estructura del capitalismo francés.

¿Fascismo o bonapartismo?

Es vital, en este contexto, comprender la diferencia entre bonapartismo y fascismo. El fascismo es un movimiento de masas de la clase media, el lúmpemproletariado, los campesinos e incluso sectores atrasados de la clase obrera, financiado y organizado por el capitalismo como el último recurso desesperado frente a la creciente crisis y la amenaza de una posible solución socialista.

Los demagogos sin escrúpulos, normalmente de origen plebeyo, utilizan consignas anticapitalistas para movilizar una fuerza de masas y destruir todas las organizaciones de la clase obrera. El fascismo significa la destrucción total de cualquier forma —comunista, socialista, cristiana, liberal— de organización independiente de la clase obrera: ese es su trabajo y es el que le da fuerza en las primeras etapas. Utilizando a la clase media como ariete y con el apoyo de la policía y el ejército, el fascismo elimina cualquier derecho democrático.

Después del delirio inicial, la clase media y las masas plebeyas descubren su traición y se desilusionan (30 de junio de 1934 en Alemania): el fascismo entonces se transforma en una dictadura policiaco-militar corriente, capaz de retener el poder basándose en la apatía e inercia de los trabajadores, que se sienten traicionados por sus propias organizaciones. Antes de que pueda ser derrocado, son necesarios nuevas conmociones, un nuevo golpe de los acontecimientos, para devolver a las masas su perspectiva y las convenza otra vez de la esperanza de la victoria contra la tiranía que las oprime.

El bonapartismo, como lo definió Marx, es el gobierno de la espada. Es desde el principio, una dictadura policiaco-militar, pero al mismo tiempo es una condición, donde el Estado se eleva por encima de toda la sociedad y, mientras permanece como un instrumento de la clase dominante, se atribuye a sí mismo el papel de “árbitro” entre las clases. “Pertenezco a todos y todos me pertenecen”. (Charles De Gaulle, el nuevo candidato para el papel de Bonaparte).

Para jugar este papel, el “árbitro” tiene que equilibrarse entre las clases e intereses en conflicto dentro de la sociedad. De este modo, el programa de De Gaulle no es (inmediata o ni siquiera necesariamente dependiente de los acontecimientos) la abolición de los partidos. Él “arbitrará” entre izquierda y derecha. Para ese propósito De Gaulle necesitará el apoyo de, al menos, un sector de los socialistas y quizás de los sindicatos reformistas. Necesita una división en la clase obrera para mantener la base de su dominio.

Es bastante posible que ilegalice el Partido Comunista (quizá por etapas) e intente aplastar a la CGT a favor de los sindicatos católico y reformista. Este será su punto de apoyo de “izquierdas”. A la derecha se basará en los “independientes”, las organizaciones neofascistas existentes y en el movimiento de derechas de ex militares, incluso en organizaciones fascistas que podrían surgir durante el desarrollo de la recesión.

Pero el bonapartismo de Napoleón I e incluso el de Napoleón III, tenía una base dentro de una economía en expansión. El bonapartismo de De Gaulle tiene tan poca base como el de Petain, en realidad menos, pero Petain al menos podía basarse, en última instancia, en el ejército alemán para su protección. Incluso Luis Napoleón consiguió victorias en los primeros años. Pero ¿qué puede ofrecer De Gaulle a parte de triunfos militares?

De Gaulle se enfrentará con el problema del norte de África. La guerra podría continuar e incluso si las fuerzas imperialistas consiguen una victoria temporal, dejando dispersos a los paracaidistas sobre el pueblo argelino, tal victoria del imperialismo no resolverá la cuestión argelina. Incluso la ocupación de Marruecos y Túnez simplemente agravaría el problema del norte de África para el imperialismo francés, implicando además a todo el mundo árabe.

Las cargas de esta guerra y la “necesidad de mantener la posición de Francia en el mundo” supondrán un drenaje colosal de recursos y mano de obra francesa. El poco apoyo de masas que había conseguido De Gaulle durante el último período se desvanecerá. El apoyo temporal que él podría conseguir a través de frases nacionalistas toxicas pronto se evaporará. Por lo pronto, los trabajadores estarán totalmente desorientados y apáticos, debido a la decepción con los dirigentes oficiales.

La desgracia de Alemania donde Hitler tomó el poder sin disparar un solo tiro se ha repetido y esto en un país donde el PC en número, organización y apoyo, era más fuerte que los bolcheviques en 1917 antes de la revolución.

Sin embargo, no gracias a estos dirigentes, la situación en Francia difiere en algo de la situación de Alemania en 1933. Hitler encabezó un verdadero movimiento reaccionario de masas que acabó, en las primeras semanas de su poder, con todas las organizaciones de la clase obrera. A través del Partido Nazi penetró en cada una de las esferas de la vida social, paralizó a la clase obrera, atomizándola y dispersándola. Aparte del desencanto y la desilusión de las masas ante la total incapacidad de sus organizaciones para luchar contra la reacción, el aparato de la policía secreta, informadores en cada fábrica, espías en cada bloque de vecinos, fue un factor poderoso en la consolidación del régimen.

El dieciocho brumario de Charles De Gaulle

Hitler y Mussolini, además, tuvieron la suerte de llegar al poder en víspera de un boom económico. De Gaulle, al contrario, asume el cargo en víspera de una recesión. Los paracaidistas, un cuerpo regular de soldados de élite, están bastante preparados para jugar el mismo papel en Francia que en Argelia. Pero esta pequeña fuerza, 50.000 o 60.000, es lo suficiente fuerte por sí sola para tomar el poder frente a la apatía de las masas, pero es totalmente insuficientemente para mantenerlo. El marinero y soldado corriente a quién puede afectar temporalmente el veneno nacionalista, no permanecerá mucho tiempo aturdido. La situación social creada por la recesión tendrá un efecto importante. Toda la historia ha demostrado que es imposible gobernar indefinidamente sólo a través del ejército y la policía. Cualquier intento de utilizar el ejército contra una explosión de masas supondrá su división en líneas de clase. En el próximo período es inevitable una nueva insurrección de masas. Los acontecimientos, nacionales e internacionales, sacudirán el senil régimen francés. El crepúsculo de la dictadura de Franco (apuntalada por ahora por la victoria de De Gaulle) arrojará sus largas sombras sobre Francia. Las luchas de los trabajadores en Gran Bretaña, Italia y Alemania occidental tendrán su efecto.

Los socialistas, los radicales y el MRP se han esforzado por “dejar una buena memoria” con su voto a Pflimlin en vísperas de la toma de posesión de De Gaulle. El PC de nuevo está dispersando el veneno del frentepopulismo, con la pretensión de que si existiera un Frente Popular “todo esto se podría haber evitado”. Sin embargo, fue precisamente el Frente Popular el que preparó el camino para la derrota en España y en Francia también fue el Frente Popular el que preparó el terreno para la situación actual.

Las manifestaciones y huelgas de masas, convocadas a última hora, han demostrado que las masas habrían respondido si la dirección hubiese hecho un llamamiento a la acción, en lugar de recurrir a las maniobras parlamentarias “por arriba”. La mayor ignominia de las direcciones del PC-PS es que han puesto a la clase obrera en este peligro a instancias de un puñado de gánsteres paracaidistas.

En absoluto contraste con Hitler en 1933, De Gaulle está llegando al poder, no sólo sin el apoyo de las masas de clase media, sino con su hostilidad. La llegada al poder de De Gaulle se parecerá más a la situación de España en 1934, cuando Gil Robles, el dirigente del fascismo clerical, entró en el gobierno reaccionario de Lerroux. A pesar de la derrota de las insurrecciones socialistas, cuando los trabajadores tomaron el poder en Asturias, el régimen de Gil Robles no se pudo consolidar.

Temiendo una nueva insurrección por parte de las masas, Robles permitió unas nuevas elecciones en 1936 y cedió el puesto al Frente Popular para desmoralizar a los trabajadores y preparar bajo su escudo una guerra civil contra las masas. La llegada al poder de De Gaulle será, por tanto, prematura desde el punto de vista capitalista. Fue forzada por los colonos y la casta de oficiales de Argelia.

De Gaulle también será incapaz de consolidarse. La clase dominante podría preparar otra retirada hacia un nuevo Frente Popular, aprovechando la confusión y desmoralización que causaría y así prepararse una vez más para una guerra civil. Cuando la dictadura de De Gaulle se pudra, los capitalistas pueden aún recurrir, con la ayuda (como siempre) de las direcciones comunista y socialista, a un nuevo Frente Popular como una salida para el régimen. Los militantes obreros avanzados deben aprender las ricas lecciones del movimiento obrero internacional y francés. Si no se asimilan las lecciones, un nuevo Frente Popular con una derrota y desilusión fuertes, prepararía el camino para una verdadera dictadura fascista en las líneas del monstruoso régimen de Hitler.

Tenemos confianza, sin embargo, en que los mejores militantes de los partidos comunista y socialista, y de los sindicatos franceses, aprenderán de estos acontecimientos. El Partido Comunista se escindirá y de sus filas saldrán los mejores elementos revolucionarios atrayendo a los mejores militantes de los sindicatos y el Partido Socialista, para crear un partido marxista de masas de la clase obrera francesa.

Este partido, basándose en la gran tradición de la Comuna, de la lucha contra la guerra de Marruecos, de las huelgas de 1936, dirigirá a su clase en el combate mortal contra el enemigo de clase. De esta lucha mortal, los trabajadores y campesinos franceses saldrán victoriosos y procederán a la construcción del orden socialista en Francia.

Muchos trabajadores del movimiento obrero británico mirarán con horror los acontecimientos en Francia: “¡No puede ocurrir aquí! ¡Inglaterra es diferente!”. No es muy conocido que los estrategas del capitalismo británico aprendieron de la historia de la lucha de clases continental en los años previos a la guerra y están haciendo los preparativos para la lucha contra la clase obrera británica. Las maniobras militares de 1938 y 1939 se basaban en la idea de una guerra civil en suelo británico.

Se creó una fuerza especial rompehuelgas, formada por miembros de las clase dominante y media superior, para aprender a tripular los puestos básicos de la economía, el funcionamiento de las locomotoras, el funcionamiento de las centrales eléctricas, etc., Las empresas de seguros se niegan a asegurar contra el riesgo de guerra civil. Y, como interesante presagio de los acontecimientos actuales, Duff Cooper, parlamentario tory y anterior Primer Lord del Almirantazgo, escribió artículos en el Evening Standard defendiendo la formación de Comités de Seguridad Pública en Gran Bretaña.

No es casualidad que en la crisis actual, los principales órganos de opinión tory hayan apoyado a De Gaulle. El Daily Mail y el Evening News, lacayos de Hitler y Mussolini antes de la guerra, ahora se han unido con el Daily Telegraph, el Daily Express y el Evening Standard en un caluroso apoyo al golpe de Estado gaullista.

Si los trabajadores británicos ignoran esta lección correrán un riesgo. Su destino está atado, como siempre lo ha estado, a la lucha internacional de la clase obrera contra el capitalismo. En su momento de agonía, los trabajadores franceses deben saber que ellos pueden conseguir, no sólo la simpatía pasiva, sino el apoyo activo de clase de sus hermanos y hermanas británicos. Debemos unirnos contra la dictadura, por una Francia y una Gran Bretaña socialistas en una Europa socialista.

29 de mayo de 1958


Notas:

[1] Oficina de Información Comunista. Se creó en septiembre de 1947 siguiendo la Doctrina Truman, en la que el presidente de EEUU lanzó una “cruzada ideológica y económica contra el comunismo”. Esto incluía el Plan Marshall de ayuda económica a Europa que tenía como objetivo la recuperación del capitalismo en Europa del Este. La Kominform se formó sobre todo para consolidar a la burocracia rusa ante sus “fraternales” aliados de Europa del Este. Se disolvió en 1956.

[2] La Sociedad del 10 de Diciembre era una organización del lúmpemproletariado que apoyaba a Luis Bonaparte, en realidad era su ejército privado.

[3] Poujade encabezó una organización reaccionaria de pequeños empresarios y clases medias adineradas, fue absorbida por el movimiento gaullista.

[4] En 1956, después de que el presidente egipcio nacionalizara el Canal de Suez, Gran Bretaña y Francia conspiraron con Israel para ingeniar un pretexto y ocupar la zona del canal. Tuvieron que retirarse bajo la presión internacional, especialmente la norteamericana.

[5] Guy Mollet era el secretario general del Partido Socialista Francés, entró en el gabinete de De Gaulle en 1958. Duclos y Thorez eran dirigentes del Partido Comunista.

[6] La SA, tropas de asalto, fueron creadas por Hitler como fuerza paramilitar para “proteger” las reuniones. Ernst Roehm era el dirigente de la SA hasta el 30 de junio de 1934, la “Noche de los cuchillos largos”, cuando la dirección de los camisas marrones de la SA fueron masacrados por la SS de Hitler. Esto fue debido a que la SA, con una militancia de masas, se había convertido en una amenaza para Hitler, con algunos de sus militantes defendiendo una segunda revolución “social” que siguiera a la “nacional”.

[7] El Frente de Liberación Nacional (FLN) llevó a cabo la guerra de independencia en Argelia desde 1954 hasta 1962, cuando se consiguió la independencia.

[8] En las elecciones presidenciales de 1932 en Alemania, el SPD, el mayor partido obrero, se negó a presentar un candidato, dejando todo su peso tras el reaccionario militarista Hindenberg. El 30 de enero de 1933, Hindenberg nombró a Hitler canciller.

[9] Un término del argot de los soldados franceses

[10] Jacques Sustelle, un gaullista, se convirtió gobernador general de Argelia en 1955. Robert Lacoste, miembro del Partido Socialista, le sucedió de junio de 1957 hasta 1958.