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En un momento en que la Revolución cubana se enfrenta a grandes peligros, se está abriendo un debate serio en las filas de los comunistas cubanos. Por lo tanto, la conferencia marxista organizada por el grupo de estudio “Cuba y la Sociedad” bajo los auspicios del Instituto de Filosofía de La Habana en noviembre de 2010 para discutir el socialismo en el siglo XXI en el período precongresual del Partido, asume una importancia particular. Entre los pocos extranjeros invitados a participar en este evento se encuentra el editor de Marxist.com, Alan Woods, cuyo último libro Reformismo o Revolución, ha atraído un gran interés en Cuba. Publicamos hoy el texto presentado por el camarada Woods a la conferencia.

Ver también los primeros reportajes de la gira de Alan Woods por Cuba: Radio Habana Cuba, TV Camagüey, Radio Santa Cruz.

La época en que vivimos

En la primera década del siglo XXI, la humanidad se encuentra en una encrucijada. Por una parte, los avances de la ciencia, la tecnología y la industria abren el camino a un futuro deslumbrante de prosperidad, bienestar social y avance cultural sin límites. Por otra, la propia existencia de la raza humana se ve amenazada por la devastación del planeta en nombre de los beneficios. Millones de personas viven en la pobreza al borde de la inanición. En un país tras otro aparecen elementos de barbarie. El futuro del planeta está amenazado por la degradación ecológica global.

La caída de la Unión Soviética dio luz verde a una ofensiva ideológica sin precedentes contra las ideas del socialismo. El colapso de las economías planificadas bajo control burocrático del Este se presentó como la prueba definitiva del fracaso del “comunismo” y, por supuesto, de las ideas de Marx. Los defensores del capitalismo vieron en la caída de la Unión Soviética la demostración de que su sistema era el único posible.

Hace veinte años, la clase dominante estaba eufórica después de la caída del Muro de Berlín. Soñaban con un Nuevo Orden Mundial basado en la paz y la prosperidad. Se imaginaron que el actual auge económico temporal significaba no sólo un retorno a los días de su juventud, sino también a la abolición de todas las crisis. Prometieron un mundo de paz y prosperidad, un nuevo paradigma de crecimiento económico ininterrumpido.

Estas ilusiones se hicieron añicos rápidamente. Hoy no queda piedra sobre piedra de los sueños de la burguesía. Todas esas promesas han demostrado ser falsas. La actual crisis del capitalismo es probablemente la más grave en toda su historia. Las enormes deudas de los bancos se han convertido en enormes deudas de los gobiernos. La enormidad del endeudamiento, que pesa como una losa sobre la economía mundial, impide la recuperación.

¿Nuevas ideas?

En la batalla ideológica en defensa del marxismo, tenemos que hacer frente a todo tipo de ataques. Hay ataques frontales que proceden directamente de la burguesía y sus ideólogos. Este tipo de crítica es la más fácil de detectar y contestar. Pero hay otro tipo de ataque que es un poco más difícil de abordar, porque aparece disfrazado como una crítica amistosa que no propone abolir el marxismo sino solamente introducir unos pocos cambios para “ponerlo al día”.

Lamentablemente, esta campaña de la burguesía ha encontrado un eco en las filas del movimiento comunista. El colapso de la URSS ha provocado un período de tremenda confusión y desorientación en el movimiento comunista mundial. La caída de la URSS ha tenido consecuencias muy nefastas. Muchos antiguos comunistas abandonaron el marxismo. Durante dos décadas, se ha insistido de una forma persistente sobre la necesidad de superar el marxismo y «adaptarlo» a las «nuevas circunstancias» del momento histórico actual.

Después del hundimiento de la Unión Soviética, ha habido un fermento de discusión dentro de la izquierda a escala mundial. El ignominioso fracaso del estalinismo y la contraofensiva ideológica sin precedentes de la burguesía en contra del socialismo, ha llevado a algunos a la conclusión de que las «viejas ideas del marxismo» (el socialismo científico) ya no son válidas, y que es necesario inventar algo nuevo y original.

En Venezuela el debate sobre el socialismo se está desarrollando no en los estrechos círculos intelectuales sino en cada parada de autobús, fábrica y mercado. Pero cuando Hugo Chávez planteó la cuestión del socialismo, en seguida todo tipo de intelectuales reformistas y pseudo-académicos se apresuraron a intentar confundir el tema. A estos individuos les faltó tiempo para explicar que las ideas de Marx, Engels y Lenin estaban anticuadas, pasadas de moda y que era necesario desarrollar «ideas nuevas».

Heinz Dieterich, el representante más destacado de esta tendencia, nos prometió una versión totalmente nueva del socialismo, «el socialismo del siglo XXI». Esta idea tiene una gran ventaja con respecto a otras ideas: nadie tiene la más mínima idea de lo que significa. Es una botella vacía que se puede llenar con cualquier contenido.

Increíblemente, las ideas defendidas por Dieterich, como la necesidad de formar un nuevo bloque regional latinoamericano para competir con EEUU, o la formulación teórica del «Socialismo del siglo XXI» abandonando la idea de la nacionalización de los medios de producción, el control obrero y la democracia obrera, han encontrado un cierto eco en la izquierda venezolana y en otros países de América Latina. Este hecho demuestra cuán lejos ha ido el proceso de deterioro de la izquierda y la pobreza de su nivel teórico.

Estamos ante una versión modernizada de las viejas ideas del reformismo. En mi libro, Reformismo o Revolución, he demostrado que no hay nada nuevo en el «Socialismo del siglo XXI». Aquí no encontramos ni una sola idea nueva, sino sólo una repetición bastante pobre de las viejas ideas acientíficas de los socialistas utópicos como Proudhon y Robert Owen que ya hace mucho tiempo fueron respondidas por Marx y Engels.

Los escritos de Dieterich simplemente repiten las viejas ideas pre-marxistas de los socialistas utópicos y las presenta como nuevas, una forma de «socialismo» sin lucha de clases y sin necesidad de expropiar al capitalismo. Las ideas de los socialistas utópicos realmente iban por delante de su época y merecen todo nuestro respeto. Su limitación fue la de no ser capaces de comprender el papel de la lucha de clases, aunque hay que tener en cuenta que en aquella época la clase obrera apenas se había desarrollado. No hay excusas para que gente como Heinz Dieterich repita estas ideas hoy, después de más de dos siglos de desarrollo del movimiento de la clase obrera. No es la primera vez que hemos visto semejantes cosas. Los revisionistas del siglo XXI no hacen más que repetir los mismos argumentos defendidos hace mucho tiempo por Bernstein y Kautsky, aunque estos últimos lo hicieron de una forma mucho más interesante e inteligente.

Bajo una bandera falsa

Toda esta charlatanería sobre «ideas enteramente nuevas y originales» resulta superficialmente atractiva. Después de todo, ¿quién no preferiría un bonito coche nuevo o un ordenador último modelo en lugar del modelo del año pasado? Pero en realidad, la analogía es falsa y contradice nuestra experiencia. Lo nuevo no es necesariamente mejor en todos los casos, tampoco algo por ser viejo es necesariamente malo. Un coche o un ordenador nuevos que no funcionen son peores que unos viejos que sí lo hagan.

La rueda es una invención bastante vieja, pero después de miles de años sigue funcionando bastante bien. ¿Qué deberíamos pensar de alguien que nos pide que abandonemos la rueda (porque es vieja) y busquemos una rueda del siglo XXI? ¿Qué tipo de rueda sería ésta? ¿Triangular, quizás cuadrada? Cualquiera que sea la forma que tome, estamos convencidos de que no nos llevará un solo paso más lejos.

Las distorsiones y manipulaciones del pensamiento socialista se realizan desde diferentes frentes. Increíblemente, hay comunistas que insisten que es posible mantener el comunismo mientras en la práctica defienden el capitalismo.

Para ocultar el carácter netamente reaccionario de estas teorías, se intenta disfrazarlas con una verborrea académica, con un lenguaje oscurantista que es tan impenetrable como una selva tropical. Los escritos de Marx y Engels son tan claros porque tienen un mensaje socialista claro. Marx y Engels escribieron en un lenguaje maravillosamente simple porque estaban escribiendo para los obreros, y cualquier obrero de inteligencia media puede entender sus escritos. Esto no es una casualidad. Un buen escritor es aquel que sabe cómo convertir ideas complejas en simples, mientras que un mal escritor sólo sabe cómo convertir ideas simples en complicadas.

El motivo por el que estos libros son tan difíciles de leer no es porque tengan un contenido profundo, sino justamente por lo contrario. Aquí, la falta absoluta de contenido se ve generosamente compensada por una riqueza de lenguaje complicado, vocabulario oscuro y un auténtico laberinto de enredada sintaxis. Sobre este tipo de cosas el viejo Hegel comentó en una ocasión: “De la misma manera que hay una anchura que está vacía, también hay una profundidad que está vacía”. Estas palabras expresan todo lo que es necesario decir sobre el tema.

Venezuela y Cuba

Uno de los argumentos de Dieterich es el supuesto «bajo nivel de conciencia de la clase obrera». Es imposible escuchar estos argumentos sin un profundo sentido de indignación. En Venezuela, durante la última década, las masas han demostrado una y otra vez su alto nivel de conciencia. Salvaron la revolución el 13 de abril de 2002 cuando las masas salieron, sin dirección ni partido, para derrotar el golpe de Estado reaccionario organizado por los dueños de los bancos, la industria y la tierra, junto con los generales reaccionarios, la Iglesia y el imperialismo. Y posteriormente, salvaron la situación durante el paro patronal petrolero y en el referéndum revocatorio.

El 13 de abril de 2002, la oligarquía reaccionaria huyó como ratas y no hubo ninguna fuerza en Venezuela dispuesta a defender el viejo orden. Una sola palabra de Chávez y la expropiación de la clase dominante podía haberse realizado de una manera pacífica. Lamentablemente, esta palabra nunca llegó. Pero esto no es un problema de la falta de conciencia del pueblo, sino de la falta de un partido revolucionario con una dirección revolucionaria.

Uno de los principales peligros que afronta en este momento la revolución venezolana es el de no dar los pasos decisivos para llevar el proceso revolucionario hasta el final, expropiando a la oligarquía y al imperialismo, con la finalidad de construir una economía planificada bajo control de los trabajadores. No es posible hablar de socialismo en Venezuela a menos que se acabe de una vez por todas con el poder económico de la oligarquía.

Los reformistas creen que es posible llegar al socialismo sin nacionalizaciones, sin revolución, sin lucha de clases. Esta es una idea muy peligrosa. Los reformistas afirman que la revolución no debe traspasar los límites de la propiedad privada de la gran burguesía, que en lugar de la expropiación de las palancas fundamentales de la economía se debe fomentar las pequeñas cooperativas, que en lugar de la economía planificada se debe implementar el modelo keynesiano, en fin, que la revolución se debe detener a medio camino. Pero toda la historia demuestra que no se puede hacer una revolución a medias.

La lección más importante de la Revolución cubana es que la burguesía y el imperialismo sólo pueden ser derrotados sobre la base de la expropiación de las fuerzas productivas. Sin una economía nacionalizada y planificada, la Revolución Cubana nunca podría haber logrado lo que hizo. La llamada burguesía nacional en Cuba era incapaz de jugar un papel progresista. Y lo mismo puede decirse de las burguesías de Venezuela, de Bolivia y de todo el continente de América Latina.

La burguesía de América Latina ha tenido dos siglos para mostrar lo que puede hacer, y todo lo que ha logrado es desperdiciar el colosal potencial productivo del continente. Che Guevara lo señaló hace mucho tiempo, cuando dijo: «…las burguesías autóctonas han perdido toda su capacidad de oposición al imperialismo –si alguna vez la tuvieron– y sólo forman su furgón de cola. No hay más cambios que hacer: o revolución socialista o caricatura de revolución». (Ernesto «Che» Guevara, Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental.)

Negarse a llevar a cabo la revolución socialista en Venezuela, negarse a expropiar a la oligarquía, sería precisamente una caricatura de una revolución. Estaría condenado al fracaso. Al fin y al cabo, la alternativa es el triunfo de la revolución o la contrarrevolución. La derrota de la revolución venezolana tendría consecuencias muy graves para América Latina en general, y para Cuba muy en particular. En última instancia, la única manera de preservar la Revolución cubana es rompiendo su aislamiento mediante la extensión de la revolución socialista a través de América Latina, una idea por la que luchó y murió Che Guevara.

Fracaso de la ideología burguesa

Todas las teorías de la economía política burguesa se han echado por tierra a raíz de la crisis de 2007-08 –una crisis que, según estas teorías, jamás tenía que haber ocurrido–. Para mostrar la confusión total de los economistas burgueses, baste con tomar nota de sus observaciones desesperadas en los últimos meses. Las mismas personas que imaginaban que sus modelos elaborados podían predecir con exactitud matemática el comportamiento de la economía capitalista mundial, y que predijeron con la más absoluta confianza la imposibilidad de otra caída, ahora se dan golpes de pecho en público.

La total incapacidad de los economistas burgueses para explicar cualquier cosa es clara. Lo dicen ellos mismos. Barry Eichengreen, un historiador económico norteamericano destacado y economista en la Universidad de California, Berkeley, escribe: «La crisis ha puesto en duda gran parte de lo que pensábamos acerca de la economía». (The National Interest, 27 octubre, 2010.)

Paul Krugman, que recibió el Premio Nobel de Economía en 2008, dijo en un discurso en la London School of Economics en junio de 2010: «Durante los últimos treinta años la teoría macroeconómica ha sido espectacularmente inútil en el mejor de los casos, y absolutamente perjudicial en el peor». (Citado en The Economist.)

La burguesía no sabe lo que está sucediendo y se encuentra en un estado de pánico. Es por eso que están tomando medidas que son completamente irresponsables desde el punto de vista de la economía ortodoxa. Esta es una señal de desesperación. Unos dicen: “Hay que reducir los déficits, o no hay salida de la crisis”. Otros dicen “Si recortamos los gastos públicos, provocaremos una nueva caída”. Y ambos tienen razón.

Es interesante señalar que tanto en la Revolución Inglesa del siglo XVII como en la Revolución Francesa del siglo XVIII, la causa inmediata eran los déficits desmesurados de los gastos públicos. En ambos casos, la cuestión de fondo era la misma: ¿quién va a pagar? Por todas partes, la clase dominante quiere colocar todo el peso de su bancarrota sobre las espaldas de la clase trabajadora, la clase media y los sectores más pobres y vulnerables de la sociedad: los desempleados, los enfermos, los ancianos, los discapacitados… La máscara sonriente del “capitalismo con rostro humano” ha caído, para revelar la auténtica cara de la burguesía. El fracaso estrepitoso de Obama en los EEUU es una expresión de este hecho.

El error de los reformistas es que creen que es posible volver atrás, a un período cuando el auge económico que siguió a la Segunda Guerra Mundial permitió a la burguesía en Europa y en los EEUU hacer concesiones importantes a la clase obrera para suavizar la lucha de clases. Pero esto ahora es imposible. Desde un punto de vista capitalista, no sólo es imposible llevar a cabo nuevas reformas, es imposible tolerar el mantenimiento de las reformas conquistadas por el movimiento obrero durante los últimos cincuenta años.

Se puede expresar el dilema del capitalismo de la forma siguiente: a) la burguesía no puede aceptar la existencia de reformas, y b) los obreros no pueden aceptar más reducciones de su nivel de vida. Esto es una receta acabada para la intensificación de la lucha de clases por todas partes. Dicho de otra forma: Todo intento de la burguesía de restaurar el equilibrio económico destruirá el equilibrio político y social. Los acontecimientos actuales en Francia son una prueba elocuente de esta afirmación.

Por todas partes vemos el despertar de las masas que buscan una salida. Se está abriendo un nuevo periodo de la lucha de clases. En América Latina la tendencia revolucionaria ha ido más allá que en ninguna otra parte. Pero vemos una reactivación del movimiento obrero en Francia, Grecia, España, y otros países de Europa. Por todas partes existe un cuestionamiento creciente del capitalismo y un interés cada vez mayor por las ideas del socialismo y del marxismo.

La relevancia del marxismo hoy

Los críticos del marxismo ponen en tela de juicio la actualidad del marxismo en todos los terrenos: filosofía, ciencia, materialismo histórico, economía, la teoría del Estado… Y tiene que ser así, porque el marxismo es un conjunto de ideas que no se pueden separar. Engels ya contestó a estos críticos en una de las obras cumbres del marxismo: el Anti-Dühring. Por mi parte, considero que las ideas de Marx, Engels, Lenin y Trotsky son ahora tan correctas y pertinentes como siempre lo han sido. De hecho, ahora son más necesarias y relevantes que en cualquier otro momento.

Naturalmente, si alguien puede convencerme de que posee un cuerpo de ideas superiores al marxismo que hacen de él algo obsoleto, estoy dispuesto a cambiar de opinión. Pero hasta el día de hoy nunca me he cruzado con semejante opción.

A lo largo de medio siglo he estudiado cuidadosamente no sólo todas las obras de los grandes escritores marxistas, sino también las de un buen número de sus críticos. Después de haber escuchado numerosos argumentos de gente que afirmaba ofrecer una alternativa, no he oído nada que pudiera compararse ni remotamente con la profundidad y riqueza del marxismo. Está aún por aparecer un cuerpo de ideas que se acerque mínimamente a las alturas del marxismo para desplazarlo como herramienta científica para comprender el mundo en el que vivimos.

Después de leer atentamente los escritos de Dieterich y otros revisionistas, no he encontrado ningún motivo para cambiar mis ideas. Muy al contrario. Me ratifico cada vez más en mis creencias y convicciones. Hoy, más que nunca, me parece que el socialismo científico es un instrumento fundamental para llevar a cabo la lucha de la clase trabajadora hacia su emancipación, para lograr el triunfo de la humanidad consciente y libre.

Mi amigo y camarada Fernando Buen Abad dice que el reformismo es camaleónico y escurridizo. La demagogia reformista se disfraza de muchas maneras, pero su misión es siempre la misma. Los reformistas y los socialdemócratas están empeñados en retardar, adormecer y derrotar a la Revolución Socialista y minar y desvirtuar las ideas de Carlos Marx. Hay que desmontar las falacias del reformismo. Se trata de una lucha científica sin cuartel.

El marxismo ha sido corroborado por los avances de la ciencia, que ha dado ejemplos de la corrección de la dialéctica bastante más llamativos que los que utilizo Engels en La Dialéctica de la Naturaleza. He dado una lista de estos ejemplos en mi libro Razón y Revolución (publicado en Cuba por Ciencias Sociales). Por el presente, baste con mencionar la teoría del caos y sus variantes (teoría de la complejidad, ubicuidad) que reflejan un método netamente dialéctico; los escritos de Stephen Jay Gould sobre la evolución de las especies, donde rinde homenaje al papel de Engels; los descubrimientos del genoma humano, y un largo etcétera. Todo esto demuestra que “en última instancia la naturaleza funciona de una forma dialéctica”, en palabras de Engels. En el terreno de la economía política, como hemos visto, las cosas están más claras todavía.

La enorme superioridad del método marxista puede apreciarse en el documento fundacional del socialismo científico. Sería imposible encontrar hoy ningún libro burgués acerca de economía política, historia o sociología escrito en 1848 que tuviera más que un mero interés histórico. En cambio, podemos afirmar, sin miedo de contradicción, que el libro más actual que se puede leer es El Manifiesto Comunista, escrito por Carlos Marx y Federico Engels. He aquí un libro escrito hace más de 150 años, que explica lo que está sucediendo en el mundo ahora, incluidos fenómenos como la globalización y la concentración del capital en pocas manos.

De la misma manera que no tenemos necesidad de reinventar la rueda, tampoco tenemos necesidad de reinventar las ideas del socialismo científico, que mantienen toda su validez y relevancia. Por supuesto, habría que hacer este u otro cambio, pero lo que es sorprendente es lo poco que hay que modificar. Desde luego, las ideas fundamentales siguen siendo tan válidas como cuando fueron escritas, y en muchos casos, son más relevantes hoy que en los tiempos de Marx y Engels.

Por supuesto, está muy bien debatir las ideas del socialismo, y nosotros participaremos en este debate con el mayor de los entusiasmos. Lo que no está tan bien es que haya personas que intenten apropiarse el derecho a monopolizar cualquier interpretación del socialismo del siglo XXI, introduciendo confusiones de todo tipo. Peor todavía es el intento de presentar un tipo de “socialismo” que resulta ser exactamente lo mismo que el capitalismo.

En algunos círculos se está hablando de la «vía china» o un «modelo vietnamita» para Cuba. El cambio de la terminología es irrelevante. Independientemente de cómo quieran describir su modelo, las propuestas son claras. «El Estado no debe de planificar la economía, sino regularla», «la industria y la agricultura deben abrirse a la inversión extranjera», etc. No dudamos que quienes proponen estas medidas tienen las mejores intenciones del mundo. Pero el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, y la restauración del capitalismo sería un infierno para el pueblo de Cuba, aunque algunos todavía no reconocen el hecho.

Hace mucho tiempo, Fidel Castro rechazó el «modelo chino», ya que era sólo otro nombre para la restauración del capitalismo. Pero incluso si fuéramos a considerar esta opción, quedaría inmediatamente claro que no se puede aplicar a Cuba. Las condiciones concretas son completamente diferentes. Cuba es una isla pequeña con poca población y pocos recursos. China es un vasto territorio con más de mil millones de habitantes, muchos recursos y una base industrial fuerte. El gigantesco campesinado chino ha supuesto una vasta reserva de mano de obra barata a empresas las capitalistas de China, ha suministrado constantemente a las fábricas de Guangdong con obreros que en la práctica trabajan bajo condiciones de esclavitud por salarios muy bajos. La única cosa que una variante cubana tendría en común con China es la última: los bajos salarios.

Una Cuba capitalista no se parecería ni a China ni a Vietnam, sino a El Salvador y Nicaragua después del triunfo de la contrarrevolución. Pronto se volvería a una situación similar a la que existía antes de 1959 –una situación de miseria, degradación y dependencia semi-colonial. Independientemente de las intenciones de sus autores, existe el peligro de que las reformas del mercado puedan desencadenar poderosas tendencias hacia la restauración del capitalismo, que a la larga destruiría todas las conquistas de la revolución. Es la entrada a una pendiente muy resbaladiza, y una vez que se inicie el proceso será difícil de detener. El camino capitalista (por mucho que se disfrace de «vía china» o de «vía vietnamita») no puede dar ninguna solución a los problemas del pueblo cubano.

La restauración del capitalismo en Rusia ha tenido consecuencias desastrosas, no sólo para los pueblos de la antigua Unión Soviética, sino también para Cuba. La restauración del capitalismo en Cuba sería un desastre aún mayor. Resulta irónico que precisamente en estos momentos, los revisionistas quieren abandonar el socialismo y abrazar la economía del mercado, justo cuando ésta está haciendo aguas por todas partes. La crisis en que se encuentra inmerso el sistema capitalista a escala mundial demuestra que es incapaz de ofrecer perspectiva alguna a la mayor parte de la población mundial, condenando a millones de seres humanos a la miseria y al hambre.

La verdad es que la llamada economía de libre mercado ha fracasado a escala mundial. Lo que se necesita es una economía racionalmente planificada en la cual las decisiones económicas se tomen para satisfacer las necesidades de la mayoría, y no para aumentar los beneficios de unos pocos. Por supuesto, debemos aprender del fracaso de la Unión Soviética. No obstante, es importante señalar que lo que fracasó en la URSS no fue la nacionalización de la economía planificada, que consiguió resultados extraordinarios, transformado la atrasada Rusia zarista en una nación industrializada y avanzada. Lo que fracasó en Rusia no fue el socialismo en el sentido entendido por Marx o Lenin, sino una caricatura burocrática del socialismo que ahogó toda iniciativa y pensamiento creativo y llevó a la corrupción y la ineficiencia a gran escala. Estas cosas no son algo inherente a una economía socialista planificada, sino el producto del aislamiento de la Revolución Rusa en condiciones de atraso espantoso. Es necesario combinar la economía nacionalizada y planificada con el control y administración democrática de los trabajadores, como Lenin explicó muchas veces.

El marxismo es perfectamente adecuado para elaborar una alternativa a los problemas tácticos y estratégicos de la revolución mundial. Lo que es necesario es un debate fraternal entre las distintas tendencias en el movimiento comunista. Este debate se ha iniciado y está llevando al renacimiento del comunismo a escala mundial. El debate en las manos de un revolucionario debe servir, entre otras tareas, como un organizador de ideas y un movilizador de acciones concretas que tienen como fin el derrocamiento del capitalismo y su sustitución por un sistema cualitativamente superior: el socialismo. Nada ni nadie debe desviarnos de este objetivo.

Londres, 28 octubre 2010