No sé quién eres, ni cuál es tu nombre.

Desconozco qué vientre te proyectó

entre furia, dolor y esperanza,

a este mundo

gris y desgarrado,

de amos y esclavos.

Ignoro,

si quizás tu madre fue violada,

o si te concibió

cuando era apenas una niña

pobre y descalza.

Quizás,

como yo,

no conociste a tu padre,

pues,

entre los harapientos de este planeta

muchos hemos tenido progenitor,

pero fuimos condenados a ser huérfanos de padre

para toda la vida.

Tal vez,

tu madre se prostituyó para darte de comer,

o tu padre se vio forzado,

entre cólera y desdicha,

a arrancar de las manos el sustento a otros

para llevarlo a tu boca.

También,

seguramente alguno de ellos

se fue un día a la huelga,

para luchar por nuestro pan de hoy

y de mañana,

pero también por nuestra dignidad,

y nuestras rosas.

No sé dónde naciste,

dónde te criaste,

ni dónde has vivido.

Es posible que hayas crecido

en un ranchito de Dharavi,

donde viven los verdaderos intocables de este mundo;

o en una barraca en Nyanga,

donde los negros siguen siendo esclavos,

aunque ahora gozan del derecho al voto

y al hambre gratuita.

Quién sabe, si eres de Harlem, de Petare,

de Newham o de Secondigliano,

o de cualquiera de los millares de barrios pobres

que atestan este mundo, 

tristemente alegre

e infausto.

Posiblemente

-digo posiblemente,

porque en realidad lo desconozco-,

seas de color amarillo,

rojo,

negro,

rosado o blanco,

o de cualquiera de las extraordinarias tonalidades

con las que el dios de Espinoza,

pintó ese singular lienzo humano

al que hemos bautizado por piel.

Al final,

nuestra raza es una sola

e incluso, nuestra familia,

es una única e indivisible.

Las fronteras geográficas que nos dividen

en realidad no existen.

Sólo las fronteras sociales son reales,

y deben ser abolidas

más temprano que tarde.

Así pues,

no te he conocido aún,

no sé cómo te llamas

ni de dónde vienes,

qué maravillosa lengua hablas,

o ante qué criatura mágica y antropomorfa

oras por las noches,

para sentirte abrazado

y humano,

patéticamente humano,

en un mundo embarrado de inhumanidad

y barbarie.

Lo único que sé

es que somos de la misma raza,

de la raza que está obligada a vender su fuerza de trabajo,

a vender su sudor,

su sangre,

y hasta su sexo y su alma

por unos cuantos centavos,

o a veces, con suerte, quién sabe,

-yo no lo sé-,

por unos cuantos miles de billetes verdes.

Pero la diferencia entre centavos y miles

está simplemente en el tamaño del grillete,

porque igual

seguimos siendo todos

siervos y esclavos.

Nuestra familia es grande y numerosa,

poderosa

como un gigante aún dormido.

Noble,

como los árboles que pueblan el bosque,

y a veces

-lo cual es crucial

en esta vida de luchas-,

sísmica y salvaje,

como el volcán.

Somos de la familia

de los que venden su vida,

para que otros la tomen

y la expriman,

como en una máquina de fabricar carne molida,

a fin de sacarles toda la belleza

y toda la humanidad

allí contenidas,

para así poder,

con ellas,

construirse descomunales castillos

y estrambóticos palacios,

carros lujosos y

banquetes estrafalarios.

No me conoces, pues,

y quizás no nos veamos nunca en persona,

pero tengo la certeza

absoluta, como la dialéctica,

que tú y yo somos hermanos.

Somos de una misma familia,

el proletariado.

La misma infame cadena

a todos nuestros tobillos lacera

hasta que no pueden sangrar más,

y las mismas amargas cicatrices

de burgueses latigazos,

recorren nuestra espalda de polo a polo.

Esas son nuestras marcas de familia.

Claro que hay quiénes

nos quieren mantener distantes e ignaros,

ciegos y enajenados.

No quieren que sepamos,

que todos y todas somos de la misma familia,

la familia del 99 %

y de los 7500 millones de hermanas y hermanos.

Porque el día en que todas y todos lo sepamos

no quedará piedra sobre piedra,

de su sociedad de tiranos

y de subyugados.

Así que,

hermano mío,

hermana mía,

nunca más lo olvides.

Aunque tus manos encalladas sangren

de fatiga y de tormento,

aunque la mina se muestre sombría y pavorosa,

aunque el vaho infernal del metalúrgico horno

queme con rabia tu rostro,

aunque tu patrón exhale odio sobre tu espalda,

orgullosamente proletaria,

aunque nos vayamos a la cama

con el recuerdo de la miseria golpeando nuestros vientres,

aunque sintamos que nuestro desgraciado cráneo

no aguanta más porrazos del amo,

aunque sintamos,

que a nuestra alma se le acaban las fuerzas

para llegar hasta el final de esta jornada,

eternamente funesta,

o aunque nos separen escasos metros

o miles de kilómetros,

aunque tú estés en Moscú, o en Jakarta,

y yo en El Cairo, o en Caracas,

tú y yo

-nunca más lo olvides-,

todas nosotras

y todos nosotros,

somos hermanos.

A WR, proletaria consecuente y camarada ejemplar; y a todos los trabajadores del mundo. No importa donde estemos, somos una misma y única clase.

Caracas, 18 de enero de 2021.