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200812272244-1-inter22ab.jpgEn la Conferencia de Annapolis en noviembre de 2007, celebrada a propuesta de George W. Bush, se elaboró un plan que se suponía conseguiría un acuerdo entre Israel y los palestinos. Poco más de un año después el plan de paz está en ruinas. La clase dominante israelí ha concentrado todo su poderío militar en pulverizar Gaza. Una vez más, Oriente Medio está hundido en las llamas de la guerra.

 

El sábado 3 de enero, Israel desplegó un gran número de soldados y tanques en la Franja de Gaza, controlada por Hamás, en lo que representa una masiva ofensiva terrestre, a pesar de los llamamientos europeos y árabes a un alto el fuego inmediato. El asalto, según las noticias locales, estuvo acompañado de un intenso bombardeo por parte de aviones, helicópteros, artillería y fuerzas navales desde la costa, aislando a la población del centro que rodea la Ciudad de Gaza de la parte sur de la franja.

 

La invasión estuvo precedida por una intensa y destructiva campaña de bombardeos, que provocó una considerable alteración a las fuerzas de Hamás. También han destruido la mayor parte de la infraestructura y asesinado a muchas personas, la mayoría civiles corrientes, hombres, mujeres y niños, la mayor parte no tiene nada que ver con Hamás. Los efectos de este ataque sobre una población aterrorizada, privada de alimentos, agua y medicinas son inimaginables. Estaba claro desde el principio de que sólo era el preludio a la invasión, porque toda la historia demuestra que un bombardeo aéreo por sí solo nunca puede ganar una guerra, conquistar un territorio o ni siquiera evitar el lanzamiento de misiles.

 

En términos puramente militares, el resultado a corto plazo no provoca ninguna duda. Un ejército moderno, bien equipado, sumamente entrenado y disciplinado, se enfrenta a una fuerza de combate principalmente irregular con armamento inferior. Los israelíes tienen el dominio total de los cielos, como se vio en el horrible bombardeo aéreo que precedió a la invasión. No es sorprendente que la primera etapa de la ofensiva se desarrollase como un aparato de relojería. El ejército israelí ha cortado la principal carretera que va a la Ciudad de Gaza y la ha rodeado, apretándola como si fuese un tornillo de hierro.

 

Los líderes del mundo occidental sacuden las manos por la violencia y apelan a que se detengan los asesinatos. Pero la posición adoptada por Occidente destila hipocresía. George Bush es el mayor terrorista del mundo. EEUU y sus socios de coalición han asesinado a muchos más civiles en Iraq y Afganistán que los israelíes en Gaza. No tienen ningún derecho moral a condenar los males de la guerra y el terrorismo. Estas damas y caballeros pretenden tener el derecho a presentarse ante las cámaras de televisión para hablar de los errores de otros.

 

Los israelíes no prestan atención a estas quejas. Dicen que la guerra continuará hasta que haya garantías de que no habrá más ataques con cohetes. A menos que el ejército israelí pueda detener estos ataques, toda la aventura habrá sido totalmente contraproducente. Si fracasa, Israel no sólo se habría ganado la condena del resto del mundo (por no hablar del mundo árabe), sino que se revelaría como débil, cuando todo el propósito del ejercicio es precisamente demostrar la fuerza. Por lo tanto, la guerra inevitablemente continuará, al menos durante un tiempo, independientemente de las protestas sinceras en las calles o de las no sinceras y las lágrimas de cocodrilo de los políticos burgueses.

 

Israel ha organizado su mayor ofensiva de relaciones públicas (que convenientemente incluye mantener fuera de Gaza a los periodistas extranjeros). Se le dice constantemente al mundo que los cohetes de Hamás son una amenaza terrible para la seguridad de Israel (aunque desde el inicio de la invasión hayan matado a cuatro personas). Pero les gustaría que las imágenes de niños sacados como muñecos rotos de sus casas en Gaza fuesen ocultadas. El objetivo es situar toda la culpa de esta crisis sobre Hamás y relacionarla con la «guerra contra el terrorismo» global. La guerra continúa, y continuará, hasta que los gobernantes de Israel crean que han conseguido todos o la mayoría de sus objetivos.

 

Avance implacable

 

El ejército israelí avanza de manera implacable. En la práctica ha dividido Gaza en dos. Aunque es verdad que Hamás ha mejorado bastante su capacidad de lucha durante el último período, que incluye un núcleo duro de combatientes entrenados, no tiene esperanza frente al ejército israelí. La arrolladora superioridad militar del ejército israelí se vio al principio de la guerra cuando entraron en Gaza sin muchos problemas. Pero a partir de ahora la situación cambiará. Un portavoz de Hamás avisó que Gaza se convertiría en una «tumba» para los soldados israelíes. Pero eso es una exageración. Al menos inicialmente los combatientes de Hamás parece que ofrecieron sólo una resistencia limitada al ataque israelí.

 

No obstante, para conseguir sus objetivos declarados, los israelíes pronto tendrán que entrar en las zonas densamente pobladas, donde cada callejuela, ventana y techo será una emboscada potencial, cada puerta será una posible trampa bomba y cada transeúnte civil una probable bomba suicida. The Financial Times escribía: «Los milicianos de Hamás podrán infligir bajas a las tropas israelíes si entran en el laberinto mortal de la Ciudad de Gaza y sus campos de refugiados, igual que fueron succionados en los barrancos traidores del sur de Líbano. Israel en el camino no ha conseguido controlar Gaza o parar a Hamás, incluso después de asesinar a casi todos sus dirigentes veteranos».

 

Aunque, desde un punto de vista estrictamente militar, Hamás no puede derrotar al ejército israelí, ni puede haber una «victoria» militar formal de Israel sobre Hamás. El combate terrestre en las congestionadas ciudades y campos de refugiados de Gaza supondrá más bajas civiles. También significará que los israelíes sufrirán más pérdidas. Incluso la destrucción de los misiles, aparentemente una tarea muy modesta, no será fácil, ya que principalmente son pequeños artefactos caseros que se pueden mover con facilidad y ocultar en muchos lugares diferentes.

 

Finalmente, el fuego de cohetes será silenciado, o al menos reducido, pero con un coste de vidas civiles difícil de imaginar. El horrible sufrimiento del pueblo de Gaza despertó la conciencia del mundo. El 75 por ciento de la población no tiene electricidad, los hospitales están saturados y la comida es difícil de conseguir. Las imágenes de mujeres y niños, muertos y heridos, en las pantallas de televisión mundiales servirán para inflamar más las pasiones del mundo árabe, alienará aún más a la opinión pública internacional y aislará más a Israel.

 

Guerras justas e injustas

 

El colmo de la estupidez es dejar que la actitud de alguien ante la guerra esté determinada por la propaganda oficial, que siempre busca situar la culpa sobre la otra parte y presentar a las víctimas como los agresores y a los agresores como las víctimas. De la misma forma, es imprudente dejarse dominar por las emociones y evaluar la guerra en términos sentimentales o moralistas.

 

El objetivo de la guerra, cualquier guerra, es someter al enemigo. Guste o no, eso implica la muerte de personas. Los intereses de los beligerantes dictan las guerras, ya sean económicos, estratégicos o políticos. Si se considera una guerra en un caso concreto justa o injusta depende de estos factores, en absoluto de quién disparó primero, o de si fue un acto de ofensa o defensa. Cuando se dan todas las condiciones para un conflicto armado, el estallido real de las hostilidades lo puede provocar cualquier accidente. Es completamente superficial, no obstante, confundir lo que es accidental con lo que es esencial.

 

Desde un punto de vista marxista, las únicas guerras que son justas son las guerras emprendidas por los oprimidos y explotados contra los opresores y explotadores. Se han producido este tipo de guerras a lo largo de la historia, empezando por las guerras llevadas a cabo por Espartaco y su ejército de esclavos contra el estado esclavista romano. En estos casos, la clase obrera siempre debe estar al lado del pobre y oprimido contra el rico y el poderoso. La guerra en Gaza es una de estas guerras. Es la guerra de un pueblo oprimido luchando por sus derechos contra un poderoso estado imperialista. Eso es lo principal. Todas las demás cuestiones se subordinan a esto.

 

Los líderes israelíes dicen que esta es una guerra de defensa. Todo estado que desee comenzar hostilidades contra otro estado siempre debe encontrar una excusa para su acción. De ahí, si creyésemos lo que ellos dicen, en la historia nunca habría habido una nación agresora. En 1914, Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania para defender a la «pobre pequeña Bélgica», aunque esta misma pobre y pequeña Bélgica sometía brutalmente a millones de esclavos coloniales en el Congo. Igualmente, Alemania se defendía contra el bárbaro y agresivo zarismo ruso y Rusia se defendía contra el agresivo militarismo prusiano, y así sucesivamente.

 

Esta guerra no es diferente. Ehud Olmert, el primer ministro israelí, dijo que el ataque tenía como objetivo tomar el control de partes claves de la Franja de Gaza que son utilizadas por Hamás y otros grupos armados para disparar cohetes contra Israel. Describió la última escalada como «inevitable», añadiendo que la ofensiva pretendía garantizar la paz a los residentes del sur del país. No es la primera vez en la historia que el agresor presenta su violenta agresión como la única manera de garantizar la paz.

 

El argumento de que fue una respuesta a los taques con misiles de Hamás es claramente un subterfugio diseño para ocultar los verdaderos motivos. Las tácticas empleadas por los israelíes proporcionan una prueba clara de lo que ya es evidente: esta ofensiva fue preparada por adelantado y corresponde con un plan bien elaborado. Que Hamás ha proporcionado servicialmente a los israelíes la excusa adecuada para esta agresión no tiene nada que ver con el asunto. The Economist (3/1/09) publicó una editorial titulada, Gaza: los errores y los aciertos, en ella leemos la siguiente frase: «Pero aunque deplorable, el recurso de Israel al ejército significa silenciar los cohetes de Hamás no debería ser una sorpresa. Esta guerra lleva mucho tiempo preparándose».

 

¿Qué causó esta guerra?

 

Hamás  sigue disparando cohetes a Israel (aún lo hace). Desde un punto de vista miliar estos ataques son simples pinchazos. Ni siquiera abollan el poder del estado o ejército israelí. Lo que hacen es sembrar miedo y pánico en la población civil de las regiones afectadas y, de esta manera, proporcionar al gobierno israelí la excusa necesaria para lanzar este ataque. Ha servido para empujar a la población de Israel detrás de los elementos más reaccionarios y belicosos. Lejos de socavar al sionismo lo ha fortalecido.

 

No podemos defender el lanzamiento de misiles contra objetivos civiles en Israel. Pero nuestra condena de estos métodos no tiene nada en común con la hipocresía cínica de Bush, que es el mayor terrorista del mundo. Nuestra oposición al terrorismo no es por presuntas razones morales o sentimentalismo pacifista. Es porque estos métodos no sirven y son totalmente contraproducentes.

 

En cualquier caso, está bastante claro que el motivo real de la invasión no fueron estos ataques con cohetes. Según The New York Times el número real de misiles lanzados por Hamás no había aumentado sino disminuido antes del ataque, de cientos a sólo 15 o 20 mensuales. Sin embargo, la respuesta de los israelíes ha sido extremadamente brutal. La ONU, con sus habituales eufemismos corteses la denomina «desproporcionada». Cuantifiquemos esa declaración. La Biblia dice: ojo por ojo, diente por diente, una vida por una vida. Pero en los primeros ocho días del conflicto en Gaza murieron asesinados más de 500 palestinos, de los cuales según la ONU más de una cuarta parte son civiles. Al otro lado, Israel ha perdido cinco ciudadanos, incluidos dos soldados. La ratio es de cien a uno.

 

En realidad, Israel declaró la guerra a Hamás hace tiempo. Hay más de una forma de hacer una guerra, incluida la guerra económica. Por lo tanto, debemos volver atrás en los pasos que llevaron a la guerra. Cuando Israel salió del enclave Mediterráneo en 2005, no tenía intención de permitir a los palestinos ejercer una genuina autodeterminación. Desde que la población de Gaza tuvo la temeridad de elegir hace tres años a Hamás, los israelíes y Occidente han sometido a Gaza a un implacable bloqueo económico que ha provocado un lento estrangulamiento de la economía. Al mismo tiempo, Israel ha extendido significativamente su ocupación de Cisjordania y del este árabe de Jerusalén.

 

Hamás ganó las elecciones legislativas de 2006 no porque la mayoría de los palestinos estuvieran de acuerdo con sus ideas, sino porque en gran parte tras el fracaso del supuesto proceso de paz y de años de Intifada sangrienta, estaban hartos de la corrupción de los dirigentes de Fatah y de su colaboración con Israel. Pero los presuntos demócratas occidentales no estaban dispuestos a aceptar el resultado de las elecciones. Todos están a favor de la democracia en la medida que los resultados de las elecciones favorecen a sus intereses, pero si no les gusta el resultado, recurren a todo tipo de medidas para socavar y derrocar un gobierno elegido democráticamente, ya sea el gobierno de Salvador Allende en Chile, Hugo Chávez en Venezuela o Hamás en Gaza.

 

Después siguió una guerra civil sangrienta entre Hamás y Fatah, que fue instigada por los israelíes. Las fuerzas de Fatah intentaron tomar el control de Gaza mediante un golpe de estado en el verano de 2007, pero fueron derrotadas y Hamás fortaleció su poder en Gaza, para consternación de Israel y EEUU. Estos últimos respondieron sometiendo al pueblo de Gaza a lo que en la práctica es un asedio, apoyado por un aislamiento diplomático total. Con estos métodos Israel, con la complicidad de EEUU y la UE, decidieron castigar al pueblo de Gaza, tanto a los que votaron a Hamás como a los que no lo hicieron, a morir lentamente de hambre.

 

Ya este hecho era una declaración de guerra unilateral. Si EEUU, Gran Bretaña o cualquier otro país tuviera sus puertos bloqueados, sus carreteras y fronteras cerradas, todos los lazos diplomáticos restringidos por las acciones de una potencia extranjera, habría sido motivo para una declaración de guerra. Hamás respondió con ataques de misiles y atentados suicidas en Israel, que desde el punto de vista militar eran inútiles pero venían muy bien a los halcones israelíes. Esto alarmó a los saudíes y a otros, que apelaron a sus amigos en Washington para que interviniera e impidiese un nuevo conflicto que podría desestabilizar todo Oriente Medio.

 

El verano pasado, el gobierno egipcio, sacudido por los acontecimientos en Gaza y los efectos en las masas egipcias, inició unas prolongadas negociaciones con los israelíes que finalmente establecieron seis meses de tregua. Los egipcios también promovieron conversaciones entre Hamás y Fatah con la idea de establecer un acuerdo para compartir el poder y poner fin a los dos años de violenta lucha.

 

Pero todo esto inmediatamente comenzó a desenmarañarse. Israel intensificó las restricciones comerciales y se negó a liberar a ninguno de sus miles de prisioneros de Hamás. Evidentemente eran acciones provocadoras destinadas a socavar a los moderados de Hamás y forzar un enfrentamiento militar. Por otro lado, Fatah, en su feudo de Cisjordania, reforzó la lucha contra Hamás, con docenas de detenciones y el despido de unos 400 profesores que dicen estaban afiliados a Hamás.

 

Después del alto el fuego no hubo un intento serio de negociar con Hamás. En su lugar, hubo una provocación tras otra. En Israel la proximidad de las elecciones y la crisis de gobierno también llevaron a un endurecimiento de las posiciones. En estas condiciones ningún político israelí se puede permitir presentarse como un blando en la cuestión de Hamás. Al contrario, existe una especie de competencia para ver quién pronuncia los discursos más belicosos. Cuando dos partes están preparadas para la guerra, los discursos belicosos pueden adquirir una lógica propia.

Si arrinconas a un animal ya se sabe que morderá. Antes del final de la tregua oficial el 19 de diciembre, el alto el fuego ya estaba muerto. La dirección de Hamás concluyó que el acuerdo con Israel no reportaba ningún beneficio para Gaza. Repitieron sus acusaciones de que Abbas se había vendido a sus promotores occidentales y que no buscaban otra cosa excepto la destrucción de Hamás. Egipto, el supuesto mediador, en realidad era cómplice del asedio israelí. Desde la lógica de los dirigentes de Hamás, el fracaso del alto el fuego no les dejaba otra alternativa que no fuese continuar lanzando cohetes sobre Israel.

 

Este ojo por ojo es evidente que terminaría con un estallido de las hostilidades. La provocación final llegó en noviembre cuando Israel asesinó a seis milicianos que dicen estaban cavando túneles para iniciar un asalto sobre Israel. Hamás respondió con una batería de cohetes, que proporcionó a Israel la excusa necesaria para lanzar una ofensiva desde hace tiempo preparada. La invasión de Gaza era el resultado inevitable.

 

Impotencia de las «Naciones Unidas»

 

Una vez más, las llamadas Naciones Unidas han revelado su total impotencia. Cuando el Consejo de Seguridad se preparó para reunirse el sábado por la noche, Ban Ki-moon, el secretario general de la ONU, telefoneó al primer ministro israelí Ehud Olmert para comunicarle su profunda preocupación por la operación terrestre de Israel. «Está convencido y alarmado de que esta escalada inevitablemente aumentará el ya terrible sufrimiento de las poblaciones civiles afectadas», según decía un portavoz de la oficina de Ban. Sí, están todos profundamente «preocupados». Pero la preocupación de estos caballeros no evita el derramamiento de una sola gota de sangre y tiene un carácter completamente teatral.

 

Durante medio siglo la ONU ha estado aprobando resoluciones sobre la cuestión palestina, sin el más mínimo resultado. Ahora ni siquiera son capaces de aprobar una resolución. A las pocas horas del inicio de la ofensiva de Israel, EEUU había bloqueado la petición del Consejo de Seguridad de la ONU para un alto el fuego inmediato, hecho por el único miembro árabe del consejo, Libia. Aunque había una «intensa convergencia» dentro del consejo sobre la necesidad de «detener la violencia», EEUU se negó a aceptar incluso el compromiso de una declaración de prensa conjunta. La declaración presidencial requiere el consenso de los 15 estados miembros, y en cualquier caso, se queda corto respecto a una resolución vinculante de la ONU.

 

Los funcionarios de la ONU sugirieron que la oposición de EEUU a cualquier resultado que pudiera implicar críticas a Israel estaba determinada por las declaraciones de la Casa Blanca que situaron la culpa sobre Hamás desde el inicio de la crisis. ¡Por supuesto! Las declaraciones de Alejandro Wolff, embajador adjunto norteamericano, simplemente se hizo eco de las declaraciones de la administración Bush, incluida Condoleezza Rice, secretaria de estado, diciendo que la situación en Gaza «no permitiría regresar al status quo anterior».

 

 ¿Qué significa esto? Lo que significa es que el ejército israelí una vez haya terminado de golpear al pueblo de Gaza hasta la sumisión y destruir Hamás, no hay nada de alto el fuego. Estas declaraciones brutales son sólo el reconocimiento de la cruel realidad de la situación. Y el callejón sin salida de la ONU expone con crueldad la impotencia del Consejo de Seguridad. Después de tres horas y media de sesión del consejo sin resultados el sábado por la noche, Wolff repitió la mentira de que la causa de la crisis eran los continuos ataques con cohetes de Hamás contra Israel. EEUU, dijo, «no veía perspectiva de Hamás ateniéndose a una petición de alto el fuego de la ONU» y, por tanto, no sería bueno que el consejo hiciera declaraciones a las que no se van a adherir.

 

Este ejemplo de sofistería merece un lugar de honor en los anales de la hipocresía diplomática. En primer lugar, en una guerra siempre hay al menos dos partes. Se presume que Hamás no aceptaría y, por tanto, esa resolución sería una «pérdida de tiempo». Así que el representante de EEUU en la ONU sólo menciona a una parte, Hamás, pero no a Israel. ¿Aceptaría Israel la petición de alto el fuego de la ONU o no? La presunta está por responder.

 

En segundo lugar, el argumento es totalmente falso. De acuerdo con esta lógica no habría que haber aprobado resoluciones de la ONU con relación a las supuestas armas de destrucción masiva antes de la invasión norteamericana de ese país. Al menos EEUU mecánicamente aprobó «resoluciones por la paz» en la ONU. En este caso, en cambio, apoya abiertamente un acto de agresión desnuda sin ninguna delicadeza diplomática. Y la ONU dice: «¡Amén!»

 

En realidad, lo que revelaba ese episodio es la verdadera posición de la ONU y la actitud de Washington hacia ella. Los imperialistas utilizan la ONU como un club de discusión para perpetuar el mito de la «ley internacional» y la existencia de un organismo mundial que está por encima de los intereses nacionales de las grandes potencias. Esto tiene la pretensión de engañar a los ingenuos que creen que pueden apelar a la ONU para detener las guerras. Los reformistas de izquierdas son particularmente propensos a estas ilusiones. Pero en realidad todas las cuestiones serias se deciden, como siempre ha sucedido, por la fuerza. Sólo los pacifistas sin remedio y las personas que creen en los cuentos de hadas pueden tener alguna confianza en la ONU. La diplomacia internacional en general, y especialmente la diplomacia en la ONU, siguen siendo lo que siempre fueron: un engaño cínico de las personas y una máscara conveniente para agresión.

 

Obama y Bush

 

Es bien conocido que los intereses del imperialismo norteamericano se juegan mucho en Oriente Medio, tanto por razones estratégicas como económicas (petróleo). También se sabe que el único aliado fiable que Washington tiene en la región es Israel. Eso explica la actitud de George Bush ante el conflicto.

 

No obstante, es importante tener en cuenta que, aunque Israel es un fiel aliado del imperialismo estadounidense en la región, esto no significa que no tenga intereses propios y que no necesariamente coinciden con los de EEUU en todas y cada una de las ocasiones. Durante la Guerra Fría, cuando existía aún la URSS, y países como Egipto, Siria e Iraq estaban en su esfera de influencia, los norteamericanos estaban obligados a apoyar a Israel, casi sin reservas. Pero desde la caída de la URSS hace ya veinte años la imagen hasta cierto punto ha variado.

 

Washington necesita cultivar el mundo árabe, tranquilizar los nervios de Arabia Saudí y ganar amigos e influencia popular (sobre todo con los que tienen petróleo). Por eso Bill Clinton en el año 2000 comenzó a presionar a Israel para que alcanzase un acuerdo con la OLP. La clase dominante israelí nunca estuvo entusiasmada con esta idea pero no tenía otra alternativa que apretar los dientes y aceptar, porque Washington paga las facturas y, como sabemos, quién paga al flautista elige la melodía. El resultado fue el aborto de los acuerdos de Madrid y Oslo, que establecieron un pequeño estado trucando en Cisjordania, separado de Gaza. Fue una completa parodia que no satisfizo a nadie. Los palestinos lo aceptaron entendiendo que era sólo el primer paso en dirección a un verdadero estado palestino. Sin embargo, veinte años después, no estamos más cerca de este objetivo.

 

Ahora, en los últimos días de su administración, Bush de nuevo ha dado un apoyo incondicional a Israel en su ataque a Gaza. Era totalmente predecible. Al menos George Bush habla con claridad. No hay duda sobre de qué parte está en esta guerra. ¿Pero qué pasa con el nuevo presidente, el nuevo trabajador milagro, el pacificador Barak Obama? ¿Cuál es su posición sobre la guerra y qué ha dicho sobre ella? Apenas ha dicho nada con el pretexto de que aún «no es presidente» y «EEUU debe hablar con una sola voz».

 

A pesar de  su diplomático silencio sabemos muy bien qué piensa Obama. En una visita a una ciudad israelí en julio del año pasado dijo: «Si alguien está lanzando cohetes sobre mi casa donde cada noche duermen mis dos hijas, haré todo lo que esté en mi poder para detenerlo. Y esperaría que los israelíes hicieran lo mismo». Obama olvida mencionar el pequeño detalle de que el territorio palestino está ocupado por los israelíes, igual que el territorio de los Estados Unidos estuvo ocupado por Gran Bretaña en el siglo XVIII, cuando el pueblo norteamericano, aunque carecía de cohetes, utilizó otros medios iguales de violentos para expulsar a los invasores.

 

Entonces, ¿no hay diferencia entre Bush y Obama? Los intereses del imperialismo estadounidense en Oriente Medio son los que determinan las acciones de ambos. En ese sentido no hay una diferencia real. Pero sí existen diferencias importantes sobre cómo interpretar estos intereses, según cambian las circunstancias pueden modificar las tácticas de políticos que comparten el mismo interés. El lema del cuerpo de marines de EEUU es: «Hablar con delicadeza y llevar un gran palo». Pero como su predecesor Ronald Reagan, George W. Bush representa el ala más agresiva, provincia y obtusa de la clase dominante norteamericana. Su inclinación natural era a hablar alto y golpear a todos a la visa con un gran bate de beisbol. Esta táctica a veces puede ser cruelmente efectiva, pero a largo plazo puede crear muchos dolores de cabeza.

 

Obama es un representante más sutil e inteligente del imperialismo que Bush. Ha heredado una situación difícil, tanto en EEUU como internacionalmente. Hay una crisis económica, aumenta el desempleo y caen los niveles de vida en casa, y un legado de desastres de política exterior en el extranjero. En EEUU el pesimismo y el descontento aumentan, lo que se ha reflejado en la elección de Obama y que debe hacer algo para pacificar. Uno de los compromisos de Obama durante la campaña electoral fue comenzar a sacar las tropas norteamericanas de Iraq. La opinión pública estadounidense, totalmente alejada de la guerra, exigirá que se cumpla este compromiso. Pero de aquí se derivan algunas cosas.

 

Será imposible llevar a cabo la retirada de Iraq a menos que Washington esté dispuesto a negociar tanto con Siria como con Irán, ambos tienen influencia dentro de Iraq y en otras zonas de la región. Pero Damasco y Teherán serán duros negociadores, una parte de esa negociación debe incluir la cuestión palestina. Como Siria e Irán hace mucho se postularon como los defensores de la causa palestina, es impensable que está cuestión no aparezca en la agenda.

 

Todo esto es bien sabido por Israel y debe haber sido un elemento importante en su decisión de invadir Gaza. Como expresaba The Economist: «Con la amenaza nuclear de Irán en el horizonte y la creciente influencia iraní tanto en Líbano como en Gaza, Israel quiere recordar a sus enemigos que el estado judío puede aún luchar y ganar». En realidad, los imperialistas israelíes le están diciendo a Obama (y a cualquiera que esté dispuesto a escucharle): ¡No olvidéis que aún estamos aquí que somos una potencia a tener en cuenta! ¡Podemos hacer o romper cualquier acuerdo al que lleguéis! ¡Ignorarnos es un peligro para vosotros!

 

Las diferencias entre los imperialistas

 

Como siempre, hay matices diferentes entre las potencias imperialistas, como también hay distintos intereses materiales en juego. Hay diferencias entre EEUU y Europa, como las hay dentro de la Unión Europea y también entre Bush y Obama. Mientras a corto plazo estas diferencias no alterarán el curso de la guerra en Gaza (los israelíes tienen sus propios intereses que defender), pueden tener consecuencias importantes de lo que ocurra después de acabada la guerra.

 

Los estrategas del imperialismo están seriamente preocupados por este conflicto. Estas preocupaciones no tienen nada que ver con consideraciones humanitarias, la pérdida de vida o los sufrimientos de los palestinos. Reflejan los peligros que existen para los intereses del imperialismo en Oriente Medio, que es una zona clave en la arena mundial. En una editorial del Financial Times publicada el 4 de enero titulada: Un juego peligroso en Gaza, se podía leer lo siguiente:

 

«La decisión de Israel de enviar tropas terrestres y acorazados a la Franja de Gaza es un juego peligroso. Si el objetivo es reducir el número de cohetes que Hamás puede disparar a las ciudades próximas del sur de Israel, probablemente es conseguible, por ahora. Pero si Israel se propone es acabar con sus oponentes más implacable, fracasarán.

 

«En cualquier caso, la acumulación de bajas, incluidos civiles, del desproporcionado bombardeo aéreo, marítimo y la artillería de Israel en zonas urbanas densamente pobladas así oscurecerá su reputación y socavará la opinión de los árabes y palestinos moderados, su posición política se verá seriamente debilitada.

 

«Por tanto, algunos gobiernos, especialmente en Europa, están ansiosos por poner fin a las hostilidades tan pronto como sea posible y llegar a algún tipo de acuerdo. Alarmados por las posibles repercusiones de la invasión de Gaza, la UE ha enviado no una, sino dos misiones a la región, aunque no está claro que puedan conseguir otra cosa que no sea un salario muy satisfactorio. Quieren un «alto el fuego vigilado internacionalmente, de una duración suficiente para reanudar y concluir las negociaciones sobre esa base; para que Israel entonces levante el bloqueo, y para que unas nuevas elecciones decidan quién habla por los palestinos, Fatah, cuya posición se está erosionando rápidamente por esta crisis, Hamás, o una combinación de ambos». (The Financial Times. 4/1/2009).

 

Políticos como Gordon Brown y Tony Blair derraman lágrimas de cocodrilo por los horrores de la violencia, la muerte de inocentes y cosas por el estilo, y apelan constantemente a la paz («un alto el fuego inmediato»). Estas palabras suenan muy bonitas, pero en realidad son sólo palabras vacías. El hecho es que no hay paz sino guerra, y nuestra actitud hacia la guerra no está determinada por el hecho de que las personas mueran (como siempre sucede en las guerras), sino cuáles son las causas reales del conflicto y qué intereses hay en juego.

 

Francia, como es habitual, juega su propio juego en Oriente Medio. No es casualidad que Abbas se haya reunido el lunes con el presidente francés Nicolás Sarkozy en Ramallah. A diferencia de Gran Bretaña, Francia no siempre ha estado dispuesta a bailar al ritmo marcado por Washington y sacrificar sus intereses nacionales ante los de Israel y EEUU. Francia quiere poner sus manos en el petróleo y los mercados de Oriente Medio que ambiciona el imperialismo norteamericano, está dispuesta a pescar en aguas turbulentas y ocasionalmente pisar los dedos de Washington para mejorar sus relaciones con el mundo árabe. Sin embargo, en última instancia, Francia sólo es un pequeño jugador en la escala mundial. Su intenta es presentarse como «amiga de los árabes», pero aparte de ser hipócrita, puede no resolver nada.

 

Una vez más, el gobierno británico aparece como el lacayo más servil de Washington. La única diferencia entre los dos es que mientras Bush habla con una franqueza cínica, las declaraciones de los británicos están llenas de hipocresía pretendiendo crear una falsa impresión de imparcialidad, como píldoras de cianuro recubiertas de sacarina. John Sawers, embajador de Gran Bretaña en la ONU, dijo que estaba «muy desencantado» con el fracaso de la reunión de la ONU el sábado por la noche. Dijo que se debía estudiar la idea de desplegar observadores. Que se debían encontrar las formas de evitar el contrabando de armas en Gaza que había contribuido a la crisis.

 

¿Qué significa esto? ¿Cómo pueden desplegarse observadores cuando la guerra está bramando? ¿Cuándo se están asesinando a personas? Pero podemos descubrir esto simplemente mirando nuestras pantallas de televisión. Los observadores se pueden enviar para vigilar un alto el fuego. Pero si no hay alto el fuego, ¿qué papel tendrían los observadores? Sólo este: evitar el contrabando de armas a Gaza. Israel posee el ejército más poderoso de la región y está armado con las últimas armas de destrucción. En comparación con esto, el arsenal palestino es liliputiense. A pesar de esto, para la diplomacia británico toda la cuestión se reduce a la necesidad de evitar que las armas lleguen a los palestinos, que pueden «contribuir a la crisis».

 

¿No es divertido? Lo que proponen en Londres (y Washington) es desarmar a los palestinos frente a la continuada agresión israelí. Es decir, quieren desarmar a los oprimidos frente al opresor. Pero hay un pequeño problema que muy seguramente puede «contribuir a la crisis», a saber, los palestinos ya tienen armas y las están utilizando para defenderse. ¿Qué se debe hacer con estas armas? Deben quitárselas a los palestinos (para garantizar la paz). Como, desgraciadamente, los palestinos se niegan a desarmarse, alguien debe coger por la fuerza sus armas (por la paz, por supuesto). Ese alguien es el ejército israelí, que está haciendo un trabajo muy riguroso de «pacificación» (mediante la guerra).

 

Y así, como mucho un suspiro, los diplomáticos profesionales en Londres se limpian las lágrimas de sus ojos, y obedientemente ponen su atención detrás de los norteamericanos e israelíes. Las declaraciones públicas de simpatía con las víctimas inocentes de la violencia (99 por ciento de los cuales son palestinos) son simplemente una cortina de humo para ocultar a una opinión pública indignada que la política de los gobiernos «democráticos» de Europa y EEUU es estar ahí no hacer nada mientras Gaza es aplastada.

 

Los objetivos de Israel

 

¿Cuáles son los objetivos bélicos de Israel en este conflicto?  Quieren aplastar todo el potencial militar de Hamás que sea posible, intimidar y aterrorizar a la población de Gaza y enviar en mensaje de advertencia a otros países de la región (e indirectamente a Washington) de que ellos tienen un poder que no se puede manosear. Aunque los cohetes de Hamás no fueron la causa principal de la invasión, Israel no se puede decir que haya tenido éxito si los cohetes continúan cayendo sobre suelo israelí.

 

Por tanto, procederán a destruir metódicamente tantas fuerzas e infraestructura militar de Hamás como sea posible. En primer lugar, deben localizar y destruir los misiles que se lanzan contra territorio israelí, que se supone es la causa de esta guerra. En segundo lugar, intentarán encontrar y asesinar a tantos cuadros dirigentes de Hamás como puedan y (esperan) aplastarla como fuerza de combate viable. Quieren destruir las líneas de suministro que permiten a Hamás recibir armas y otro material desde Egipto. Esto llevará tiempo y la guerra continuará hasta que han cumplido todos sus objetivos.

 

Hay otros objetivos que no son militares sino políticos y que nunca son mencionados. El primero está relacionado con las próximas elecciones en Israel, donde hay una creciente crisis económica, social y política. Como reflejo de esta crisis se han producido una serie de divisiones en la dirección política de una coalición cada vez más débil. Hay luchas internas sobre estrategia entre Tzipi Livni, ministra de exteriores y líder del partido gobernante Kadima, y Ehud Barak, el belicoso ministro de defensa y líder del Partido Laborista. Este enfrentamiento llegó a tal punto que Haaretz, uno de los principales periódico, defendía el alto el fuego, dentro del gabinete israelí.

 

Las elecciones generales se celebrarán en febrero y está claro que ambos líderes intentan competir con Benjamín Netanyahu, líder del derechista partido chovinista Likud. En particular, Barak intenta parecer más agresivo y nacionalista que el halcón Netanyahu. Estas consideraciones electorales sin duda son un factor en la situación, pero no agotan toda la cuestión. En un tema tan importante como la guerra, hay más cuestiones fundamentales que la política electoral y que juegan un papel y los distintos intereses implicados.

 

Un elemento importante en la ecuación es el prestigio de las fuerzas armadas israelíes, que fueron severamente derrotadas en los 34 días de guerra contra Hezbolá en Líbano en 2006. El establishment militar israelí, aún escocido por su humillación en Líbano, le gustaría demostrar la superioridad de las fuerzas armadas israelíes. Quieren restablecer la credibilidad del poder disuasorio de Israel. Un ataque sobre Gaza se presenta como una oportunidad ideal y los planes obviamente estaban preparados de antemano. La cuestión de los misiles es simplemente la excusa de un conflicto que era inevitable.

 

La operación actual en Gaza es una consecuencia directa de la guerra de 2006 en el sur de Líbano, pero de ninguna manera significa que tendrá un resultado comparable. Los generales israelíes han tenido tiempo suficiente para absorber las lecciones y probablemente estén mejor preparados. Su intención ahora es realizar un ataque limitado que dañe seriamente la capacidad de lucha de Hamás y asesinar a tantos líderes y militantes antes de la retirada, después de haber infligido el máximo daño a la economía e infraestructura de Gaza para que tarde mucho tiempo en reconstruirse.

 

A diferencia de la guerra en Líbano preparada a prisa y con una respuesta militar improvisada, en este caso se ha preparado cuidadosamente. Las condiciones físicas de esta guerra también son distintas. Pequeña, llana y aislada, Gaza presenta un entorno más sencillo que Líbano. Los israelíes se movieron rápidamente para dividir en dos la franja. Esto da al ejército israelí la situación de poder controlar si se ven obligados a mantenerse en Gaza mucho tiempo, reduciendo la capacidad de las principales concentraciones de combatientes que están en el norte de conseguir suministros del sur. Aunque puede haber todo tipo de reveses, en la actualidad el ejército israelí tiene a Gaza cogida por el cuello.

 

Hamás está baja la presión intensa de aceptar las exigencias internacionales de un alto el fuego. Después del feroz bombardeo que han recibido, parecen que podrían estar dispuestos para un alto el fuego, incluida la paralización del lanzamiento de cohetes sobre Israel. Pero Israel no es probable que pare la guerra aún. Está exigiendo no sólo que Hamás deje de disparar cohetes, sino que acepte a Israel, que renuncie a la violencia y se adhiera a los anteriores acuerdos de paz de los palestinos. En otras palabras, exige una rendición incondicional.

 

Tarde o temprano la lucha terminará y habrá nuevos movimientos para un acuerdo. La probabilidad de algún tipo de acuerdo entre Siria, Irán y EEUU antes del final de la guerra debe ser un motivo de preocupación para la dirección de Hamás, que depende mucho del apoyo financiero y militar de Damasco y Teherán. Estos últimos se han granjeado una reputación como amigos de los palestinos. Pero toda la historia demuestra que el pueblo palestino no puede tener ninguna fe en la amistad de los gobiernos extranjeros porque, como alguien dijo en cierta ocasión, los países no tienen amigos, sólo intereses. Si los intereses de Siria e Irán entran en conflicto con los intereses de los palestinos, no es difícil saber qué harán.

 

Este miedo por parte de la dirección de Hamás podría ser perfectamente la razón de su comportamiento durante estos últimos meses. De las declaraciones públicas de algunos miembros de Hamás es obvio que ellos esperan que el sufrimiento palestino despierte la conciencia mundial y reúna a su lado a los musulmanes. En este sentido lo han conseguido. Pero si imaginan que esto será suficiente para obligar a Israel a dar marcha atrás están seriamente equivocados. Una vez comiencen la ofensiva, Israel no va a retroceder, no importa cuántas manifestaciones se celebren o cuántas misiones de la UE envíen.

 

Todos estos elementos deben hacer determinado las tácticas de Hamás, que de otra forma parecerían suicidas. Organizaron lanzamientos de cohetes contra Israel y a sostener una batería de acusaciones contra Fatah. El invierno pasado organizaron la dramática ruptura de la frontera de Gaza con Egipto para anunciar la miseria de Gaza y despertar a la población de Egipto para que les apoyen. Este movimiento no fue apreciado por la camarilla dominante egipcia que se está enfrentando a un creciente descontento popular como resultado de la profundización de la crisis económica y la caída de los niveles de vida.

 

Efectos en las relaciones mundiales

 

Las consecuencias de esta guerra para la política exterior norteamericana serán de largo alcance. ¡Este no es el 11 de septiembre! En la nueva situación mundial, EEUU no puede conseguir ya sus objetivos sin el apoyo de socios regionales así como de China, Europa y Rusia. Por eso habrá diferencias significativas entre la política exterior de Obama y la de Bush. Pero en política exterior una cosa lleva a la otra. Para conseguir el apoyo de Rusia que EEUU considera tan vital para sus intereses en Oriente Medio necesitará que Washington esté dispuesto a tener también en cuenta los intereses rusos.

 

Esto probablemente significará que EEUU pondrá en espera los planes para el sistema de misiles de defensa en Europa, con la condición de que Rusia desacelere el programa nuclear iraní. Igualmente, la expansión de la OTAN, que incluye Georgia y Ucrania, se podría ralentizar. Ya que ninguna de las cosas afecta a los intereses vitales de las grandes potencias, estos «sacrificios» se pueden hacer con facilidad, como uno sacrifica un peón inútil en un juego de ajedrez.

 

De la misma forma se deben hacer «sacrificios» en Oriente Medio. El hecho de que David Miliband, secretario de exteriores británico, visitara recientemente Siria fue una señal de que ya está en marcha la maquinaria diplomática. La razón es bastante clara: Washington quiere salir de Iraq dejando el mínimo caos. Debe proteger su retaguardia y para ello requiere la colaboración de Siria e Irán. Pero sería embarazoso para Bush admitir que está hablando con un «estado terrorista», así que envía a su oficinista de Londres. Por su parte, los sirios y los iraníes están ansiosos por ver tan pronto como sea posible la salida de los norteamericanos y les gustaría, si es posible, obtener mejores relaciones con elgigante trasatlántico con la posibilidad de iniciar con él relaciones comerciales e inversiones.

 

Demasiado débil para hacer la guerra, Siria ha demostrado ser suficientemente fuerte para negar a sus vecinos la paz, como hemos visto de su intromisión en Líbano. Incluso las mentes más espesas en Washington comienzan a ser conscientes de que la posibilidad de hablar con Siria podría provocar menos daño que dejarle como un enemigo. Incluso el aún primer ministro de Israel, Ehud Olmert, lo ha comprendido. Según Aluf Benn, un columnista del diario israelí Haaretz, Olmert intentó en una reciente reunión convencer a Bush de que los Altos del Golán podría ser un previo digno de pagar por un cambio importante en el alineamiento estratégico de la región.

 

Siria recientemente se ha acercado a Turquía, que mantiene un ojo sobre los acontecimientos en Iraq, sobre todo en la zona kurda del norte, que está al lado de su frontera y sirve como base para el PKK. Según The Economist: «Siria, explicaba Olmert, se asienta en el quid de dos ejes, uno vinculando Irán con Hamás vía Hezbolá, el otro vinculando potencias ‘pragmáticas’ como Turquía, Jordania, Egipto y Arabia Saudí. Un cambio de Siria debilitaría de manera dramática a los extremistas, es lo que dijo el líder Israel para concluir».

 

La economía siria se está dañando debido al colapso de las reservas de crudo y de los precios mundiales. Necesita inversión extranjera para ocuparse del desempleo que oficialmente se calcula que está en más del 20 por ciento. Siria es un estado secular y sus líderes temen la creciente influencia de los grupos islamistas que apoyan en el extranjero. Una oleada de apoyo a Hamás dentro de Siria no serían buenas noticias para ellas, no más que para los líderes de Egipto y Arabia Saudí. No hace falta demasiada imaginación para ver que en el futuro su actitud podría cambiar, si los términos fueran los correctos.

 

El caso de Irán es aún más claro. El régimen iraní se enfrenta a acontecimientos revolucionarios que hemos analizado en artículos anteriores. La caída de los precios del petróleo está afectando duramente a su economía. Ha habido una oleada de huelgas y protestas estudiantiles. El régimen de Ahmadinejad es evidente que está dando sus últimos coletazos y la clase dominante busca sustituto. Un acuerdo negociado con Washington sería muy ventajoso.

 

¿Cómo afecta esto a los palestinos e Israel? La historia nos proporciona muchos ejemplos donde los derechos de las pequeñas naciones se han utilizado como moneda de cambio de las Grandes Potencias que juegan alegremente con ellos sin ni siquiera consultar. Una vez que los diplomáticos profesionales se sientan a hablar, todo en la mesa será sustituible y todo será objeto de negociación, incluido el destino de los palestinos. Como siempre, son peones de la gran diplomacia y pueden ser sacrificados muy fácilmente. Los palestinos deben tener esto en mente y no depositar ninguna confianza en la buena voluntad de ni siquiera sus más fervorosos «amigos» en los gobiernos extranjeros.

 

Sobre la cuestión palestina hasta ahora Siria e Irán se han presentado como los seguidores más intransigentes de la línea dura y han apoyado a Hamás y Hezbolá con dinero y armas. Los estadounidenses y los israelíes ponen objeciones a esta situación. ¿Cómo podemos resolver este problema? Veamos… Israel posee los Altos del Golán, que Siria desea recuperar a toda costa desde 1967. «¿Por qué no los Altos del Golán?» dirán los sirios. A lo que responderán los norteamericanos sacudiendo la cabeza: «Por nuestra parte estaríamos encantados, pero nuestros amigos israelíes pondrán objeciones porque es una cuestión de su seguridad». «¿Eso es todo?» responderán los sirios. Pero podemos ayudarles en la cuestión de la seguridad. No olvidéis que pagamos una gran parte de las facturas de Hamás y Hezbolá».

 

Llegados a este punto, el delegado iraní comienza a expresar su disgusto: «Los derechos de nuestros hermanos palestinos son no negociables», protesta, con un golpe en la mesa. Pero después de unas horas (semanas o meses), los iraníes han recuperado sus buenos ánimos cuando los norteamericanos presentan todo un paquete de protestas económicas de negocios comerciales e inversión en Irán. «Llega justo a tiempo», dice el iraní, cuando la caída del precio del petróleo nos está provocando muchos apuros. Quizá, después de todo, deberíamos ser un poco más flexibles con la cuestión palestina». «Sí, dice el norteamericano, con una amplia sonrisa, no olvidemos que cuando nos retiremos vuestros chicos controlarán la mitad de Iraq. Después de todo no es una mala negociación».

 

Esta conversión, por supuesto, es ficticia. Para nadie piensa que este tipo de cosas no suceden en el mundo secreto de la diplomacia donde los principios son nada y el cálculo cínico es todo. Naturalmente, ni una palabra de estos acuerdos secretos se conocerá hasta décadas después, cuando algún alto diplomático escriba sus memorias. En los próximos meses darán la impresión contraria: que las negociaciones son muy difíciles, que Teherán y Siria son muy tercos (siempre es necesario ser estricto, sobre todo en Oriente Medio donde es fuerte la tradición del regateo). Las conversaciones probablemente se romperán en más de una ocasión, después se reanudarán. El momento de llegar a un acuerdo depende de muchos factores. Pero tarde o temprano se alcanzará un acuerdo, porque interesa a todas las partes que así sea.

 

Pero en la política de Oriente Medio nada es sencillo. En todo esto pueden surgir complicaciones. Las elecciones de Israel en febrero podrían dar lugar a un gobierno contrario a concesión alguna. Benjamín Netanyahu no hace mucho era el favorito para ganar las elecciones, aunque afectará lo que suceda en Gaza. Su partido de derechas, Likud, en general se opone a la retirada de los asentamientos judíos de Cisjordania. Y la extrema derecha del partido fortaleció su posición en las primarias del 9 de diciembre. Moshe Feiglin, que encabeza el ala más derechista dirige una web que niega el derecho de nacionalidad a los palestinos y pide a Israel que anexione Cisjordania.

 

Este tipo de cosas podrían empujar a Siria e Irán a apoyar la política de «rechazo». Pero a largo plazo tendrán que negociar. En cualquier caso, el nuevo gobierno israelí, quienquiera que lo encabece, tendrá que tratar, no con George W. Bush sino con Barak Obama, cuya agenda para Oriente Medio es algo diferente a la de su predecesor. Como EEUU subvenciona a Israel, Obama tendrá una considerable influencia con la que ejercer presión.

 

Lo único que puede alterar totalmente este escenario es el movimiento revolucionario de las masas en el mundo árabe e Irán. La invasión de Gaza ha puesto en movimiento fuerzas que no será fácil detener. Este es un factor que los políticos y diplomáticos no pueden controlar con sus métodos habituales de soborno, engaño e intriga. En última instancia, esa es la única esperanza para el pueblo de Palestina y del mundo entero.

 

Guerra y revolución

 

Aunque Hamás haya sufrido una paliza, cuando más se quede el ejército israelí en Gaza más formas encontrarán para devolver el golpe. Hasta ayer Hezbolá sólo había ofrecido apoyo retórico. No obstante, los últimos lanzamientos de cohetes contra el norte de Israel podrían indicar que el conflicto podría escaparse de control.

 

Como informaba la BBC: «Los cohetes se han disparado desde Líbano hacia el norte de Israel, despertando los temores de que la ofensiva israelí en Gaza pueda extenderse. El ejército israelí respondió con artillería a una batería de al menos tres cohetes. Ningún grupo ha reivindicado la autoría».

 

El mismo informe sigue explicando que: «Los ataques con cohetes desde Líbano han provocado preocupaciones sobre una guerra más amplia (…) no está claro si los cohetes fueron disparados por Hezbolá o por uno de los grupos armados palestinos que opera en Líbano. Si Hezbolá organizó el ataque existe un riesgo grave de una enérgica reacción israelí, dice nuestro corresponsal. Los palestinos en Líbano no tiene capacidad de llevar a cabo una guerra con Israel, pero Hezbolá sí».

 

Israel evidentemente está ansioso de que Hezbolá tenga la tentación de participar. Si lo hace, en el contexto actual, el ejército israelí tendría que responder con dureza. Este es un escenario muy preocupante para las potencias imperialistas, en particular las europeas temen ese escenario. Si Hezbolá se ve arrastrada al conflicto lo veremos en los próximos días. Mientras tanto, dentro de Israel, también, esta guerra tendrá serias consecuencias, cuando se prolongue en el tiempo.

 

El objetivo de la guerra es marginar a Hamás, debilitarla y, si es posible, destruirla. Este objetivo es bien recibido en secreto por los regímenes árabes «moderados». Y tampoco le quita el sueño a Abbas, excepto por el hecho de que el ataque sobre Gaza ha provocado furia en Cisjordania. Los llamados regímenes árabes moderados han sido extrañamente contenidos en sus condenas. En realidad, a los gobernantes de Egipto, Arabia Saudí y Jordania no les desagradaría demasiado si Hamás desapareciese de la faz de la tierra, aunque estos gobernantes no se atreven a admitir tal cosa en público.

 

Los pacifistas pequeño burgueses sólo pueden ver los horrores de la guerra pero son incapaces de ver la otra parte de la imagen. La historia ha demostrado en muchas ocasiones que las guerras pueden llevar a la revolución. Sin embargo, cuando termine la invasión de Gaza, una cosa está segura. Tarde o temprano, habrá acontecimientos revolucionarios en el mundo árabe que llevarán al derrocamiento de un régimen corrupto tras otro. Todos estos regímenes reaccionarios penden de un hilo. Viven con el miedo constante de que la pobreza y el descontento de las masas pueda estallar, llevando a un derrocamiento revolucionario.

 

La crisis económica mundial que ha llevado al colapso de los precios del petróleo ha intensificado esta amenaza. La situación actual llevará a un proceso de más radicalización en todo Oriente Medio. Los trabajadores y estudiantes que salen a las calles para protestar contra la invasión de Gaza no sólo protestan contra el trato cruel que reciben los palestinos. Protestan contra la inactividad de sus propios gobernantes, contra su complicidad con Washington y por lo tanto con Israel, contra sus estilos de vida lujosos que contrastan de manera tan brutal con la miseria de las masas.

 

En una editorial publicada por The Financial Times (17/12/2008), expresaba su preocupación por la estabilidad de los regímenes árabes: «Las ondas en estas regiones fácilmente se pueden convertir en olas. Los líderes de Egipto, Arabia Saudí y Jordania, aliados de EEUU, inicialmente felices al ver como Israel golpeaba a Hezbolá o Hamás, rápidamente pueden cambiar el tono tan pronto como sus pueblos se reúnan tras los militantes. Su legitimidad y supervivencia está en juego».

 

En Egipto, donde incluso antes de la guerra existía un malestar serio, la policía ha detenido a docenas de activistas que intentan enviar convoyes de alimentos y medicinas a Gaza, en Internet los organizadores han convocado una huelga general para apoyar el vieja. Ha habido manifestaciones de masas en Líbano y la embajada de EEUU en Beirut fue atacada. Hubo una manifestación de masas en Estambul y otras grandes manifestaciones en la capital de Jordania, en Cisjordania y por todo Oriente Medio, en Indonesia, Kabul, la capital de Afganistán, Srinagar, en la parte Cachemira controlada por India.

 

En la ciudad norteña de Israel, Sajnin, decenas de miles de palestino-israelíes han protestado contra la ofensiva de Israel. En la actualidad, la mayoría de los judíos israelíes permanecen pasivos o apoyan la ofensiva, engañados por la propaganda sobre una guerra defensiva. Pero según continúa la guerra y aumenten las bajas, eso puede cambiar. Ya hay síntomas de diferencias en la clase dominante israelí. Un antiguo jefe del Mossad ha dicho que Hamás debe estar incluida en las futuras negociaciones. Esto indica las crecientes dudas que existen entre una capa dirigente. Si continúan llegando los cohetes, incluso en número reducido, empezarán las preguntas en Israel y en otras partes sobre qué se ha conseguido realmente, sobre todo si la lista de muertos entre las tropas israelíes y civiles palestinos comienza a ser incluso aún más grave.

 

Los gobernantes de Oriente Medio tienen razón al temer el potencial revolucionario de las masas, porque ya estaba implícito en la situación antes de estos acontecimientos. Ahora está llegando al punto de ebullición. Los gobiernos árabes, aunque furiosos con Hamás, sufrirán la presión para reflejar la furia en las calles para que tomen medidas, y si no lo hacen podrían enfrentarse a su derrocamiento. Por eso, algunos como Gordon Brown quieren  la paz tan pronto como sea posible, porque las guerras significan inestabilidad  y la inestabilidad puede tener efectos que no sean del agrado de Londres ni de Washington.

 

Se está preparando una traición

 

Es imposible comprender los acontecimientos en Gaza fuera de este contexto. El objetivo de los israelíes es pulverizar Hamás para debilitarla frente a Fatah, cuyos servicios necesitarán en el próximo período. Por otro lado, Hamás está intentando desesperadamente ganar la simpatía de las masas árabes para no quedar totalmente marginados. Y ambas partes están enviando un mensaje a aquellos que están preparados para llegar a un acuerdo a sus espaldas.

 

Con Abbas los líderes están intentando llegar a un acuerdo con Israel. Aún se habla de crear un estado palestino independiente en el territorio actualmente ocupado por Israel. ¿Pero cómo se puede establecer? En el momento que pasamos de las generalizaciones y las declaraciones piadosas a los hechos desnudos, los problemas salen a la superficie. En diciembre de 2007 escribí lo siguiente sobre este tema, cuando Bush organizó la farsa de la conferencia de Annapolis:

 

«El lema de Tel Aviv es: lo que tenemos lo mantenemos. Los sionistas no tienen intención de dar ninguna concesión importante. Hamás alardeaba de que ellos habían expulsado al ejército israelí de Gaza, eso es un chiste. La retirada israelí de Gaza es un movimiento táctico para silenciar las críticas internacionales y dar la impresión de que ellos estaban cediendo algo importante, cuando en realidad no tienen ningún interés en Gaza. Lo que pretendían es fortalecer su dominio de Cisjordania, que es la cuestión decisiva.

 

«Los israelíes han continuado sin descanso construyendo el monstruoso muro que divide el territorio palestino en Cisjordania, arrebatando grandes pedazos de tierra con el pretexto de la ‘defensa’. Los colonos cada vez son más audaces e insolentes. Después de los incidentes en Gaza, ningún gobierno israelí querrá enfrentarse a los colonos en Cisjordania.

 

«Después está el pequeño problema de Jerusalén, que tanto judíos como árabes pretenden que es su capital natural entregada por Dios. En cuanto al derecho a regresar de los palestinos expulsados de sus hogares desde 1948, Israel no acepta bajo ningún concepto su regreso, ya que alteraría completamente el equilibrio demográfico del ‘estado judío'». (Alan Woods. Oriente Medio, Annapolis y el problema palestino: más conversaciones y conversaciones  8/12/07)

 

¿Cómo se resuelven estos problemas? A esta pregunta la diplomacia nunca ha dado una respuesta satisfactoria. El desafío de los israelíes sólo se ha expresado en el elocuente lenguaje de las bombas, los cohetes y la artillería. ¿Y qué dicen los palestinos? No tienen nada que decir porque no serán invitados a estas negociaciones. Las personas que han luchado y dado su sangre para luchar por sus derechos, verán que su destino lo deciden gobiernos extranjeros que sólo están preocupados por sus estrechos intereses nacionales.

 

Cuando todas las cuestiones fundamentales se decidan bien, habrá una conferencia de Oriente Medio, con la participación de todos los bien conocidos «amigos de Palestina», Egipto, Jordania, Arabia Saudí y otros. Abbas entonces será invitado, no para decidir nada, sino como un invitado al último día del juicio para escuchar la sentencia. En cuanto a Hamás, si es invitada o no dependerá de su buen comportamiento. En cualquier caso, no supondrá la más mínima diferencia para el resultado.

 

Un callejón sin salida

 

El deber elemental de todo internacionalista proletario es defender a los palestinos contra la violencia del imperialismo israelí. Pero también nuestro deber es decir las cosas como son: las tácticas de los atentados suicidas y el lanzamiento de cohetes contra ciudades israelíes son contraproducentes e inútiles. No representan la lucha armada porque ni siquiera abollan la armadura del estado israelí, sino que lo fortalece empujando tras de él a las masas israelíes.

 

Una gran parte del atractivo de Hamás procede de su imagen de resistencia a la ocupación. Hamás ganó las elecciones en 2006 porque las masas estaban cansadas de la corrupción de los líderes de la OLP y su connivencia con Israel. Pero si planteamos la cuestión en términos puramente nacionalistas (judíos contra árabes), entonces no es posible ninguna solución a la cuestión palestina. No es posible resolver el problema del pueblo palestino mediante tácticas como los atentados suicidas o el lanzamiento de cohetes a ciudades y pueblos israelíes. Los métodos defendidos por Hamás fueron los utilizados por la OLP durante cuarenta años y sólo han llevado a una derrota sangrienta tras otra. Pero ese hecho no puede alterar nada la simpatía hacia el sufrimiento de los palestinos.

 

 

¿Cuál será el resultado final de la guerra? En términos militares Hamás perderá masivamente. Muchos de sus cuadros serán asesinados o encarcelados. Su infraestructura militar quedará destrozada. En términos de bienes físicos, Gaza quedará devastada. El daño económico tardará años en reconstruirse. En este sentido los israelíes conseguirán lo que querían. Más serios para Israel serán los efectos políticos a largo plazo. Aunque sufrirán un duro golpe, Hamás no será destrozada.

 

 

¿Y qué habrá conseguido Israel? La «victoria» de los israelíes en Gaza se convertirá en cenizas en su boca. Debemos recordar que todo era para conseguir la seguridad. Al final lo que habrán ganado es un odio aún mayor que antes en el mundo árabe. La amenaza de acciones terroristas no será menor que antes, sino incluso mayor. Por cada militante de Hamás que asesinen habrá diez, veinte o cientos de jóvenes que ahora son niños llenos de amargura y odio, que estarán dispuestos a ser voluntarios para misiones suicidas contra Israel y sus aliados en el mundo árabe y occidental. Si esta es la idea de crear seguridad para Israel en el futuro, ¡es muy extraña!

 

¿Qué habrá conseguido Hamás después de todo el polvo sobre el que se asientan las ruinas de Gaza? Podrían conseguir algunas concesiones escasas, quizá una relajación del asedio israelí, una apertura de la frontera de Egipto, mucha ayuda de sus seguidores musulmanes y quizá un módico reconocimiento internacional. Su prestigio entre los árabes podría haber mejorado. Pero lo que en el fondo queda: ¿qué ha solucionado la violencia? Simplemente regresamos una vez más al interminable ciclo de violencia, guerras y asesinatos para no solucionar nada. El bramido en Gaza por la violencia de Israel momentáneamente podría impulsar la popularidad de Hamás, pero después de que desaparezca la emoción el pueblo de Gaza podría comenzar a preguntarse qué les ha llevado a este caos.

 

Las acciones del ejército israelí están agitando todo Oriente Medio. Cosecharán una nueva cosecha de odio, amargura y sed de venganza. Pero las tácticas de grupos como Hamás nunca pueden tener éxito. En realidad, son totalmente contraproducentes. Los líderes de Hamás dicen: «Como la parte más débil tenemos el derecho a utilizar cualquier método a nuestra disposición para derrotar a nuestros opresores». A esto respondemos: «Sí, tenéis ese derecho y comprendemos que los métodos del terrorismo y la guerra de guerrillas siempre son un recurso del más débil contra el opresor más fuerte».

 

Para los soldados profesionales estos métodos guerrilleros siempre están condenados. En la antigüedad el pastor David utilizó su honda para matar al gigante Goliat y sin duda los generales filisteos consideraban que era un método injusto y bárbaro que se ajustaba a las reglas de la guerra. Pero mediante el uso de este sencillo pero efectivo método, David venció y Goliat perdió la cabeza. Todo esto es cierto pero también debemos decir: un buen general sólo hará uso de estos métodos que son consecuentes con sus objetivos estratégicos y probablemente sean exitosos. Sólo un mal general hace uso de métodos que no llevan a la victoria pero que garantizarán la derrota. Y los métodos utilizados por Hamás sólo pueden llevar a la derrota y ayudar al enemigo. Por esa razón nos oponemos a estos métodos.

 

Si los métodos de Hamás no han conseguido beneficiar a los palestinos, también los métodos de los imperialistas israelíes han fracasado para el pueblo de Israel. Todo intento de Israel de garantizar la seguridad por la fuerza se ha vuelto contraproducentes. La ocupación del territorio palestino después de la guerra de los Seis Días de 1967 ha intensificado el conflicto con los palestinos. Su invasión de Líbano en 1982 llevó a la creación de su Némesis, Hezbolá. Su guerra de 2006 contra Hezbolá minó al gobierno pro-occidental de Beirut. La actual agresión a Gaza ha desacreditado a Mahmoud Abbas, el moderado presidente palestino. La seguridad es un espejismo que constantemente esgrime el puño de Israel y el futuro del Estado de Israel siempre tiene sobre sí un signo de interrogación.

 

Igualmente, todo intento de derrotar a Israel por medios militares ha terminado reforzando el reaccionario sionismo. Del fracaso de la llamada lucha armada, Abbas y los líderes de Fatah han llegado a la conclusión de que la única alternativa es negociar con Israel y buscar los buenos oficios de los imperialistas. Pero ya hemos visto a lo que han llevado estos métodos durante la última década. Significa negociar la rendición y vender la causa de la autodeterminación nacional palestina. Ni Hamás ni Abbas, por tanto, ofrecen una salida.

 

¿Cuál será el resultado de las negociaciones sobre un «estado palestino», la «solución de los dos estados»? Esta solución depende de una sola cosa: el acuerdo de Israel (que, después de todo, será uno de los dos estados y el más débil de ellos). ¿Qué acordará Israel? Podrían aceptar algunos ajustes de la frontera actual con Cisjordania. Podría permitir cierta apertura de la frontera con Gaza (que pueden acercar en cualquier otro momento). Podrían imponer algunas restricciones a la construcción de nuevos asentamientos judíos sobre el territorio palestino y podrían incluso desmantelar algunos de los existentes. No pueden entregar Jerusalén, a la que consideran su capital, aunque podrían llegar a algún tipo de acuerdo compartido. Ni permitirán el regreso al auténtico Israel, aunque podrían permitir que algunos entren en territorio palestino.

 

Esto es lo mejor que pueden esperar los palestinos sobre la base actual: un pseudo-estado truncado, que será económicamente dependiente de Israel, cuya presencia seguirá ahí como una sombra oscura y amenazadora. El control de este «estado» será confiado sólo a aquellos líderes palestinos como Abbas, que está dispuesto a actuar como un títere de Israel y que reprimirá despiadadamente cualquier grupo palestino disidente.

 

En otras palabras, será una «solución» similar a la que impuso el imperialismo británico en 1922 sobre los irlandeses. Eso llevó a una guerra civil sangrienta en Irlanda donde murieron muchos irlandeses de los que fueron asesinados por los británicos. Lo mismo puede suceder con los palestinos en el futuro, como vimos en la guerra civil en Gaza en 2007. Algunos palestinos podrían aceptarlo, mientras otros sin duda lo rechazarían, llevando a nuevos conflictos y derramamiento de sangre.

 

¡Tomar el camino revolucionario!

 

Napoleón dijo que los ejércitos derrotados aprenden bien. Todas las derrotas, sacrificios y martirios no servirán para nada a menos que estemos dispuestos a aprender de ello y aprovecharnos. Si simplemente miramos el actual caos sangriento en términos sentimentales y moralistas, como ocurre con frecuencia, no ganaremos nada de ello. Nuestra tarea, en palabras del filósofo Spinoza: ni reír ni llorar sino comprender.

 

En última instancia, tanto judíos como árabes tienen el derecho a vivir en paz y controlar su propio destino en su propia patria. Es fácil proclamar este objetivo, pero no es fácil decir cómo se puede conseguir. El llamado proceso de paz está muerto. No hay duda que se recuperará, pero no hasta que el ejército israelí haya hecho minuciosamente su trabajo sangriento en Gaza.

 

Podemos pronosticar que después de la guerra habrá un acuerdo tras otro, que se romperán uno tras otro. Nada de esto resolverá los problemas de los palestinos. Ni garantizará la seguridad para el pueblo de Israel. Sin embargo, hay una solución al problema palestino que no son ni los actos inútiles del terrorismo ni las traiciones diplomáticas.

 

Los acontecimientos en Gaza fue la chispa que cayó sobre una pradera seca. Provocó una oleada de protestas de masas que ha sacudido todos los regímenes existentes en Oriente Medio. El potencial revolucionario implícito en estos movimientos fue reconocido instantáneamente por los estrategas del capital. The Economist escribía lo siguiente: «Pero a menos que las actuales furiosas protestas callejeras encienda una revolución regional que de un susto de muerte a Israel y sus amigos, Hamás aún se enfrentará a la vieja dolorosa elección sobre cómo llevar a un acuerdo con un enemigo inmensamente más poderoso e igualmente decidido».

 

Estas palabras expresan excelentemente la esencia del problema. ¿Qué significan? La burguesía inteligente comprende que la cuestión palestina pueda actuar como un catalizador de toda la frustración acumulada, rabia y descontento de las masas en Oriente Medio. Por eso están continuamente suplicando por la paz, los altos el fuego, los acuerdos y la moderación. Pueden ver lo que los marxistas vemos: que una revolución regional está implícita en la situación. Ese es el punto de partida para el éxito de la revolución palestina, y ningún otro.

 

Las líneas anteriores plantean la cuestión muy claramente. Los palestinos se enfrentan a un enemigo inmensamente más poderoso e igualmente decidido. Los acontecimientos en Haza han demostrado con claridad la imposibilidad de derrotar a este monstruo por métodos puramente militares. ¿Existe una fuerza aún más fuerte y más decidida que el Estado de Israel? Sí, existe esa fuerza. Es la fuerza de las masas, una vez se han organizado y movilizado para luchar. Dos intifadas han demostrado que las masas palestinas están preparadas para luchar heroicamente. Pero en una guerra el coraje no es suficiente para ganar. Son necesarios una estrategia clara y tácticas, y sobre todo buenos generales. En términos revolucionarios esto significa que para ganar, las masas necesitan un programa revolucionario, métodos y tácticas correctas, y una buena dirección. Esto es lo necesario y es lo que falta.

 

Los actuales dirigentes palestinos no ofrecen una alternativa. Algunos de los líderes de Fatah en realidad no les importaría ver a Hamás liquidada. ¡Han culpado a Hamás de la invasión israelí! Esto ha provocado un oleada de repugnancia entre los seguidores corrientes de Fatah y la masa de palestinos de Cisjordania, que están preguntando por qué su máximo líder ha adoptado una posición mientras que están masacrando a sus compatriotas. Arafat, con todos su fallos, no se habría compartido así. Muchos palestinos están sacando la conclusión: «Abbas es un títere de Israel».

 

Hamás espera inspirar a los palestinos en Cisjordania para derrocar a Fatah. No lo han conseguido. Sin embargo, el desacreditado Abbas podría ser, los palestinos no ven a Hamás como una alternativa, aunque algunos jóvenes desesperados podrían girar hacia Hamás. Eso sería una tragedia. Lo que hace falta no es una nueva generación de terroristas suicidas buscando venganza y el martirio, sino la construcción de una alternativa de masas revolucionaria viable.

 

La primera condición para el futuro éxito de la revolución palestina está en el derrocamiento revolucionario de los reaccionarios regímenes burgueses de Egipto, Jordania y Arabia Saudí, y después ajustar cuentas con el reaccionario estado sionista. Todo el mundo árabe está en una situación de fermento. Lo único que falta en la situación es una verdadera dirección revolucionaria defendiendo las ideas básicas del marxismo leninismo. Lo que hace falta es encontrar una salida a esta pesadilla sangrienta.   

 

En el pasado existían poderosos partidos comunistas en el mundo árabe, que pretendían defender el marxismo leninismo, aunque la política estalinista de las dos etapas de la dirección llevó a una derrota tras otra. Desde la caída de la URSS, los viejos partidos comunistas han dejado de existir. Pero hay muchos cuadros revolucionarios que están insatisfechos con las direcciones políticas existentes y buscan una alternativa. Es a estas capas, especialmente a la juventud, a la que nos dirigimos. Esa es la única esperanza para el futuro.

 

Aquellos que consideran que el pueblo de Israel es una masa reaccionaria sólida no comprenden nada. Si ese fuera el caso, entonces el futuro de los palestinos estaría perdido. Pero no es verdad. En más de una ocasión las masas de Israel se han manifestado contra la brutalidad de sus propios imperialistas y en solidaridad con los palestinos. Incluso en este conflicto tenemos los primeros síntomas de protestas en la reciente manifestación contra la guerra en Tel Aviv. En más de una ocasión los trabajadores israelíes han organizado huelgas y huelgas generales. La lucha de clases existe en Israel como en cualquier otro país. Lo que hace falta es intensificarla y cortar la hierba bajo los pies de los sionistas reaccionarios.

 

La victoria de la revolución socialista en un país como Egipto tendría un eco importante dentro de Israel, especialmente si se basa en un programa de internacionalismo leninista.

 

La cuestión palestina es parte de los problemas generales a los que se enfrentan las masas en todo Oriente Medio. La única perspectiva real para resolver el problema es la creación de una Federación Socialista de los pueblos de la región, con total autonomía de los árabes, judíos, judíos y todos los demás pueblos que habitan esta región. La lucha por una Palestina libre y genuinamente democrática se ganará como parte de la revolución socialista internacionalista, sino no se ganará en absoluto.

 

Londres, 8 de enero de 2009.