El 20 de agosto de 1940 la vida de Trotsky se terminó brutalmente cuando un agente estalinista hundió un piolet en su cabeza indefensa. Entre las obras que dejó sin terminar estaba la segunda parte de Stalin. Esta obra es probablemente única en la literatura marxista en el intento de explicar algunos de los acontecimientos más decisivos del siglo XX, no sólo en términos de las transformaciones económicas y sociales que forman una época, sino de la psicología individual de los que aparecen como protagonistas de un gran drama histórico.

 

La relación entre la psicología individual y los procesos históricos proporciona un tema fascinante a los estudiosos de la historia y constituye la base del presente trabajo ¿De dónde resultó Stalin, que comenzó su vida política como un revolucionario y un bolchevique, y terminó como un tirano y un monstruo? ¿Estaba predeterminado, ya sea por factores genéticos o por las condiciones de su infancia?

Hay algunas circunstancias en la vida temprana de Stalin, minuciosamente analizadas por Trotsky, que sugieren ciertas tendencias hacia la sed de venganza, a la envidia y a una vena cruel, incluso sádica. Consideradas de forma aislada, sin embargo, estas tendencias no pueden tener una importancia decisiva. No todo niño que es maltratado por un padre borracho se convierte en un dictador sádico, al igual que no todo artista fracasado, resentido por el rechazo de la sociedad vienesa, se convierte en Adolf Hitler.

Para que este tipo de transformaciones tengan lugar, son necesarios grandes acontecimientos históricos y convulsiones sociales. En el caso de Hitler fue el colapso económico de Alemania tras el desplome de Wall Street, lo que le dio la oportunidad de dirigir un movimiento de masas de la pequeña burguesía arruinada y del lumpenproletariado desclasado. En el caso de Stalin fue el reflujo del movimiento que siguió a la Revolución Rusa, el agotamiento de las masas después de los grandes esfuerzos de la Guerra, la Revolución y la Guerra Civil, y el aislamiento de la revolución en condiciones de atraso y pobreza espantosos, lo que llevó al surgimiento de una burocracia privilegiada.

Los millones de funcionarios que apartaron a los trabajadores se consolidaron como una casta privilegiada. Estos arribistas necesitaban un líder que defendiera sus intereses. Pero este líder tenía que ser un hombre con credenciales revolucionarias –un bolchevique con un pedigrí sólido: «Llegado el momento, llega el hombre». La burocracia soviética encontró su representante en Iosif Djughashvili, conocido por nosotros como Stalin.

A primera vista, Stalin no parecería una elección obvia para ponerse los zapatos de Lenin. Stalin no tenía ninguna ideología que no fuera ganar poder y aferrarse a él. Tenía una tendencia a la sospecha y a la violencia. Era un típico apparatchik –de mente estrecha e ignorante, como la gente cuyos intereses representaba. Los otros dirigentes bolcheviques pasaron años en Europa Occidental y hablaban lenguas extranjeras con fluidez, y participaron personalmente en el movimiento obrero internacional. Stalin no hablaba idiomas extranjeros e incluso hablaba ruso pobremente con un fuerte acento georgiano.

Esta paradoja es explicada por Trotsky. Una época revolucionaria exige dirigentes heroicos, grandes escritores y oradores, pensadores audaces que son capaces de poner en palabras las aspiraciones inconscientes o semiconscientes de las masas para cambiar la sociedad, traduciéndolas en consignas apropiadas. Es una época de gigantes. Sin embargo, un período contrarrevolucionario es un período de reflujo, de retiradas y de desmoralización. Tales periodos no requieren gigantes, sino personas de una estatura mucho menor. Es la edad de los oportunistas, de los conformistas y de los apóstatas.

En tales circunstancias, ya no se requieren visionarios audaces ni individuos heroicos. Gobierna la suprema mediocridad, y Stalin era la mediocridad suprema. Por supuesto, esta definición no agota sus cualidades, de otro modo nunca hubiera tenido éxito en elevarse por encima de las cabezas de personas que eran en todos los aspectos, superiores a él. Él también poseía una voluntad y determinación de hierro, una sed indomable y obstinada por el poder y por el progreso personal, y una habilidad innata en la manipulación de las personas, explotando su lado débil, maniobrando e intrigando.

Tales cualidades en el contexto de una revolución en avance son sólo de importancia de tercera categoría. Pero en el reflujo de la marea de la revolución, pueden ser utilizadas con gran efecto. El modo en que esto se aplica en el caso de Stalin es explicado por Trotsky con una masa de material cuidadosamente ensamblado, sacado tanto de sus archivos personales como de muchas otras fuentes, incluyendo las memorias de bolcheviques, estalinistas, mencheviques y sobre todo de revolucionarios georgianos que conocían al hombre íntimamente.

El papel del individuo

El intento de reducir los grandes acontecimientos históricos a las personalidades individuales es superficial y por lo general refleja una incapacidad para abordar la historia desde un punto de vista científico. El materialismo histórico encuentra el resorte principal de la historia en el desarrollo de las fuerzas productivas. Pero esto de ninguna manera niega el papel del individuo en la historia. Por el contrario, el proceso histórico sólo puede ser expresado a través de la acción de hombres y mujeres.

Descubrir la compleja interacción entre lo particular y lo general, entre las personalidades y los procesos sociales, es una tarea difícil. Pero puede hacerse. Marx se ocupó de este aspecto de manera brillante en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, donde muestra cómo, bajo ciertas circunstancias históricas, una mediocridad, como el hombre llamado por Víctor Hugo Napoléon le Petit (“Napoleón el Pequeño»), puede llegar al poder. El modo preciso en que lo individual interactúa con los procesos objetivos nunca se ha examinado con tanto esfuerzo.

¿Determinó la personalidad de Stalin el destino de la URSS? Es suficiente plantear la pregunta para exponer su completa falsedad. La derrota de la revolución europea significó que el régimen de democracia obrera establecido por la Revolución de Octubre no podía sobrevivir. Una vez que la revolución quedó aislada en condiciones de atraso económico y cultural espantosos, el surgimiento de la burocracia era inevitable, con o sin la presencia de Stalin. Pero se puede decir que la naturaleza particularmente horrible del régimen, sus métodos sádicos y la escala monstruosa del terror fueron determinados en gran medida por el carácter de Stalin, su paranoia y su insaciable sed de venganza.

Stalin es un fascinante estudio de la forma en que el carácter peculiar de un individuo, sus características y psicología personales, interactuaron con los grandes acontecimientos. Por esa misma razón, ha tenido sus detractores. Ha habido muchos intentos de presentar a Stalin como una obra motivada por el deseo de Trotsky de desacreditar a su enemigo del Kremlin, o por lo menos como una explicación en la que los factores de índole personal o psicológico se prestan a un estudio objetivo imposible. Tal juicio superficial hace una grave injusticia al autor. Trotsky ya se anticipó a estas críticas cuando escribió:

«El tema en el que ahora me ocupo es único. Por lo tanto, siento que tengo el derecho de decir que nunca he contemplado un sentimiento de odio hacia Stalin. En ciertos círculos se ha dicho y escrito mucho sobre mi supuesto odio a Stalin que al parecer me llena de juicios sombríos y problemáticos. Sólo puedo encogerme de hombros en respuesta a todo esto. Nuestros caminos se han dividido hace tanto tiempo que cualquier relación personal que hubiera entre nosotros hace ya mucho tiempo se ha extinguido por completo. Por mi parte, y en la medida que yo sea la herramienta de fuerzas históricas que me son ajenas y hostiles, mis sentimientos personales hacia Stalin son indistinguibles de mis sentimientos hacia Hitler o el Mikado japonés». (Stalin, de la presente edición, Capítulo 14: «La reacción termidoriana”; sección: “La venganza de la historia»)

Es característico de los historiadores académicos ocultarse detrás de una fachada de lo que se supone que es la imparcialidad. Pero, de hecho, todo historiador escribe desde un punto de vista particular. Esto es particularmente evidente en las historias de la Revolución Rusa – o incluso de la Revolución Francesa, para el caso. Como prueba de esto podemos señalar la inundación de libros ‘instruidos’ sobre la Revolución Rusa que se producen cada año, especialmente desde la caída de la Unión Soviética, que pretenden aportar la prueba irrefutable de que Lenin y Trotsky eran monstruos sedientos de sangre y que la Unión Soviética no logró nada, excepto la KGB y el Gulag.

No hay más que arañar la superficie para que se deslice la máscara de la objetividad académica, revelando las feas características retorcidas de un fanático anticomunista. En contraste con la hipócrita pseudo-objetividad de los historiadores académicos, Trotsky se aproxima a la cuestión de la contrarrevolución estalinista como un marxista y un revolucionario ¿Existe una contradicción entre tener un interés apasionado por cambiar la sociedad y, al mismo tiempo ser capaz de una valoración objetiva de los acontecimientos históricos y del papel de los individuos en el proceso histórico? Dejemos a Trotsky responder por sí mismo:

«A los ojos de un filisteo un punto de vista revolucionario es prácticamente equivalente a una ausencia de objetividad científica. Creemos todo lo contrario: solamente un revolucionario –siempre, claro está, que esté equipado con el método científico– es capaz de poner al descubierto la dinámica objetiva de la revolución. La aprehensión del pensamiento en general no es contemplativa, sino activa. El elemento de la voluntad es indispensable para penetrar en los secretos de la naturaleza y de la sociedad. Del mismo modo que un cirujano, de cuyo bisturí depende una vida humana, distingue con sumo cuidado entre los diferentes tejidos de un organismo, un revolucionario, si tiene una actitud seria hacia su tarea, está obligado con toda conciencia a analizar la estructura de la sociedad, sus funciones y sus reflejos». (Trotsky, La revolución china. 1938)

Acerca de la nueva edición

Nadie puede afirmar que haya producido la edición definitiva de Stalin. Era una obra inacabada el día del asesinato de Trotsky y permanecerá inacabada para siempre. Lo que sí podemos decir sin temor a la contradicción es que esta es la versión más completa del libro que se haya publicado nunca.

Ha habido otras ediciones del libro, que nunca han sido satisfactorias, y algunas fueron incluso engañosas. Para la preparación de este proyecto, comparamos las traducciones de otras versiones, todas las cuales eran inadecuadas de diferentes maneras. Hemos reunido todo el material que estaba disponible a partir de los archivos de Trotsky en inglés y lo hemos complementado con material adicional en ruso.

La nueva edición contiene unas 86.000 palabras adicionales. Esto supone un incremento de, aproximadamente, el treinta por ciento sobre el libro en su conjunto. Pero en la segunda parte, donde se encuentra casi todo el material nuevo, el texto ha sido aumentado en, aproximadamente, un noventa por ciento.

Si Trotsky hubiera vivido, está muy claro que él habría producido una obra infinitamente mejor. Él habría hecho una rigurosa selección del material bruto. Como un escultor consumado, lo habría pulido y vuelto a pulir, hasta que alcanzara las alturas deslumbrantes de una obra de arte. No podemos esperar alcanzar tales alturas. No sabemos qué material habría seleccionado o rechazado el gran hombre. Sin embargo, sentimos que estamos bajo una obligación histórica, al menos de poner a disposición del mundo todo el material que está disponible para nosotros.

A pesar de todas las dificultades, este trabajo ha sido de un gran valor educativo. Hemos encontrado en muchas piezas que fueron desechadas como cosas sin ningún interés, una visión fascinante del pensamiento de Trotsky. Igual que los últimos trabajos de Marx, Engels y Lenin, los escritos de los últimos años de Trotsky son el producto de una mente madura que era capaz de disponer de toda una vida de rica experiencia. De particular interés son sus observaciones acerca de la dialéctica y de la teoría marxista en el Apéndice ‘Stalin como teórico’, los cuales, en la medida que yo sepa, nunca han sido publicados antes.

Al poner a disposición por primera vez de una gran cantidad de material que fue excluido arbitrariamente de Stalin y escondido en cajas polvorientas durante tres cuartos de siglo, estamos descargando una deuda con un gran revolucionario, y proporcionando al mismo tiempo una gran cantidad de material nuevo y valioso para la nueva generación que está luchando por encontrar las ideas y el programa para cambiar el mundo. Este es el único monumento que él hubiera querido.