Nos preparamos para un nuevo primero de mayo en medio de un presente mundial cada vez más convulso. La clase obrera internacional es testigo del genocidio contra el pueblo palestino, la escalada de tensiones y amenazas de guerra en Medio Oriente, la brutal masacre en la República Democrática del Congo, el choque interimperialista en Ucrania, entre otros eventos. Hace más de un siglo, Lenin dijo que el capitalismo es horror sin fin. Dichas palabras son hoy tan vigentes como incuestionables.

La decadencia del capitalismo

La actual convergencia de múltiples crisis en la economía, la política, las relaciones internacionales, en el medio ambiente y la cultura es la expresión más clara de la crisis orgánica del capitalismo. Este sistema no solo ha agotado su papel progresista de otrora, sino que amenaza con hundir a la humanidad en la barbarie más catastrófica. El temor creciente hacia una guerra nuclear, perspectiva que al menos en el corto o mediano plazo luce poco probable, evidencia cierto nivel de consciencia sobre los escenarios más funestos a los que nos puede llevar el capitalismo. Necesario es desechar este sistema podrido al basurero de la historia. En palabras de Rosa Luxemburgo: “¡Socialismo o barbarie!”

En este sentido, las clases dominantes de todos los países no cesan en su cruzada por desmontar derechos y conquistas históricas de la clase obrera y demás sectores oprimidos. Pero como faro que brinda luz en la oscura noche, la resistencia global de los trabajadores y la juventud emerge con múltiples expresiones de lucha, protesta y radicalización. El movimiento internacional de solidaridad con el pueblo palestino, el ascenso de la lucha por la sindicalización en EEUU, la movilización de los trabajadores argentinos frente a la política antiobrera de Milei, entre otras manifestaciones, reflejan la disposición de lucha de una rejuvenecida clase obrera dispuesta a hacer valer sus intereses.

Sin embargo, cada paso adelante del movimiento obrero se topa con la resistencia de los dirigentes de los partidos de izquierda y sindicatos, quien asumen el triste papel de auténticos “lugartenientes obreros del capital”. Su discurso conciliacionista que apela a la “responsabilidad” y a la “respetabilidad de las instituciones”, los ha retratado como claros obstáculos que los trabajadores debemos derribar. Trotsky dijo en 1938 que la crisis de la humanidad se reduce a la crisis de dirección del proletariado.

Lucha de clases en Venezuela

La realidad venezolana no difiere de la tendencia mundial. En nuestro país, los trabajadores soportamos el peso de la crisis estructural del capitalismo rentista que ha hecho aguas desde hace una década. Esta crisis, expresada en la brutal caída en los niveles de vida, se explica por el colapso de los ingresos petroleros, la caída en la producción de PDVSA, la profunda corrupción en el Estado, la brutal fuga de divisas y la priorización del gobierno por el pago de la deuda externa por sobre las necesidades de la población –hasta 2017 cuando Venezuela entró en Default–. Tampoco podemos olvidar  los efectos agravantes de las sanciones imperialistas, que afectan en mayor medida a la amplia mayoría de trabajadores y pobres.

El gobierno, que en la actualidad representa los intereses de la capa de nuevos ricos surgidos a base de la corrupción, decidió recargar todas las facturas de la crisis a las cuentas de la clase obrera, desplegando el paquete de ajuste macroeconómico más severo de la nuestra historia Así, se ha pulverizado el salario mínimo a sus niveles más bajos, se ha bonificado el mismo –evitando el pago de prestaciones sociales, vacaciones, aguinaldos, primas de antigüedad, entre otras–, se han flexibilizado los despidos a través del Memorándum 2792 y han sido recortados los porcentajes de los componentes acumulativos del salario, a través de las distintas versiones del Instructivo Onapre.

Para frenar el descontento y la lucha sindical organizada, el gobierno ha fortalecido el aparato coercitivo del Estado acrecentando la represión, proscribiendo las manifestaciones en empresas e instituciones públicas, judicializando trabajadores, además de frenar institucionalmente la reelección o renovación de sindicatos, o bien imponiendo direcciones sindicales mediante el fraude. En este marco, han sido aprobados textos legales represivos como la Ley contra el odio, de zonas económicas especiales, antibloqueo, entre otros. Ahora se pretende aprobar una Ley contra el fascismo, neofascismo y expresiones similares, con la que se busca reforzar la represión, persecusión y la eliminación de derechos democráticos y civiles de la población. Todo nuestro repudio a dicha política.

Las principales patronales del país, como Fedecámaras y Conindustria, han sido partícipes de la construcción de este régimen laboral mediante acuerdos con el Ejecutivo, establecidos principalmente desde la aplicación del “Programa de Recuperación y Prosperidad Económica”. El pacto antiobrero establecido por los viejos y nuevos ricos, ha sido legitimado en las jornadas del Diálogo Social Tripartito, auspiciadas por la OIT. Es más que claro que tal estado de cosas beneficia las tasas de ganancias de los capitalistas. Además, estos sectores desconocen derechos laborales a través de la figura de los «no requeridos», con el que han enviado a sus casas a cientos de trabajadores del sector privado. Por si fuera poco, voceros de las patronales claman por la desaparición de las prestaciones sociales, mientras hacen demagógicas propuestas de “aumentos de salario», cuando realmente hablan de una mayor bonificación de sueldos. Fieles a su parasitismo, siguen exigiendo interminables sacrificios y privaciones para el pueblo trabajador, mientras son incapaces de romper la huelga de inversiones que arrastran desde hace más de 40 años.

Las burocracias sindicales progobierno (CBST, Sinafun, entre otras) y aquellas manejadas por operadores políticos de la derecha –o que se mueven por influencia de los anteriores– (CTV, ASI, Codesa y CGT) han legitimado el régimen laboral en curso participando de la tripartita, para la cual ofrendan la desmovilización de los trabajadores o la organización chapucera de movilizaciones que no llevan a ninguna parte.

La coyuntura que nos atraviesa en este 2024 está determinada por la campaña electoral de cara a las elecciones presidenciales del 28 de julio. Por un lado, la burguesía tradicional –a través del monigote de María Corina Machado, Edmundo González–, aspira retomar el control del Estado para continuar e intensificar el programa de ajuste madurista y la represión contra la clase obrera. Su interés es derrotar a los nuevos ricos del PSUV en la competencia por el saqueo de la renta petrolera y en la privatización de la propiedad pública, cumpliendo en todo momento con las órdenes de sus jefes de la Casa Blanca.

Por su parte, la élite psuvista violenta todos los parámetros de la democracia burguesa para garantizar la reelección de Maduro a cualquier costo. Y todo para dar continuidad a su desastrosa gestión, que nada tiene que ver con el socialismo y los ideales de la revolución.

Es necesario que la clase obrera no se deje embaucar por los cantos de sirena de los sectores dominantes de la política nacional, que representan dos alas distintas de la dictadura de los explotadores, banqueros, especuladores y torturadores sirvientes del capital.

Qué hacer

Cada primero de mayo, conmemoramos la historia y la lucha de la clase obrera, que tuvo un punto de inflexión en las manifestaciones por la jornada de 8 horas en Chicago en 1886, las cuales se saldaron con varios muertos y heridos a manos de la policía bajo órdenes de los patrones. Esta gesta heroica se extendió al resto del mundo en los meses y años sucesivos, de la mano del movimiento socialista que formó la Segunda Internacional en 1889. Hoy más que nunca, es necesario recuperar las tradiciones combativas del primero de mayo, vinculando la perspectiva obrera con la lucha por la transformación revolucionaria de la sociedad.

En Venezuela y el mundo es indispensable la recuperación de los sindicatos para que vuelvan a fungir como armas organizativas, dirigidas a posicionar las reivindicaciones de la clase obrera y demás sectores oprimidos frente a los patrones y el Estado. Lo anterior supone librar una lucha sin cuartel por arrebatar las direcciones sindicales a las burocracias desmovilizadoras, que obstaculizan todo avance cualitativo del movimiento obrero. Si la lucha proletaria no progresa en sus niveles de organización, estará condenada a estancarse o a seguir siendo boicoteada desde arriba.

Para el caso venezolano, creemos que todo paso en esta dirección creará condiciones para que el movimiento salte del plano de las luchas defensivas a uno cualitativamente superior. Es por esto que entre las reivindicaciones principales del movimiento debe inscribirse la contienda por la libertad sindical y la recuperación de las libertades democráticas, para organizarnos, expresarnos y protestar cuando queramos.

La clase obrera debe exigir el pago de salarios y pensiones indexadas al costo de la canasta básica, la liberación inmediata de los trabajadores y sindicalistas apresados, la derogación de toda legislación que atente contra los intereses del pueblo trabajador, entre otras reivindicaciones. En un plano superior de la lucha, debemos plantearnos la creación de consejos de trabajadores en cada fábrica y puesto de trabajo, con miras a imponer la auditoría obrera a los libros de cuenta y los bienes de cada centro productivo. En pocas palabras, hablamos de control obrero de la producción.

Todo lo anterior, aunque necesario, es por sí mismo insuficiente. Es vital que el movimiento obrero trascienda los límites de la lucha reivindicativa y avance hacia el plano de la lucha política. Aunque la movilización de la clase obrera puede arrancar a la institucionalidad ciertas conquistas en algún momento, tarde o temprano la dictadura del capital podrá revertirla cuando la correlación de fuerzas cambie. Si bien debemos luchar por mejoras en nuestras condiciones de vida dentro del capitalismo, nuestra mirada debe estar orientada hacia el derrocamiento revolucionario de este sistema. La lucha por reformas, en última instancia, puede tributar a este objetivo siempre y cuando permita la edificación de las fuerzas de la clase obrera y la clarificación política mediante la experiencia práctica.

Lo dicho, pone de manifiesto la necesidad de construir una organización comunista revolucionaria, que sea capaz de defender consecuentemente los intereses de la clase obrera y tenga claridad en el supremo objetivo del cambio revolucionario. El programa que debe defender esta fuerza ha de contener como puntos:

  • La nacionalización bajo control obrero de los monopolios, la banca y las aseguradoras, así como también de los latifundios, que deben ponerse bajo el control de los trabajadores rurales.
  • Creación de una central única de importaciones y comercio exterior; bajo control obrero y popular, para cortar con la histórica sangría de la riqueza nacional a manos de capitalistas y burócratas corruptos.
  • Lucha sin cuartel por la recuperación de la riqueza nacional robada mediante los múltiples mecanismos de corrupción.
  • Confiscación de activos y propiedades de los corruptos y parásitos capitalistas.
  • Inversión de recursos en sectores industriales priorizados.
  • Puesta en funcionamiento de las mayores capacidades instaladas en la industria (que hoy solo es utilizada en un 30% de su capacidad).
  • Inversión de recursos en el campo para desarrollar una industria agroalimentaria y también producir la materia prima necesaria para la industria.
  • Desmontaje del aparato estatal burgués y su sustitución por un Estado obrero, basado en el control democrático de los trabajadores del campo y la ciudad, organizados en consejos y comunas.
  • Elegibilidad de todos los funcionarios públicos del nuevo Estado.
  • Revocabilidad de todos los funcionarios del poder obrero y popular.
  • Que los funcionarios perciban un salario de trabajador cualificado, que cubra sus necesidades básicas como el resto de la población, pero que no sea capaz de elevarlos socialmente en una clara tendencia capitalista.

Bajo este programa, es posible dar solución a todos los problemas que aquejan al pueblo trabajador venezolano. Pero para asegurar el derrumbe definitivo del capitalismo, es preciso contribuir con todos nuestros esfuerzos en la construcción de una Internacional Comunista Revolucionaria capaz de llevar a la clase obrera de todos los países a la victoria.

La revolución mundial es la única salida viable que puede salvar a la humanidad del precipicio histórico al que nos ha orillado el capitalismo. En torno a lograrla, no podemos escatimar energías y tiempo. Es por ello que invitamos a todo aquel que se reivindique comunista a acompañarnos en el empeño de construir el factor subjetivo nacional e internacional que necesita la clase obrera para lograr su emancipación definitiva.

¡Por un primero de mayo, combativo y revolucionario!

¡Por un gobierno de los trabajadores!

#VienenLosComunistas