El viernes 2 de marzo, 150.000 trabajadores se manifestaron por las calles de Lisboa protestando contra el aumento del desempleo, la caída de los niveles salariales, el empeoramiento de las condiciones laborales y la defensa de los servicios públicos: sanidad, educación y seguridad social.Fue la mayor manifestación de los últimos veinticinco años. Desde que comenzara la revolución en 1974 no se había visto un mar de trabajadores reunidos juntos bajo la bandera de la protesta.

Esta manifestación, sin embargo, no debe agarrarnos por absoluta sorpresa. La economía portuguesa ha estado en crisis durante los últimos seis años con altos niveles de desempleo (según las cifras oficiales un 8,2 por ciento de la fuerza laboral no tiene trabajo, aunque las cifras reales sitúan esta cifra por encima del 10 por ciento), han caído los niveles de vida y se han deteriorado los servicios públicos. 

Cuatro gobiernos (tanto de derechas como de izquierdas) han sido incapaces de resolver nada. No es difícil ver por qué. Aplicando la misma política procapitalista que el anterior gobierno de derechas intentó imponer, los socialistas han demostrado ser incapaces de haber algo significativo, excepto pretender el crédito de conseguir el crecimiento mínimo del PIB de los últimos años (menos del 1 por ciento). Y el sacrosanto déficit presupuestario todavía no está en la línea de los niveles de la UE, a pesar de todos los sacrificios impuestos sobre los hombros de la clase obrera.

Durante los últimos seis años todos los ataques a la clase obrera se han justificado citando la necesidad de reducir el déficit presupuestario y seguir los dictados del Banco Central Europeo, Portugal es uno de los países que ha adoptado el euro.

¡Pero se ha llegado al límite! Después de dos años de gobierno del Partido Socialista, después de dos años durante los cuales la clase obrera ha dado a los socialistas la oportunidad de resolver la crisis, los trabajadores han dicho: “¡Basta ya!”

Estos últimos meses, el número creciente y el tamaño de las manifestaciones y huelgas ha revelado que la clase obrera está dispuesta a emprender una acción seria para dar marcha atrás a la situación. ¿Pero qué hace la dirección de los sindicatos? Después de la enorme movilización de la semana pasada, en lugar de convocar una huelga general para frenar la ofensiva de los empresarios y el gobierno, han convocado… otro día de protesta ¡en un plazo de seis meses! ¡Esta es una postura absolutamente ridícula! ¿A qué están esperando? ¿A más políticas antiobreras? ¿O a que los capitalistas resuelvan la crisis por ellos?

La realidad es que no tienen ninguna fe o confianza en la capacidad de la clase obrera para cambiar el mundo. Por lo tanto, se comportan como si la única cosa posible para presionar al gobierno es intentar limitar el daño y esperar a las próximas elecciones (¡dentro de dos años!) para conseguir lo que sólo se puede realizar con la lucha y la movilización de la clase obrera: la adopción de una política favorable a los intereses de la clase obrera.

Pero esta es una cuestión espinosa. Bajo el capitalismo no hay esperanza para la clase obrera. Y es tan cierto en Portugal como en cualquier otra parte. La burguesía portuguesa siempre ha sido incapaz de desarrollar el país y hoy, como en el pasado, su naturaleza parasitaria se expresa en el hecho de que no invierten en la producción real. Concentran sus esfuerzos en especular en los mercados, en el sistema bancarios y en todo tipo de asuntos financieros. Nada de esto crea un solo empleo y no sirve a los intereses de nadie, excepto a los de la propia burguesía.

No es casualidad que en una reciente visita a China, el ministro de economía pidiera a la ascendente burguesía china que invirtiera en Portugal utilizando el argumento de que tenemos la mano de obra más barata de Europa occidental. Lo único que la clase dominante puede ofrecer a los trabajadores es más explotación. Que estas palabras estén en la boca de un llamado ministro socialista es simplemente la ilustración gráfica de la bancarrota reformista en una época donde las reformas ya no son posibles bajo el capitalismo.

No debemos olvidar que Portugal recientemente surgió como el país de la Unión Europea donde las diferencias entre ricos y pobres es mayor. Esta es la situación dramática a la que se enfrentan la población. Pero no son tiempos de desesperación. Una vez más la clase obrera está tomando las calles y luchando. Con alzas y bajas, con un largo camino ante nosotros, la nueva generación de trabajadores reclamarán el legado de nuestros padres y abuelos que emprendieron el camino de la revolución, terminando lo que no completaron los gloriosos acontecimientos revolucionarios de los años setenta: la abolición del capitalismo.

Para hacer resto y evitar los errores del pasado, para asaltar los cielos, debemos extender las ideas revolucionarias del marxismo a través del movimiento sindical y dentro de los partidos de la clase obrera. Unidos bajo la bandera del genuino marxismo, la clase obrera será invencible y finalmente ganaremos.

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