A continuación publicamos una entrevista realizada por el camarada Cristofer García del Comité Editorial de Lucha de Clases, al periodista marxista argentino Demian paredes, sobre la reciente premiación a Bob Dylan con el Nobel de literatura.  

¿Por qué el Nobel de Literatura a Bob Dylan?

Creo que le dieron el premio por dos razones, una más evidente, y la otra, no-explícita. La primera, la que llamo evidente, tiene que ver con la trayectoria y calidad artística (y “letrística”) de Bob Dylan: 67 discos (con músicas y letras –podríamos decir– inmortales, como “Blowin in theWind”, “Like a Rolling Sonte”, “ThingsHaveChanged”, “A HardRain’s a-GonnaFall”, “Masters of War”, “Tombstone Blues”, “Knockin’ onheaven’sdoor”…), algunos libros (como el experimental Tarántula, y su primer volumen autobiográfico Crónicas), la actuación y las pinturas, y una historia que comienza, en la década de 1960, con la crisis (interna) del imperialismo yanqui con la Guerra de Vietnam, y el surgimiento de distintos movimientos contraculturales, contestatarios, de los que el mismo Dylan fue parte (desde la canción de protesta, la fusión del folk con el rock y con el country, hasta sus lazos e influencias con la llamada “generación beat”, de escritores y poetas). Como fue anunciado públicamente, se le dio el premio, específicamente, “Por crear nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción [norte]americana”.

La otra cuestión, la segunda a analizar, viniendo el premio de la Academia Sueca (en este caso de un comité de 18 personas, que además guarda cada acta de discusión, votos y fundamentos por 50 años), es la significación política, o político-ideológica, que tiene el premio en sí: suele ser un reconocimiento artístico, a lo que se suma alguna expresión de lo llamado “políticamente correcto”, dentro de la situación internacional dada cada año. Generalmente, el Premio Nobel termina siendo así un “llamado de atención” al trabajo de algún artista en particular, pero, más en general, a las cuestiones que atañen a un país o región, desde un punto de vista que excede lo artístico o cultural (entendido esto en sentido amplio): hablo de lo geopolítico. Así como hace unos años se lo dieron a Mo-Yan (reconociendo en este personaje, un académico militar maoísta, el peso creciente de China –un ex Estado obrero reconvertido al capitalismo– en la arena mundial), o el año pasado a la bielorrusa Svetlana Aleksiévich (una periodista y cronista que recopiló “las voces de Chérnobil” y de otros conflictos militares), el Nobel a Dylan probablemente signifique que hay que mirar a los Estados Unidos, quienes actualmente están dirimiendo la presidencia entre Donald Trump y Hillary Clinton, en el marco de una crisis económica internacional, y con una situación de crisis y movilizaciones dentro de EEUU por parte de diferentes sectores (como en su momento la juventud con Ocuppy Wall Street, o más recientemente las comunidades negras, bajo el lema Black Live Matters).

Dicho esto, seguramente valga la pena mencionar, a modo de “datos biográficos”, que Dylan, que comenzó tocando en los festivales juveniles en la década de 1960, en el auge de los movimientos sociales y civiles contra el propio imperialismo yanqui, terminó, en esta última etapa de su carrera (y vida), realizando un concierto en 1997 para Juan Pablo II, y recibiendo hace muy poco, de manos de otro premio Nobel (en este caso el –supuestamente– “de la Paz”), el presidente Obama, la llamada “medalla de la libertad”. Del mismo modo, para graficar ese camino biográfico que va de los festivales populares a los salones de las instituciones (contrarrevolucionarias) establecidas y consagradas –el Vaticano, la Casa Blanca–, pasando además por la autorización (venta) de su músicas y canciones para publicidades de bancos o automóviles, se pueden leer las incomodidades que dice haber pasado Dylan en su autobiografía, por haber sido sindicado masivamente, en las décadas de 1960 y 70, como “ídolo popular”, “de la juventud”, “antiguerra”, etc.

¿Qué significa que un músico haya ganado el Nobel?

En primer lugar significa que los integrantes de la Academia sueca no instauraron –hasta el momento– una categoría de premio Nobel para la música. En segundo lugar, significa que –tal vez como tantas otras cosas en la vida– las artes no pueden reducirse, constreñirse o acomodarse a un compartimento estanco, a una sola categoría o “rama” del arte. En muchos casos son disciplinas y obras que están cruzadas, que se influencian mutuamente, y lo lírico alude (históricamente) tanto a la poesía como a la música. En este sentido –y aunque no le haya gustado esta premiación a otro Nobel de Literatura, a Vargas Llosa, quien no tuvo mejor idea que decir, muy pobremente, a modo de “crítica”, que el año próximo el premio podría ir… a un futbolista–, Dylan es uno de los tantos artistas que no se restringieron en sus actividades, realizando o priorizando una sola: el músico nacido en Minnesota ha pintado, ha escrito, ha compuesto y cantado, y su talento ya le había valido varios premios: el Príncipe de Asturias de las Artes en 2007, y el Pulitzer en 2008, además de un “Óscar musical”. Solo para no hacer una larga lista, creo que se puede mencionar a Leonard Cohen (quien además de sacar discos publicó libros con poemas, y dos novelas), a Joni Mitchell (la gran cantautora norteamericana que además pinta cuadros), al brasileño Vinicius de Moraes (el ex diplomático devenido en poeta y gran compositor de la Música Popular Brasileña) o a Laurie Anderson (cuya combinación de letras, músicas, luces e imágenes es única). Menciono todos artistas –a modo de ejemplo– cuyas obras son difíciles de encasillar en un solo “rubro” (o “estilo”), tal como podría mencionarse también a la “poesía concreta” del Brasil, donde sus creadores, hasta la actualidad, como Augusto de Campos (quien realiza “shows multimedia”), no se limitaron a escribir sobre el papel e hicieron de la ciudad y los lugares públicos “soportes” de sus creaciones poéticas (lo verbi-voco-visual joyceano).

¿Es el fin de la literatura?

Esta pregunta tal vez podamos pensarla desde dos ángulos, reformulada, incorporando un elemento que la haga más explícita: hablamos de si, con este premio Nobel a un cantante, se terminaron los premios a los literatos “puros” (es decir, a los artistas que se dedican a la creación escrita); la respuesta, para mí, es no. Y al contrario: no solo se escucharán más los discos de Dylan a partir de este premiación y posterior discusión (masiva) en todos los medios (como ya fue noticia: en apenas 24 horas el servicio de música Spotify tuvo más de un 500 % de aumento en las escuchas de canciones de Dylan), sino que también se irá –muy posiblemente– a buscar sus libros, tanto los de sus propios escritos, como los que compilan sus letras (transformadas así en “poemas”, para leer en papel), y las biografías y análisis de otros autores. Es decir que la premiación puede fomentar la lectura (por lo tanto, la lectura como práctica), tanto de Dylan como de otros autores y libros relacionados a él (desde Dylan Thomas, el poeta que sirvió de inspiración para el nombre artístico que adoptó Robert Allen Zimmerman –nuestro actual premiado–, pasando por los beatniks como Gregory Corso, Jack Kerouac y Allen Gingsberg… hasta William Blake, el poeta “dark” que fue mencionado por la secretaria del premio Nobel que anunció al ganador de este año).

Por otra parte, si la pregunta la pensamos más ampliamente –aun apartándonos un poco del tema en cuestión–, acerca de si, además de las decisiones de los premios Nobel (entregando premios a una periodista, o a un músico), el mundo contemporáneo estaría presenciando alguna clase de “fin de la literatura” (por el renovado auge de lo audiovisual y del “mundo de la imagen”, los celulares con cámaras fotográficas, etc.), para este caso también mi respuesta es negativa.

Tratando de decirlo brevemente: la literatura, como parte de los discursos (y objetos) que circulan públicamente, goza –pese a todo– de buena salud. Y no sólo gracias a la tecnología y a una nueva “puesta al día” como con el “libro electrónico”, o el nuevo impulso, en este caso audiovisual, que le dan al libro y a la lectura los jóvenes llamados booktubers. La literatura sigue gozando de prestigio social, de cierto reconocimiento, y –lo más importante, lo fundamental– satisface una profunda necesidad humana. Que haya, entre autores y lectores, diversos espacios e instituciones que favorecen o condicionan sus prácticas (monopolios y mercados, rol de editoriales medianas y pequeñas, la prensa, etc. En una palabra, la industria cultural –o si se prefiere, anticultural– del siglo XXI), es otro asunto a desarrollar, criticar y discutir; lo mismo en lo que respecta a qué se lee (y para qué, y cómo).

En cualquier caso, la premiación a Bob Dylan, con todas las discusiones que ya trajo, no puede provocar nada malo a lo que llamamos literatura, sino, más bien, contribuir a pensarla. Al igual que todos los otros aspectos concomitantes (políticos, ideológicos, etc.) que planteamos.

¿Qué conlleva ser galardonado con una distinción avalada por la sociedad actual?

No sé cuán avalada está esta distinción o galardón por parte de la sociedad –una sociedad “mundializada”, dividida en clases sociales y una multiplicidad de estamentos (y temperamentos, “educación”, gustos, preferencias, etc.)–, pero es evidente que, una vez más, la adjudicación del Premio Nobel, en este caso, el de literatura, ha traído mucha discusión pública. Tanta, como en su momento el Premio de la Paz para Obama –una carta del imperialista Partido Demócrata, para gobernar y mantener los planes de “guerra contra el terrorismo” del complejo militar-industrial y los Republicanos–, o ahora para el colombiano Manuel Santos –un presidente delfín de Uribe; dos pro-imperialistas que han llevado durante varios lustros una guerra contra las FARC y sectores de campesinos rebeldes, luchadores–. En todo caso, el premio de la Academia sueca, como ya dije, tiene motivos políticos, e ideológicos, dentro del campo de lo “políticamente correcto”, en este caso, desde el terreno de “la cultura”.

¿Cuándo reconocerán a los lectores?

El tema pasaría por pensar el“reconocimiento” por parte de quién, y para qué. Creo que si el escritor, el poeta, el artista, crean sus obras, es, en parte, en (un) reconocimiento al lector (o a algún/a otro/a). O, al menos, a la misma actividad lectora (y/o de “consumo” y disfrute del arte). Y si hablamos de instituciones, no conozco si en el presente hay premiaciones “por fruición”; por asistir a un concierto de música o por estar algunos minutos (u horas) frente a un cuadro. Sí, en otras épocas, la pedagogía incluyó cierto nivel de competición (y competencia), sin que me parezca algo digno de encomio: “olimpíadas de matemáticas”, competencias de memorización de palabras (u obras o fragmentos de literatura y poesía), “lectura veloz”, etc. Y todo ello, que podía llevar a cierto nivel de reconocimiento (institucional –en este caso, la escuela, el sistema educativo–), es sin embargo dudoso en cuanto a sus efectos benéficos, por así decir. Y si hablamos de “públicos”, creo que este es un concepto que puede derivar en la mera acepción comercial, de receptáculo pasivo del arte, cuando no directamente del “público consumidor” al que le ofrecen inventos tipo best-sellers, etc.

Dicho esto, creo que el “universo” o “mundo” lector puede ser tan variado o amplio como cantidad de sujetos haya –haciendo por un momento abstracción de elementos condicionantes, estructurantes, previos y presentes:instituciones actuantes, historias y orígenes sociales, elementos familiares, personales, etc.–, y de ahí la importancia de la autonomía de cada sujeto, de su voluntad y decisión consciente en una búsqueda por conocer, por abrirse a comprender una cantidad de cosas que se produce en el campo cultural, artístico, literario, poético, etc. Como ya dije, piense o no el artista – y produzca o no– conscientemente para el público, cada sujeto que lo compone está, implícitamente, podríamos decir, “reconocido” dentro de los circuitos de la cultura y la creación artística (entendiendo desde este ángulo el arte y la cultura como una comunicación, como un mensaje o un intento de búsqueda de alguna significación en común). Y de hecho es parte fundamental de la “decodificación” (lectura, apreciación, comprensión diferida, etc.) de la obra “X”, a la que en determinado momento accede.

¿Qué implica rechazar o no un Nobel?

El rechazo puede implicar una postura “de vanguardia”, anti-sistema o anti-institucional. Hubo algunos (pocos) casos en la historia, aunque muy conocidos, como el del escritor Jean-Paul Sartre (quien lo rechazó por provenir de una institución de la sociedad burguesa, según dijo; y al igual que rechazaría, como también dijo, un Premio Lenin por parte del estalinismo –buscando así, en medio de la Guerra Fría cierta posición de “independencia”–), y habrá que ver, en este caso concreto de Bob Dylan, qué hará, habida cuenta de la enorme discusión que se abrió. Por el momento, se sabe que no atendió los llamados ni se comunicó con la Academia sueca, y que ya hizo algún recital y no hizo referencia a la premiación. También, se recordó en la prensa que, en su momento, cuando Dylan recibió el Premio Príncipe de Asturias, no pudo ir a recibir el premio, y nunca fue a buscar la correspondiente estatua de Joan Miró, aunque luego aceptó el depósito del premio: 50.000 euros. ¿Qué pasará con Dylan? ¿Dirá algo respecto a su derecho (o no) a ser reconocido dentro del campo de la literatura? Si asiste a la ceremonia y da un discurso, lo sabremos, recién, el 10 de diciembre, la fecha de entrega de las premiaciones.

Demian Paredes (Chubut, 1978) es periodista cultural, crítico, editor y bloguero argentino. Sus trabajos han aparecido en distintas publicaciones culturales, académicas y políticas. Participó en la edición devarios volúmenes de las Obras escogidas de León Trotsky, así como también en otros trabajos de marxistas clásicos (Lenin, Rosa Luxemburg), publicados porEdiciones IPS y el CEIP “León Trotsky”. Un ensayo suyo, “Libros y temáticas: visiones y versiones de la dictadura”, aparecerá en el próximo y último volumen de la Historia crítica de la literatura argentina (una obradirigida por Noé Jitrik), intitulado “Una literatura en aflicción”.

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