Hay eventos que marcan la historia y el imaginario colectivo más allá de los límites del espacio y el tiempo o del mismo valor que se le atribuye en su propia época. El golpe de Estado en Chile en 1973 es uno de ellos, desde mucho más antes de haber tenido que disputar a la memoria la fecha del 11 de septiembre. Es la historia de una dramática derrota que tuvo repercusiones sobre todo el movimiento obrero internacional. Hoy mismo cuando la revolución y la contrarrevolución miden sus fuerzas en el escenario de la crisis estructural y mundial del capitalismo, las lecciones de Chile son más vigentes que nunca.

El contexto histórico del golpe

El golpe que llevó al poder la Junta militar presidida por Pinochet no fue ni el primero, ni el único ni el último que haya marcado la lucha antiimperialista y revolucionaria en los países ex coloniales. Tan solo en América Latina desde Paraguay hasta Bolivia y pasando por Brasil, otros lo habían antecedido en las décadas y años anteriores y otros vendrían después, como en la Argentina o Uruguay. Sin embargo la dictadura bonapartista chilena supo ganarse una siniestra primacía entre sus pares continentales y mundiales. Asimismo la derrota de la Unidad Popular, la alianza entre el Partido Socialista y el Partido Comunista Chileno, llegó a la conciencia del movimiento obrero internacional y en el debate de sus organizaciones de manera mucho más directa que la interrupción violenta de los procesos “democrático-populares” que caracterizaban la época, particularmente aunque no sólo en América Latina.

En 1973 todavía no se había agotado el eco de la muerte del Che y el ejemplo de la Revolución Cubana, mientras se preparaba en Vietnam la derrota militar de la más grande potencia imperialista de la historia, los EEUU. La revolución mundial seguía al orden del día y la traición por parte del estalinismo al Mayo francés o al denominado “Otoño Caliente” italiano, para citar sólo dos ejemplos, no había todavía logrado el efecto de flaquear moralmente al proletariado mundial. El mundo estaba a las puertas de una profunda crisis que pondría fin al periodo más largo de auge del capitalismo. La única salida posible para la burguesía era aplastar la revolución mundial que inflamaba tanto el norte como el sur del mundo, desde el viejo continente hasta los propios EEUU o los países ex coloniales de Oriente Medio, Asia y América Latina. Todo esto solo hubiera sido viable recurriendo a regímenes bonapartistas que reprimirían la revolución colonial y con la colaboración de los dirigentes reformistas de los países industrializados. El golpe de Estado en Chile fue ejemplo de la primera opción y argumento impropio para la segunda.

La dictadura en la historia

La dictadura chilena jugó un papel dirigente en la lucha anticomunista mundial y particularmente en América Latina. Pinochet fue uno de los principales promotores internacionales del tristemente conocido Plan Cóndor, nombre que designa la cooperación criminal entre la CIA y las dictaduras latinoamericanas en la represión, el asesinato y la desaparición de decenas y decenas de miles de activistas, dirigentes o personalidades vinculadas al movimiento comunista, socialista o a las luchas populares. La DINA, la policía secreta chilena, fue no solo activa colaboradora de esta masacre, sino que disputaba a la misma CIA el liderazgo mundial sobre la misma, llegando a asesinar a ex exponentes del gobierno de Allende refugiados en los EEUU como Letelier.

Pinochet hizo de Chile un laboratorio a tajo abierto de todo lo que será el recetario burgués contra la crisis del capitalismo. La dictadura privatizó progresivamente todo lo privatizable, creando posibilidades de lucro incluso en salud, educación, pensiones etc., debilitó con un rígido sistema corporativo la organización sindical apuntando además a la expulsión de la izquierda del parlamento y la sociedad a través de un sistema electoral mayoritario y leyes excepcionales de represión. En un contexto diferente, cuando el movimiento obrero internacional, engatusado por sus mismos dirigentes reformistas, retrocedía ante la ofensiva del capitalismo encarnada en gobiernos como el de Reagan en EEUU o de la Thatcher en Gran Bretaña, el “neoliberalismo” experimentado en Chile en la década anterior se convertiría en el desenlace natural y el camino obligado para todos aquellos movimientos que nacieron basándose en el sentimiento antiimperialista de las masas, per manteniéndose dentro de los límites del capitalismo, como por ejemplo el MNR boliviano o el APRA.

La famosa imagen del entonces Papa Juan Pablo II en el balcón de la Moneda junto a Pinochet representa la bendición de las fuerzas de la reacción mundial a la obra llevada a cabo por la dictadura pisoteando vidas y derechos. De hecho donde la dictadura no llegó directamente, llegó el valor simbólico de su triunfo. Si se revisan los documentos oficiales de más de un partido comunista o socialista de la Europa occidental entre la segunda mitad de los años ’70 y los años ’80 del siglo pasado, se encontrará más de una referencia al golpe de Estado en Chile, utilizado como ejemplo para validar políticas reformistas “que no asustasen a las clases medias”, base social del bonapartismo golpista, y que inevitablemente acabaron por enredar al movimiento obrero y alentar la ofensiva capitalista. Porque la verdadera lección del golpe chileno es exactamente la opuesta. Solamente con una política decidida por parte del movimiento obrero, se puede éste atraer a su lado a los sectores vacilantes de las capas medias.

Chile y la revolución colonial

La lucha por la “segunda independencia”, la definitiva emancipación del yugo imperialista para los países ex coloniales, fue consecuencia directa del ingreso en la escena histórica de amplias masas bajo el impulso de las transformaciones sociales que la expansión imperialista del capitalismo imponía al mundo entero. Sin la formación de un proletariado que, aun minoritario o incipiente, ejerciese su influencia sobre una pequeña burguesía nueva, producto ella misma de la evolución capitalista de la sociedad y el Estado, los grandes movimientos antiimperialistas de masas de los países ex coloniales nunca hubieran visto la luz. Esto explica también porque la lucha antiimperialistasóloo puede triunfar rompiendo las cadenas del capitalismo, como lucha de masas anticapitalista y socialista. El fracaso de todos los movimientos nacionalistas que a nivel histórico y mundial buscaron terceras vías de desarrollo nacional entre capitalismo y socialismo, es la principal y más general lección que se pueda extraer de la historia de la revolución colonial.

La particularidad chilena es que, como rarísimas veces había ocurrido, el papel dirigente del proceso revolucionario correspondía a los dos principales partidos de inspiración marxista de Chile, el socialista y el comunista. El primero abrigaba las ilusiones reformistas de construcción del socialismo dentro del capitalismo, mientras el segundo había degenerado en las líneas nacional-reformistas del estalinismo y defendía el carácter limitadamente “democrático-burgués” de la revolución chilena.

Como se explica lúcidamente en el documento que presentamos al lector, en la dinámica concreta de la revolución la Unidad Popular y Allende tuvieron varias oportunidades de aplastar a la reacción apoyándose en el movimiento de masas. Las desaprovecharon todas pagando un duro precio por su mecanicismo histórico y su confianza en el parlamentarismo burgués. Incluso en las frenéticas horas de la mañana del 11 de septiembre de 1973 que pasaron entre la ocupación militar de Valparaíso y el bombardeo de La Moneda, Allende en su primer mensaje a la nación no hizo ningún llamado a armarse contra el golpe, exhortando por el contrario a la prudencia. Esto explica por qué la resistencia al golpe fue inferior a lo que el mismo mando militar golpista había previsto.

El golpe en la actualidad

El lector moderno se preguntará qué tiene que decir el golpe de 1973 a la América Latina de hoy. Acaso ¿no hemos demostrado el poderío de nuestras economías emergentes como Brasil, la capacidad de integración latinoamericana y de resistencia democrática de nuestros procesos emancipadores? Más de una década de vida y vitalidad de la revolución latinoamericana ha permitido que se formase este optimismo en la conciencia popular. Sin embargo los movimientos sociales que revelan las contradicciones, la profunda fragilidad y dependencia del crecimiento económico de países como Brasil, así como las débiles respuestas a los atropellos imperialistas de los organismos de integración regional minados por una creciente competencia y proteccionismo en el marco de la crisis del capitalismo, demuestran toda la flaqueza de los proyectos nacionales de emancipación.

El imperialismo difícilmente puede ser pillado por sorpresa una segunda vez, aprende rápidamente como rápidamente aprendió a contrastar eficazmente los movimientos guerrilleros. Ha habido golpes pero si su naturaleza y resultados fueron distintos a los de Chile en 1973 es porque sobre todo en esta época de decadencia senil del capitalismo, en que no existen concesiones posibles, los golpes de Estado solo pueden afianzarse si cuentan con sólidos puntos de apoyo político y social para la reacción, que se eleven sobre la decepción y el reflujo de las masas. En Honduras y Paraguay hubo estas condiciones que no se presentaron en Venezuela en 2002. Pero es el mismo carácter inconcluso de la revolución lo que la sume en contradicciones insanables y prepara las condiciones para su derrota.

La búsqueda afanosa de teorías nuevas, el discursar sobre el papel activo de la sociedad civil y los movimientos sociales sonrojan hoy ante una corrupción difusa, el saboteo activo de la economía y los enredos burocráticos del Estado burgués y sólo pueden explicarse recuperando la teoría marxista de la revolución y el Estado. Resultados como los de las últimas elecciones presidenciales venezolanas con una derecha derrotada con un margen muy estrecho, representan no solo una advertencia sino posiblemente el último llamado para las fuerzas de la revolución.  

La lucha antiimperialista sólo es concebible como lucha de masas. Todo lo que indigna y moviliza a las masas contra el imperialismo – cuestión agraria y nacional, desigualdades sociales, saqueo imperialista etc. – las moviliza inevitablemente también contra el capitalismo. Esta dinámica es lo que coloca como única alternativa posible romper con el capitalismo junto a las masas o inculcar en ellas la pasividad. La revolución en América Latina podría incluso verse despojada de esta posibilidad de elegir, como la perdió Allende en su honesta pero equivocada fe en la democracia burguesa.

Lecciones de Chile

En el documento que presentamos al lector todas estas enseñanzas son resaltadas con amplias referencias a la teoría marxista y a la evolución histórica de Chile y de su sociedad. Por esto mismo conserva toda su validez y actualidad, representando una herramienta indispensable al estudio de la que fue, como hemos evidenciado, una de las páginas más densas e importantes de la lucha del proletariado mundial. De hecho el lector podrá darse cuenta que se trata de un documento escrito en 1979 sólo en lo que se refiere a los pronósticos sobre la longevidad de la dictadura, que la Junta proyectaba hasta fines de los ’80 – como de hecho fue – posibilidad que aquí es negada. Se trata de un error de hecho pero no de método, que vale la pena explicar.

El documento basa su pronóstico sobre lo que es ABC para un marxista y un revolucionario, la inevitabilidad de la lucha de clases y la confianza hacia el movimiento de masas. Así correctamente el fin – incluso negociado – de la dictadura es previsto como consecuencia de la presión de las masas y los límites propios del bonapartismo, que, por su propia naturaleza, no había podido liquidar definitivamente la organización del movimiento obrero. Y esto es lo que realmente ocurrió.

Pero lo que no podía preverse en 1979 era por ejemplo el giro a la derecha del partido socialista chileno, que pocos años después abandonará cualquier referencia al marxismo, ni la victoriosa ofensiva del capitalismo mundial que mantuvo la dictadura a flote más allá de lo necesario desde la perspectiva imperialista. Aunque para cualquier revolucionario la derrota es una posibilidad que hay que llevar siempre consigo como una sombra, ningún revolucionario opera para la derrota. Estamos orgullosos de haber expresado nuestra confianza hacia la juventud y el movimiento obrero chilenos que en la primera mitad de los años ’80 asestó duros golpes a la Junta venciéndola al fin, mientras aquellos que se habían negado a armarlos contra el golpe apuntaban erróneamente hacia la lucha armada como única forma de combate posible.

Al maravilloso movimiento de la juventud y el movimiento obrero chilenos, dedicamos en particular la re-publicación de este documento. Con su lucha de los últimos años los estudiantes, los jóvenes, los trabajadores, los campesinos y los indígenas de Chile han preparado las condiciones para que la sociedad chilena vuelva a retomar aquel camino de transformación revolucionaria ensangrentado en la mañana de un 11 de septiembre de 1973, hace 40 años.

11 de septiembre de 2013

News Reporter

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